Opinión Nacional

Tributo al portero de mi escuela

Al Sr. Núñez, palabras escasas y encubiertas sonrisas que con este recuerdo acarician mi alma.

“Pupitre marrón
cargado de huellas
que el tiempo talló
con manos maestras”
Pupitre marrón (fragmento), Fazio y Ayala (Vivencia, 1974)

Exactamente donde acaba Banfield e inicia Lomas de Zamora está mi escuela. Una manzana completa alojaba las aulas del jardín de infantes, de la primaria y de la secundaria; las que, a su vez, rodeaban un gran patio de baldosas amarillas y flojas.

Era una escuela pública y, según mi madre, la mejor de la zona. Asistí a ella desde muy niña, con una ridícula bata de cuadros con corbatita, para pintar garabatos y jugar rondas en salas con mesitas de colores y sillas enanas. Luego, con el tradicional guardapolvo blanco, característico de los alumnos argentinos, inicié la primaria, y más tarde, la secundaria, ocupé los salones con pupitres de madera, grabados de por vida con iniciales y corazones flechados.

Infinitas historias se desarrollaron en ese espacio: amores, desencuentros y peleas…, que tampoco fue inmune a las dramáticas desapariciones, frecuentes en los setenta.

En el área cercana a los juegos había un pequeño chalet, sobrio y bien cuidado. Allí vivía el casero de la escuela con su esposa, la que pocas veces aparecía en público.

El señor Núñez, era un hombre de estatura baja, tenía el pelo gris y la piel oscura. Profundas arrugas cruzaban su rostro como surcos, y sus manos eran callosas y resecas, consecuencia del duro trabajo diario.

Nunca supe su nombre de pila. Núñez, como todos los conocíamos, era serio y de pocas palabras. Era extraño verlo sonreír. No hablaba con los niños, ni socializaba con los alumnos mayores; sin embargo, sería injusto decir que era gruñón o malhumorado. Hacía su trabajo casi mecánicamente. Ataviado con una bata color caqui deambulaba con un gran manojo de llaves, engarzadas en un alambre grueso y torcido que llevaba en la mano; las llaves sonaban a su paso, anunciando su presencia. Él miraba hacia delante, con el rostro serio, abstraído, y sin dejar de ver su objetivo separaba de sus piernas a los chiquillos que se enredaban en ellas para corretearse.

Los años pasaban, nuevas aulas nos recibían y Núñez seguía allí, abriendo puertas con sus llaves y cambiando lámparas fundidas. Era parte del inventario de la institución; no concebíamos la escuela sin él, pero a pesar de ello, parecía indiferente al alumnado. Ahora me pregunto si habrá pisado más allá de la reja de la entrada.

Algún día, no sé de qué año, corrió la noticia que la esposa de Núñez había muerto. Si bien nunca tuve la certeza del hecho, fue evidente el deterioro en su persona, la tristeza creciente en sus ojos y el encorvamiento de su cuerpo. Sólo su cabello mantenía un plateado intacto. Solía sentarse en una silla de madera, cerca de la entrada de la escuela, con la mirada perdida, hundido en quien sabe qué pensamientos.

El año 1978 fue el último de mi formación básica. Éramos los más grandes de la escuela y los demás alumnos nos miraban con respeto. Los futuros egresados lucíamos en el pecho un escudo metálico, cuyo diseño fue propuesto junto a otros, y votado como un ejercicio de una democracia ausente en la realidad. Sentíamos ansiedad por ejercer nuestra libertad de adultos, y también nostalgia por dejar la que fue nuestra casa por tanto tiempo.

Por esa época, las reglas disciplinarias se endurecieron para estar a tono con los tiempos políticos. Los varones cortaron sus melenas y cambiaron los jeans por pantalones grises de franela y blazers azules; las mujeres alargamos los delantales escolares y ocultamos las rodillas. La puerta de la entrada cerraba a las 8:45 a.m., mientras que, al son de la Marcha Aurora, se izaba la bandera. Quienes se retrasaban entregaban su credencial y eran acreedores a media falta.

La primera vez que llegué tarde, Núñez, con un movimiento automático, recogió mi identificación escolar. Al ver la foto alzó la vista, fue el primer encuentro de nuestras miradas. Movió la cabeza de un lado a otro como un signo de desaprobación y, ante mi perplejidad, guardó mi documento en su bolsillo. Con un enérgico movimiento de ojos me indicó que fuera a mi aula.

En el primer recreo, su figura familiar apareció en la puerta del salón de clases. Con la vista y sin palabras me llamó. Nunca había oído su voz ronca: “Es la última vez”, me dijo, mientras metía la credencial en mi bolsillo y me salvaba de la sanción. Se retiró serio, y yo respiré aliviada y agradecida.

Esta escena se repitió varias veces ese año, y él siempre me daba el ultimátum con el seño fruncido, fingiendo enojo y encubriendo una sonrisa.

Núñez y yo no hablábamos, sólo cruzábamos miradas; yo le sonreía abiertamente, y él hacía una mueca y reía hacia adentro.

Nunca me lo dijo, pero yo sabía que le simpatizaba, pues no hubo otro alumno con ese “tratamiento especial”.

Llegó el fin del curso y el acto de graduación. En ese suburbio bonaerense, una tarde húmeda de diciembre, egresados y padres de familia nos reunimos en el gimnasio. El piso de madera resistía los saltos histéricos de los que no podíamos contener la emoción.

Una foto descolorida, tomada con una de las primeras Polaroid de la época, me trae este recuerdo.

Uno a uno, los flamantes egresados subíamos a una tarima en la que una autoridad o docente, escogido por nosotros mismos, nos entregaba nuestro diploma.

Cuando dijeron mi nombre subí segura y emocionada. Por el otro lado de la tarima, vestido con un traje oscuro, tal vez el único que tenía, Núñez caminaba hacia mí.

En esta ocasión, sus manos curtidas por el trabajo dejaron en las mías un diploma y un clavel rojo. Tenía los ojos húmedos y felices. Apoyó una mano en mi hombro, y sin mediar palabra, como era su costumbre, me besó en la mejilla.

Un aplauso cerrado, intenso y sentido retumbó en el gimnasio como un merecido tributo al portero de mi escuela.

Nadie supo nuestro secreto.

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