Opinión Nacional

Un cementerio de ideas muertas

Luego de 10 años en el poder, Hugo Chávez ha cambiado radicalmente su discurso y su proyecto político. De nacionalista bolivariano pasó directamente al socialismo marxista leninista (el del socialismo real, el peor de toda la gama de “socialismos” que existen en el mundo). Hugo Chávez asumió para él (y debido a su rango presidencial, nos lo encasquetó a todos los venezolanos) todo el arsenal de ideas muertas de Fidel Castro y hasta el listado de enemigos internacionales del presidente vitalicio de Cuba.

¿Cómo es posible que el presidente Chávez no se haya enterado aun que el capitalismo clásico ya se murió, que después de la Segunda Guerra Mundial el imperialismo quedó enterrado para siempre, que la burguesía y la clase obrera ya no existen como clases sociales (sencillamente porque casi no quedan obreros en el mundo; los robots y las computadoras los desplazaron), que la estructura de la riqueza del siglo XXI ya no reside en las máquinas industriales sino en la testa de todos los seres humanos traducidos en conocimientos y destrezas, que el capital dominante en la economía mundial no es el capital físico sino el capital intelectual y social, y que la ruta más directa para superar la pobreza y la explotación del trabajador es la de la educación, y que para ello no hace falta incendiar a ningún país ni declararle la guerra a nadie sino, por el contrario, a buscar el consenso de todos en tan magna e inofensiva tarea?
¿Pero es que el presidente Chávez no tiene a su lado a algún asesor actualizado que le diga que el Muro de Berlín fue derribado, que China es el país capitalista más salvaje y explotador que queda en el Planeta, que Cuba está perfectamente estructurada y alineada para fracasar, y que todo el socialismo cuya estirpe él quiere imitar hoy se vino abajo como un castillo de naipes producto de sus contradicciones, de sus miserias, de sus mentiras, y de haber asesinado la producción de ideas nuevas?
Cuánto pesa hoy día el hecho de que el actual presidente de Venezuela no haya participado en la discusión que ocupó a la izquierda mundial en la década de los 80, cuando se originó un claro deslinde entre el socialismo real y el socialismo democrático. Él estaba encapsulado en un cuartel. Para él, el mundo y la historia tenían la obligación de congelarse en la década de los sesenta para esperarlo pacientemente a que saliera de la burbuja del cuartel porque se creyó el cuento que él era el predestinado a cambiar la historia de la humanidad; y para esa epopeya heroica iba a contar (la “historia congelada” también lo tenía programado) con unos excelentes precios petroleros que le permitirían convertir el carbón en oro, a la utopía en realidad, a la mentira en verdad, y a las ideas muertas en el discurso más “novedoso” de la humanidad.

A decir verdad, Hugo Chávez prometió un nuevo país y aún vivimos en el viejo país, el mismo país de las corruptelas administrativas, de la ineficacia gubernamental, del abuso de poder, del compañero o camarada guapo y apoya’o, de los tribunales manipulados por el poder político, de las trampas electorales, de las calles ensangrentadas, de la expropiación informal y masiva de los bienes de los ciudadanos que trabajan, de la pobreza estructural, de la frustración, de la impotencia. Hoy somos lo más parecido a un cementerio de ideas muertas.

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