Opinión Nacional

Un 5 de diciembre acabó la bovera

Los militares son muy dados a rememorar épocas y hechos del pasado. A Marcos Pérez Jiménez le dio por creerse otro Napoleón. Lo único que verdaderamente los unía era la pequeñez física y, quizás, moral, por cuanto es bien sabido que el francés y su heredero se enriquecieron con el peculado. Ya en la campaña de Italia, se conocían bien los negocios de Josefina con las provisiones del ejército.

La batalla de Austerlitz, en donde Napoleón venció a los ejércitos combinados de Austria, Prusia y Rusia ocurrió un 2 de diciembre. En un aniversario de esa fecha, Napoleón se coronó emperador en la basílica de Notre Dame en París. Lo interesante es que Marcos insistiera en que su ascenso a la Presidencia ocurriera también un 2 de diciembre y que la fecha se festejara anualmente, claro, mientras se mantuvo. La urbanización hoy conocida como 23 de Enero, llevó hasta la caída del dictadorzuelo el nombre 2 de Diciembre.

Lo más interesante, sin embargo, es que el golpe de Estado que condujo a Napoleón al poder ocurrió un 18 de brumario, mes éste del calendario revolucionario francés. Quizás en la mente de Marcos, el más tarde triunviro, ese mes le pareció que debería ser octubre, tiempo de brumas luego del verano y tal cosa, quizás, lo llevó a planear que el golpe de Estado contra Isaías Medina Angarita sucediera aquel nefasto 18 de octubre.

El 27 de agosto publiqué un artículo titulado: “La ‘cosa’: ¿Será en brumario?” Con posterioridad, he realizado algunas investigaciones y me doy cuenta de que Marcos andaba equivocado. Sucede que brumario no comienza sino el 22 de octubre, fecha en que asombrosamente, empezó lo de la plaza Francia.

Una frase infeliz

El diputado Francisco Ameliach, en respuesta a la declaración de los oficiales declarados en desobediencia legítima sólo se le ocurrió decir que ello era consecuencia de la decisión de los 11 magistrados que sobreseyeron el juicio incoado en su contra. Es difícil que 11 hombres de leyes se equivoquen en una decisión de esa naturaleza. Más fácil es que lo haga uno. Y fue por la decisión de uno, el entonces presidente de la República, que se sobreseyeron los juicios de los oficiales involucrados en los luctuosos hechos del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992, en que fueron asesinados, por culpa de los alzados, numerosos venezolanos, tantos o más que el 11 de abril del presente año, muertes éstas que se habrían evitado si se deja a la justicia seguir su curso, por cuanto Hugo Chávez y sus conspiradores estarían purgando sentencia y habrían perdido sus derechos políticos, como ha debido ser.

Cosa bien distinta a la de los dignos oficiales que se expresan en la plaza Francia, pues se los acusa de desobedecer una orden indebida del comandante en jefe y no aplicar el plan Ávila, lo que hubiera acarreado un número mayor de muertos en aquélla trágica fecha de abril. De que no hubo rebelión militar no cabe ni cabrá ninguna duda. Lo que ocurrió fue un abrumador desacato al jefe del Estado, luego de los asesinatos de gente inocente. Fue lógico exigir su renuncia, “la cual fue aceptada”, como lo expresara en su momento aquella noche el inspector general de la Fuerza Armada en notorio hecho comunicacional.

¿Será el destino?

A Hugo Chávez le ha tocado vivir todo lo que él criticó del pasado puntofijista. Quizás le ha ocurrido, porque la crítica no era de buena fe. Se quejó hasta la saciedad de que aquellos gobiernos eran corruptos y, sin embargo, nunca antes ah pululado tanto el robo de los dineros públicos como ahora. Ha expresado una y otra vez que no estuvo de acuerdo con que el gobierno echara el ejército a la calle con órdenes de disparar, cuando los saqueos del 27 de febrero de 1989. Sin embargo, cuando una marcha de ciudadanos enteramente pacíficos se echó a la calle para exigir su renuncia, no dudó un instante en activar el plan Ávila. ¿No era maldito el soldado que disparara contra su pueblo? ¿O es que pueblo son únicamente quienes le adulen?

Me han dicho que el referendo consultivo sería el 5 de diciembre. En esa misma fecha, en Urica se acabó la bovera, su crueldad y sus miserias. Ocurrió en una fecha inolvidable para mí, pues ese día, en 1905, nació mi padre. Nunca desde Boves, en Venezuela se había levantado la bandera del odio social. Durante mis 67 años de existencia jamás conocí la discriminación por motivos étnicos, raciales o religiosos. Ahora algún adulante, muy blanco por cierto y muy capaz de ésa u otra aberración, ha lanzado la especie. Porque lo cierto es que los emeverristas si en algo se distinguen es en endilgarle sus propios vicios al enemigo. Debe ser una cuestión sicológica. Desean igualar por debajo, en cuanto a méritos se refiere, pero quieren igualarse por arriba consiguiendo de manera impropia lo que no pudieron lograr limpiamente. Antes, a eso se lo conocía como el chalequeo. Era parte de esa “viveza criolla” que de aquellos polvos nos condujo a estos lodos. Copiarse en los exámenes, mentir, desobedecer las leyes y las ordenanzas, burlarse del “soberano”, son signos de lo mismo. Demuestran, a las claras, el grado de atraso de quienes nos gobiernan.

El fin de la desobediencia civil

No es que quiera echármelas de brujo, ni de competir con Adriana, pero sí desearía dejar escrito lo que pienso ocurrirá en el mediato futuro. Es cuestión de echarle cabeza. El referendo consultivo, si se diere, sólo servirá para abrir una válvula de escape que impida a la caldera reventar. La ingobernabilidad continuará, pues lo que desea una enorme porción de la población, la más instruida y capaz, es que el inquilino de Miraflores se largue. A Pérez Jiménez lo podemos acusar de todo, pero no podemos negar que, a su manera, gastó el ingreso petrolero en obras y empleo. Lo mismo ocurrió en los períodos posteriores a 1958. No hay más que echarle un vistazo al país: desde la represa de Gurí, pasando por el puente sobre el Orinoco hasta el Rafael Urdaneta o desde el emporio de industrias de Guayana hasta la refinería más grande del mundo en Amuay, Punta Cardón. Sería injusto no mencionar los embalses, los aeropuertos, las avenidas, las autopistas, los kilómetros de carretera asfaltados, las escuelas, los liceos, las universidades, los acueductos, los hospitales. Desde 1000, el panorama es otro bien distinto. Han pasado cuatro años, con altísimos precios petroleros y no se ve nada. El dinero se ha dilapidado.

Esto nos lleva al referendo revocatorio, a menos que surja una solución que todos compartan. El revocatorio no le agrada a nadie. Ni al gobierno ni mucho menos a la oposición, pues significaría que el vice terminaría el período. La enmienda para recortarlo e impedir la reelección inmediata podría contar con adeptos no imaginados. Para la oposición significaría vislumbrar una solución, pero el sector oficialista podría ver algunas bendiciones. El triunfo oficialista estaría casi asegurado, si, como es fácil prever, la oposición llevara más de un candidato, lo cual es muy probable, pues ya Salas Comer dijo que jamás declinaría su postulación.

¿Se resolvería la cuestión a mediano plazo? Claro que no. Porque el problema planteado por un sistema político en que gobiernan unos oportunistas que engañan a la mayoría más incapaz, no quedará resuelto. La democracia representativa sólo es posible en países en que la clase media es ampliamente mayoritaria. Luego de la frustración de las elecciones y del continuado esfuerzo gubernamental por adelantar políticas probadamente ineficaces, la rebelión armada estará a la vuelta de la esquina.

Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera, politólogo y periodista. Fue Embajador de Venezuela en Austria, Canadá, Jamaica, Paraguay, San Vicente y las Granadinas, El Salvador y Barbados.
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