Opinión Nacional

Un cuento de familia

Había una vez un sapo horroroso que vivía en la espesura del bosque, porque en los bosques siempre hay una espesura. Era feo hasta más no poder y, lo más grave, era que lo sabía. Viendo su reflejo en un pocito se sentía casi como Ricardo III, sólo que mucho peor, pues Ricardo –aparte de la joroba- no tenía protuberancias, tuturitos y verrugas… y después estaba esa cosa tan anfibia y tan desagradable: eso de estar siempre frío y mojado. El sapo se sabía repugnante y tenía la certeza de que todos los demás animalitos de la foresta poseían la misma apreciación de él.

Entonces resulta que vivía en ese mismo bosque un ciempiés maravillosísimo, elegante, sedoso y etéreo, que se deslizaba como una alfombra voladora. Fuisssss… fuisssss… Con gracia coreográfica iba de ramita en hojita… y de hojita en flor. ¡Y todos los demás animales, viendo hacia arriba, exclamaban arrobados: “¡Que grácil! ¡Qué armonioso! ¡Qué coordinado, perfecto y espectacular!”. Hasta un perro que pasó por ahí y lo vio, dijo: “¡Guao!”.

Y el sapo, abajo en un charco, lleno de barro y de moho, y con un moscón pegado en la cabeza, rumiaba su odio infinito y su envidia corrosiva. ¡Algo tenía que hacer para acabar con tanta belleza!

Salió el sapo todo empegostado del lodazal, se le acercó al ciempiés y le preguntó como quien no quiere la cosa:

– Oye, amigo ciempiés, yo te he estado observando y te tengo unas cuantas preguntas… Cuando tú levantas tu primera patica… ¿en dónde tienes la número veinticinco? Y en ese momento… ¿qué estás haciendo con la cincuenta? ¿Y acaso la setenta y cinco sólo la arrastras? ¿Y qué me dices de tu patica número cien?… ¿Ésa cuándo es que la levantas?

El ciempiés abrió la boca y pensó. O pensó y abrió la boca. Y no se lo pudo explicar al sapo. No se lo pudo explicar a sí mismo. ¡Y lo más triste del mundo: nunca más pudo volver a caminar con naturalidad y donosura! Ahora cojeaba de las paticas 13 y 17; la 88 siempre le pisaba el talón a la 86 y ésta, sin querer, terminaba pateando a la 84. A la 47 le dio como Parkinson. A la 33, calambres. Y la 99, en vista de que todo estaba así, resolvió bailar tap por su cuenta…

Hoy he sido invitada -¡qué honor!- para que en tres minutos dé una definición de lo que es “el humor” en este Foro Social de Humoristas con el Doctor Zapata.

Yo no sé lo que es “el humor”. ¡Es más, yo no quiero ponerme a pensar en lo que es “el humor”! Capaz que voy y pienso… y después no puedo escribir más nada, más nunca, en la vida…

Humor son las películas de Charles Chaplin; humor son los escritos de los hermanos Aquiles y Aníbal Nazoa; humor son ciertos pasajes de “El día que me quieras” de José Ignacio Cabrujas. Humor son estos señores tan serios que están aquí. Humor es Zapata con sus cuarenta -¡40!- años de Zapatazos-nuestros-de-cada-día. Eso es humor.

Y había una vez un periódico que se llamaba “El Nacional”. En mi casa se leía con devoción y entusiasmo. Mi mamá decía: “¡Qué extraordinario este artículo de Miguel Otero Silva! ¡Y qué delicia leer Letra y Solfa de Alejo Carpentier!”. Yo, la verdad, nunca leí nada eso… Claro, había un detalle: yo estaba en kínder y todavía no sabía leer. ¡¡¡Pero un buen día apareció una sección infantil!!! Era un recuadrito dedicado a nosotros, la gente menuda, que nos pasábamos todo el día en el colegio haciendo planas: Mi Ma Má Me Mi Ma El Ma Pa De Mi Pa Pá; planas y “dibujos libres” también. ¡Pero ahora nos habían dedicado un espacio el diario! Era un dibujito de un señor que se llamaba comiquísimo, como zapato, pero Zapata.

Para aquel entonces ya yo conocía a Aquiles Nazoa y pensaba que era un hombre riquísimo, todo un potentado, porque su casa estaba llena de papagayos, de patines, de muñecos, de sombreros y –lo máximo- ¡varios caleidoscopios! Pero así como yo creía que Aquiles era un millonario, a mí ese señor Zapata, la verdad es que daba mucho dolor. Pobrecito –me decía- él no debe de tener dinero para comprarse una caja de Prismacolor. Entonces yo agarraba mis creyones y le coloreaba sus Zapatazos para que se vieran más bonitos. Y los coloreé por aaaños… hasta que me los empecé a leer y comprendí que no sólo eran para niños, sino para gente grande también.

Hoy, emocionadísima, le traigo estos Zapatazos muy coloreados… y el puñito de Prismacolores que me quedaban de sexto grado.

¡Gracias, Pedro León, por 40 años de humor!

¡¡¡ Y QUE VIVA ZAPATA!!!

Fundado hace 25 años, Analitica.com es el primer medio digital creado en Venezuela. Tu aporte voluntario es fundamental para que continuemos creciendo e informando. ¡Contamos contigo!
Contribuir

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba