Opinión Nacional

Un Cuento para reflexionar, y no continuar cometiendo pendejadas

A mis primos Chaparro Valbuena, hijos ilustres de Maracaibo

El profesor más respetado y querido del liceo, el catedrático de Historia Nacional, de impecable léxico y presencia de gentleman, enloqueció con el resultado de las elecciones. Todos sus cálculos se fueron a la mierda. Creía que ganaría la derecha, porque la izquierda no tenía espacio histórico después de la caída de la Unión Soviética y del Muro de Berlín. Estaba convencido de que si la OEA la controlaban hombres de tradición conservadora, sus observadores no reconocerían el triunfo de la izquierda. La suerte estaba echada. Los familiares y amigos se habían reunido para compartir las transmisiones en vivo de las elecciones. Era una especie de tertulia de apuestas hípicas, acompañada de tragos y bocadillos. Entonces, después que vio ríos de ciudadanos votando, el profesor escuchó el reporte oficial del Poder Electoral: ganó la izquierda. Familiares y amigos lo vieron paralizarse y quedarse atónito ante la pantalla del televisor, babeándose y con los brazos desvanecidos. No dijo nada… sólo se le salieron dos lágrimas que cayeron raudas sobre sus mejillas, y no más que dos, largas como su esperanza perdida. Luego de lo cual, sin enjugárselas, dio la media vuelta como el despechado de la canción ranchera, y se encerró en su estudio.

Mientras tanto, el resto de la familia y de los amigos continuaron con sus tragos hasta las cinco de la madrugada. Algunos rompían los silencios esporádicos después de largas carcajadas con frases de distinto calibre: “Bueno, se hizo lo que se pudo”. “No joda, hasta cuando este pueblo es estafado por estos políticos de la mierda”. “No importa compadre, me paga la apuesta la próxima quincena”. “Y ahora, a largar la verga como los cubanos”. Esperaban con ansiedad que el catedrático regresara a dar sus explicaciones de por qué se había caído todo su pronóstico. El silencio de la razón teórica de la autoridad a quien habían visitado aquella noche para sentirse más seguros de sus expectativas, les provocó una repentina rebeldía del muchacho desorientado que descubre la mentira de los regalos del Niño Jesús, Santa Claus o San Nicolás. Entonces, el silencio de la madrugada se rompió con escandalosas y grotescas carcajadas continuas que les hacían doblarse y revolcarse sobre sus estómagos llenos de comida, y al mismo tiempo, vacíos por el vértigo de la incertidumbre del futuro. Eran carcajadas salidas de lo más profundo de la borrachera de espíritus desorientados que encubrían con su falsa alegría aquella tragedia nacional.

Entre tanto, encerrado en su estudio, el profesor yacía sentado en su elegante sillón, inerte y con la mente en blanco. Se tapaba los oídos para no escuchar los murmullos y las carcajadas de los invitados que salían de la sala y que perforaban su dignidad de catedrático de historia. Comenzó a mirar con dolor tanto libro de historia y filosofía que había leído durante tantos años. Recordó con vergüenza todos sus vaticinios hechos en clases de historia y en las conversaciones informales con sus colegas, amigos, vecinos y familiares. Por ello, no salió de su estudio en toda la noche a enfrentar semejante fracaso académico que parecía demostrar que estudiar no valía de nada, o que en las universidades lo que se enseña es mierda. Se indignó al ver el álbum que guardaba su meticuloso trabajo de hemeroteca que había hecho desde que comenzó la crisis política en el país. Entonces, comprendió una lección que jamás había visto en la universidad: ¨La historia no es más que el recuento impredecible de la locura del mundo¨. Era inútil taparse los oídos. Sentía que las risas de los borrachos atravesaban su cráneo, y le llegaban a su conciencia como si se tratara de una gran burla orquestada por el mundo para descalificarlo. Pasó tres días sin querer salir. Sólo en la madrugada, abría el estudio, salía con su bata de casa y buscaba comida en el refrigerador. Entonces, su esposa, preocupada, le llamó la atención:
– ¿Cómo es posible que la política te haya vuelto un bagazo, mijo? Vas a perder el trabajo. Llevas tres días de inasistencia y el director, tus colegas y tus alumnos siguen llamando para preguntar por ti. No te afeitas ni te bañas… ¡ya apestas a pordiosero, carajo!”.

– El jueves me ducho – dijo sonriendo, pero con la mirada extraviada – Diles que estoy preparándoles una clase de historia nacional, a pesar de que estoy muy enfermo. Diles que el jueves nos veremos en la escuela…
A su esposa le parecía rara su sonrisa de sarcasmo y su mano puesta en la boca para atajar una risotada que estaba a punto de estallar. Al mismo tiempo, sus ojos llorosos no dejaba entender cuál era su verdadera emoción, si alegría o tristeza. No parecía el mismo hombre sobrio y serio que raras veces bromeaba o reía, pues la vida para él había sido siempre todo un formalismo. Se volteó, y luego se fue a su sillón, recostó su cabeza sobre el escritorio, mientras reía, o lloraba, con unas carcajadas que casi lo hacían ahogar.

Cuando salió por fin, llevaba los únicos jeans que tenía y que sólo usaba para hacer trabajos de mantenimiento en su casa; una franela sin mangas y manchada y unas sandalias que hurtó a escondidillas del closet de su hijo mayor. Mostraba por vez primera sus blancos brazos de hombre habituado a estar forrado en trajes formales. Salió sin afeitarse. Tomó la bicicleta de su hijo, y pedaleó sin prisa, unas veces silbando y con la tez en alto, y otras llorando y con la mirada depresiva y perdida en la rueda delantera.

Finalmente, llegó a la escuela. Colocó la bicicleta junto a la de los estudiantes, y prosiguió hasta su salón con sus materiales en un morral de lona, como jamás lo había hecho, pues siempre andaba con su añejo maletín de cuero italiano que utilizó para ir a la Universidad de París. Nadie podía imaginar que fuera el profesor. Los trasnoches, las ojeras, la barba, la tristeza, la locura… habían pintado en su rostro un indigente potencialmente irrecuperable. Quienes miraron aquel rostro deteriorado, no atinaron a relacionarlo con el célebre catedrático de tantos años. Cada quien continuaba su ruta algo impresionado, pero sin respuesta a la interrogante “¿Qué fenómeno es éste?”
Entró al salón de clases y se posesionó de su cátedra. Era un espectáculo, pues todavía, incrédulos, los estudiantes se miraban entre sí, buscando respuestas: ¿indigente… loco… hermano del profesor… el profesor? No sólo era el atuendo hippie, sino también su rostro y su mirada que no reflejaban el alma del catedrático que se suponía debía contener aquel cuerpo descuidado y maloliente. Por último, sorprendió a algunos y confundió a otros con la insolente pose que el acostumbrado profesor siempre deploraba en los estudiantes, e incluso en otros colegas, cuando colocaban sus “posaderas” en lo que él llamaba “cátedra” en vez de escritorio. ¨Buenos días, mis queridos discípulos. Tomen apuntes, por favor, de mi última cátedra de Historia Nacional¨, dijo con voz altiva y con carácter de hombre cuerdo.

Esta orden fue la que condujo a la mayoría a identificar a su respetabilísimo y honorabilísimo profesor de historia nacional, aunque las conclusiones fueran distintas: unos creían que se trataba de una demencia inexplicable adquirida en pocos días y otros que era una estrategia didáctica. Los pocos seguían con la duda de que se tratara de un loco burlón, tal vez un estudiante disfrazado que quería imitar al profesor. Los miró a todos con sus ojos de hombre confundido, y comenzó su clase de historia.

¨Capítulo I. Escriban, por favor. Yo estaba muy tranquilo en mi playa comiéndome mi pescadito asado cuando llegamos los locos barbados en unos barcos, y desembarcamos a jodernos a nosotros, que lo que teníamos era unas flechas, mientras ellos, digo, nosotros, teníamos unos tubos que escupían fuego. Por mucho que les echamos el cuento de El Dorado para que nos dejaran en paz, unos nos fuimos tras el mito y otros nos quedamos jodiéndonos a los pobres indios. Nos pusieron a trabajar como a unos animales y morimos un millar de hermanos míos… de cansancio, hambre y sueño. Me acuerdo cuando nosotros los españoles le dábamos a nosotros los pobres indios más látigo que a un animal (porque, para que sepan, el hombre es el mamífero más desobediente que existe). Cuando ya no podíamos más con el trabajo, preferimos matar a nuestros hijos para salvarlos de la esclavitud y luego suicidarnos. Entonces los barbados fuimos a buscar a nosotros los negros del África, para que nos dieran una manito. Entonces, cuando la riqueza de nosotros los blancos se hizo grande por la explotación de esclavos y la exportación de cacao, decidimos que teníamos que romper con la Madre Patria. Y empezamos a hablar güevonadas sobre la libertad de los pueblos, utilizando ideas de los franceses, las cuales no eran muy convincentes, porque la bandera de la revolución sirvió como siempre para enriquecer a unos vivos que utilizaban las conciencias de los maleducados e ignorantes. Pero esas ideas teóricas servían para justificar la causa que decidimos llamar independentista. Así salió a relucir la vaina de la abolición de la esclavitud, que no era más que otra patraña política para conseguir más soldados y tener menos enemigos dentro del territorio. Nosotros los blanquitos éramos los que mandábamos, porque habíamos invertido nuestras riquezas en armas y uniformes, en cambio nosotros los negros y los indios no teníamos sino hambre de libertad y coraje y muchos coñazos en las costillas y resentimiento en el alma…”.

Los estudiantes estaban atónitos por aquel vocabulario jamás escuchado en una cátedra de historia y mucho menos proferido por aquel honorable intelectual, aunque la duda seguía entre algunos de ellos si se trataba del insigne educador poseído por un espíritu burlón, de un loco o de un imitador. El profesor no notaba las miradas inquisidoras o de asombro, pues su mirada extraviada vagaba por encima de las cabezas de sus estudiantes como observando los escenarios históricos o leyendo en el libro imaginario que reeditaba en su mente mientras ojeaba velozmente sus fichas preparadas en los madrugones en su estudio. Repentinamente, miró sobre los escritorios de los estudiantes y reclamó:
– Nadie está tomando apuntes. ¿Qué pasa, bachilleres? ¡Esto es una cátedra con todas las de la ley! ¡Qué es la verga, escriban y no se hagan los pendejos!
Todos obedecieron como quien no quiere contrariar a un demente peligroso. Luego de sentir la tranquilidad que da la obediencia de sus discípulos, con voz calmada, el profesor prosiguió su clase de historia nacional:
“Así empezó la batalla, aprovechando que la Madre España…es que ni a la madre hemos querido respetar en este país… estaba siendo atacada por los franceses. Hasta los mismos españoles de la península la traicionaban por joyas, oro, riqueza… y hasta queso holandés. En verdad, no se sabía quien luchaba contra quien, porque iban y venían entre América y Europa, se traicionaban y, metían en el enredo a otros países. Abundaban militares como Miranda, que participaban en cuanto zaperoco se formaba en cualquier país, trabajando para el mejor postor. Cuando se agotaron las guerras en los demás países, se acordó que había nacido en un pueblito americano llamado Caracas, y se propuso un nuevo negocio para hacerse rico. Entró con una bandera por La Vela de Coro, pero terminó como un güevón encarcelado en España, porque se olvidó que la traición es el fundamento de las revoluciones. Finalmente, ganamos a fuerza de batallas. Morimos mucha gente, y después de todo, nos declaramos totalmente libres e independientes. Lo que pasa es que después de la matazón de Carabobo empezó la rebatiña por el país… todo el mundo quería todo o una tajada… Bolívar, Páez, Santander… pero cuando las serpientes pelean entre ellas, quedan los puros rabos temblando sobre el suelo y el país, o lo que quedó de la gran Colombia o Venezuela, se sumió en la miseria y en el atraso cultural. Hasta la historia es un campo de batalla. Por ejemplo, decimos que la batalla de Carabobo selló la independencia de Venezuela, pero la del Lago de Maracaibo que fue la última, fue una pendejada. Siempre el centro queriéndose llevar las preseas para dominar a las provincias. Una minoría, más astuta y más arrecha que la mayoría, fueron apoderándose del poder sin utilizar ninguna herramienta que no fueran las armas, la traición, el golpe de estado, las riquezas, la trampa. Y fíjense si no somos traidores que el centralismo en este país lo fundaron los mismos provincianos, porque la mayoría de los presidentes del país vienen de pueblos olvidados por Dios. Y estos hambrientos no han sido sino saqueadores de la patria que se fueron a la capital para robarle hasta a su propio pueblo nativo. La cosa se puso peor cuando descubrimos el petróleo: todo el mundo, de adentro y de afuera, nos volvimos locos, y la ambición se posesionó más que nunca del alma de cada uno, como si por fin hubiera aparecido El tan apetecido Dorado y los genes conquistadores hubieran despertado de su letargo de cien años”.

¨¿Alguna duda hasta ahora, queridos estudiantes?.. Prosigamos… Capítulo II – dijo esta vez con el acostumbrado tono catedrático clásico que sorprendió a algunos y cautivó a otros. Los estudiantes seguían escuchando con los ojos y los oídos más abiertos que nunca.

“Unos fueron más tiranos que otros. Algunos torturaron, masacraron, expulsaron y explotaron a sus propios hermanos, como si fueran extranjeros. Parecían gobiernos enemigos de su propio pueblo. Eran pésimos hermanos, pésimos padres, pésimos hijos. Los hombres inspirados tal vez por los genes musulmanes, españoles, aborígenes o africanos, se creían dueños de todas las mujeres que encontraran en su camino, y entonces las preñaban sin contemplaciones, porque no sabían que ya existía el preservativo: pobres o ricas; negras, indias o blancas; sanas o enfermas; cuerdas y locas; vivas o pendejas; enteras o mutiladas… ninguna se salvaba, y los huérfanos proliferaron como hormigas. Pero en un momento dado de esta historia, parecía que un grupo de hombres y mujeres con hambre de libertad tenían una fuerte determinación por conquistarla. Se hablaba de democracia, socialismo, comunismo. Ya la pendejada que habíamos imitado de otros países como Revolución Francesa, Partido Liberal y Partido Conservador que llevó al país a la guerra civil se sustituyó por Partidos de Derecha y Partidos de Izquierda, otra imitación más porque pa´ esa verga si que somos buenos, pa´ imitar. Entonces llegó de nuevo el arma clásica: la conspiración y el golpe de estado. Cayó una dictadura y se respiró democracia… pero volvió a caer porque hacer como te hacen no es pecado… y otra vez un dictador y más tortura, tiranía, explotación, exilio, universidades y escuelas cerradas… Otro complot. Otro golpe de estado y otra vez democracia… y en plena democracia, más tortura, persecución y tiranía. Y ahora…”
Ya las ventanas del salón estaban repletas de rostros, unos atónitos, otros burlones, otros tristes, otros curiosos que no entendían nada de lo que ocurría, pero sabían que aquel hippie sentado en el escritorio del más respetable e insigne catedrático prometía ser la mejor y más duradera distracción que rompería la aburrida rutina escolar.

– ¿En que periodo estamos ya, Profesor, es decir, qué año? – dijo un estudiante con lápiz extenuado, reposando sobre su cuaderno repleto de apuntes difíciles de comprender por la velocidad con que escribía toda aquella información que se derramaba del cerebro sobre excitado de su antes detestado profesor de historia. Aquel estudiante estaba atrapado por aquella singular manera de contar la historia, y ya convencido de que se trataba de su odiado profesor, no le importaba un carajo que no estuviera en su sano juicio, porque lo que decía tenía un sabor a verdad que jamás había probado en ninguna clase de historia.

– ¿Qué coño importa a estas alturas de la vida y de la historia el periodo o el año – respondió regañón -, o es que no ves que es la misma historia que se repite una y otra vez, como una enfermedad incurable o como una maldición infranqueable? Escucha el resto y te darás cuenta de lo que te digo. Sigan apuntando, por favor, queridos alumnos – dijo, regresando a su típica, pero breve señorial serenidad de docente seguro de su conocimiento.

“Parecía que la democracia había ganado la batalla – prosiguió – porque derrocaron a un dictador y llegó al poder un partido que escogió el color blanco por ser el color de la pureza y de la paz. Un partido de izquierda que prometía salvar a los pobres con su ideología y su praxis socialista. Se suponía que estábamos en democracia cuando el gobierno “blanco” empezó a torturar al que no se ajustara a su ideología, y para colmo, incluso a los otros partidos izquierdistas. ¡Qué despelote!: mientras su propio país estaba en división y miseria, mostrándose incapaces de resolver sus propios problemas, fueron a ayudar a una isla caribeña que se quería liberar de una dictadura de extrema derecha, pero que cayó, a fuerza de traicionar a sus propios ideales de libertad y de asesinar a sus propios compañeros de revolución, en una dictadura de extrema izquierda apoyada por una superpotencia que después abandonó su propia ideología y dejaría a la isla sola y desvalida ante los gringos. Entonces, cuando para nuestro país la vaina se puso difícil con los gringos, el gobierno blanco empezó a cambiar su política a través de un pacto que permitía a otros partidos una participación aparente, y cesó la persecución y la tortura. Así pasaron muchos años con elecciones en cada quinquenio…. Se consolidó un partido socialdemócrata cuyo color verde prometía esperanza para todos. Cuarenta años en una mamadera de gallo entre blanco y verde, mientras que a los partidos pequeños los callaron la jeta con unos reales del Poder Electoral y con unos puestitos de concejales o pendejadas así…”.

“… La vaina parecía que estaba buena, porque el saqueo seguía y se intensificaba debido a que ahora todos, de izquierda, derecha, centro, arriba o abajo, participaban de El Dorado que al fin encontramos, pero en el subsuelo repleto de oro, esta vez negro. Sólo se escuchaba decir a casi todos: ¨A mí que me pongan donde haya reales¨. Todo el mundo quería ser empleado público y al gobierno le convenía tener más cómplices asalariados para seguir robando sin acusadores. Así, el empleado público que no robaba del erario nacional por lo menos llegaba tarde al trabajo y se iba antes de la hora, se tomaba el día o se mandaba a suspender con un permiso médico falsificado o comprado a un médico del ministerio de salud, todo lo cual es una forma muy descarada de estafa a la Patria. Pero mientras se daba el saqueo, la ignorancia y la pobreza se agudizaron entre quienes no tenían acceso a los cargos públicos o a sus beneficios. Todos se mal educaron: empleados públicos acostumbrados a la deshonestidad. Los pobres no tenía escuelas, o simplemente iban a pocilgas que no eran dignas de llamarse escuela, pues no eran más que antros que no tenían ni baños, ni agua, ni pupitres, ni docentes con mística, pues éstos también eran empleados públicos…”.

“… Todos querían ser más vivos que los demás: tráfico de influencias; pago por favores; picardías en las colas de los bancos o de cualquier institución pública o privada, e incluso en las colas del transporte público; directores de escuela robándose la beca alimentaria o el pote de leche que el gobierno regalaba a los pobres para hacerlos cómplices también. Entonces, todo parecía venirse abajo por la carcoma de la pudrición moral. El Soberano, el pueblo, el dueño del territorio y de sus riquezas nos dimos cuenta de que la estafa, el egoísmo y la ambición nos estaban acabando a todos y que a nuestros hijos y a nuestros nietos no les quedaría sino un país de malandros encorbatados con oficina, combinados con millones de harapientos dueños de un poste o de una esquina de un barrio o de una urbanización. Fue cuando comenzamos a cambiar de actitud ciudadana. Y ahora, queridos alumnos, no sabría decir si fue demasiado tarde…”
Al profesor se le apagaron las neuronas de su sistema racional y su afectividad tomo posesión de su alma y sus ojos comenzaron a llorar de nuevo. Los estudiantes estaban encantados, pues jamás habían escuchado una lección de historia tan cruda e irreverente que descarnaba la verdad en forma tan atrevida. No había formulismos, tecnicismos ni cronologías. Al contrario, usaba un estilo libre lleno de emociones desprejuiciadas que se traslucía en cada palabra indecente que encajaba perfectamente en la expresión de su rostro y en el contenido mismo que quería transmitir. ¡Éste era el verdadero arte de enseñar que siempre añoraron en un profesor!
Todo estaba en silencio, mientras que el profesor enjugó sus lágrimas con sus hombros desprovistos de tela, provocándose más bien manchones en sus mejillas con la mezcla del sucio, los mocos y las lágrimas. Un estudiante rompió el silencio con un suspiro que dejó salir al colocar su lápiz con la punta desgastada en su bolsillo,, después de copiar con gran avidez de buen estudiante, creyendo que la Lección de Historia Nacional había concluido. Luego, el profesor se acercó a él, el muchacho se asustó, pero aquél sólo miró sus apuntes con sus ojos llorosos; retrocedió y prosiguió con más tranquilidad:
– No guarden sus lápices…. no hemos terminado. Vamos al Capítulo III.

“Recordemos los saqueos de la capital de la República que perpetraron los hambrientos de los cerros y barrios a quienes no llegó nunca la riqueza saqueada de El Dorado por el egoísmo de los blancos y los verdes y su propia falta de educación, porque hasta los que tenían doctorados eran maleducados. Los espectadores del insolente circo de la riqueza bajaron de los barrios. Se cansaron de ver desde los cerros la pomposidad de los escandalosos edificios destinados al regodeo cultural occidentalista, porque los enormes teatros y museos no eran sino el gran disfraz de cultos de aquello bárbaros del saqueo nacional. Bajaron aquellos cordones de miseria que se formaron con las migraciones de las provincias y que ahora, desde los cerros cual gradas, veían a los leones depredando a Miraflores, al Congreso y a cuanta institución tuviera en sus entrañas dinero de la Patria. Se contaron más de cinco mil los muertos asesinados por sus propios hermanos del ejército… fosas comunes…vergüenza internacional. Trataron de esconder los muertos, pero los canales internacionales lo develaron todo. ¡Un verdadero genocidio! Entonces, el presidente en vez de ser juzgado por crímenes de lesa humanidad, lo juzgaron por una miseria de dinero, después de haber repartido cinco mil almas venezolanas entre cielo e infierno, y millones de dólares entre sus secuaces, quedándole a él la mejor tajada distribuida en cuentas bancarias en Centro, Norte América y Europa. Tal vez así defendían el derecho a cualquier presidente o dictador a masacrar a su propio pueblo en un alzamiento justificado o injustificado. ¡El Fiscal de la República de entonces, el que parecía más impecable, preparado e inteligente, no podía sentar semejante precedente de mandar preso a un presidente genocida por genocida; había que mandarlo preso por ladronzuelo!.. Aquí consiguieron una buena excusa los nuevos ambiciosos para atacar con unas tanquetas militares al Palacio de Gobierno¨, prosiguió el profesor alzando los brazos y dejándolos caer sobre sus muslos como demostrando decepción.

Entonces, el breve glamur que había recuperado lo perdió de nuevo por la indignación que producía sus propios pensamientos y conclusiones:
¨Este si que es otro mierdero más confuso, porque la mascarada se fue consumando hasta no tener forma y hasta crear un solo despelote que hasta ahora no se sabe en qué va aparar… esto está muy arrecho – murmuró con melancolía y cabizbajo. Levantó la cabeza y se repuso para continuar su lección:
“Primero, intentaron repartirse la república en tres comandos: Capital, Centro y Occidente. El de la capital no tuvo cojones para luchar hasta el final y joder al presidente, pero ahora sacando bien las cuentas, parecía una táctica para robar cámara y quedar como el sensible luchador que es incapaz de matar una mosca. De hecho, es ahora el actual presidente de la República. El líder del comando de Occidente fue el que aguantó más: quería ser presidente o al menos gobernador, por lo cual su táctica publicitaria fue distinta, pero también efectiva: portarse como un guerrero macho independentista. Hubo presos y luego un presidente, viejo y “verde”, rodeado por sus hijos ambiciosos, sacó al más peligroso de todos, peligroso por cobarde y traidor, no por valiente. Y todo, para desgracia de millones de hombres y mujeres en toda América Latina. Cuando salió, los oligarcas y millonarios creyeron en él como la nueva marioneta política, pues financiaron cada paso que daba, y hasta lo vistieron elegante y le prestaron un jet para que surcara todos los espacios del país con su mensaje de esperanza para los pobres. Un nuevo caudillo se estaba consolidando… ¿Y que pasó al final? Los riquitos de la nación se cayeron de una mata `e coco. Lo que estaba en los planes del nuevo caudillo y de sus secuaces no era apoyar a la vieja oligarquía, sino destruirla y crear una nueva, con ambiciones renovadas, gente que antes nunca tuvo un coño, ignorantes e incompetentes sin cultura, desordenados mentales, resentidos sociales a quienes jamás el viejo sistema les dio la oportunidad de participar en el saqueo de El Dorado Negro, porque siempre llegaba uno más vivo o con más apellido, credenciales o influencias que él, blanquito y apoyado por sus papis oligarcas. El nuevo caudillo era el porta aviones de la nueva clase de ricos, la mayoría militares y la minoría viejos políticos perdedores y resentidos….Entonces, empezaron secuestrando al millonario que los vistió y los prestó el jet… Había que exprimirle hasta la última moneda”.

“… Democracia participativa era la mascarada para instalar un régimen que controlaba los votos esta vez electrónicamente, no como los antiguos ¨blancos¨ que tiraban las urnas electorales al Mar Caribe desde los aviones del ejército cuando perdía las elecciones… ¡y qué coincidencia… una maldita historia que se repite, como una enfermedad crónica: cargos públicos por millares; ministros con millones de dólares en los bancos del Norte, Sur, Centro América y de Europa; otra vez ayudando a Cuba con la hijo de puta revolución!…¡Entonces, a esto me refiero que aquí en este país todo el mundo es de color blanco, no joda, hasta estos narcoguerilleros que se mantienen en el poder a fuerza de trampas electrónicas !…”
El grito final que selló este capítulo de su impactante historia nacional estaba acompañado por dos nuevos lagrimones que se le salieron. Todo el mundo quedó consternado y en absoluto silencio, como si en ese momento estuvieran viendo a su profesor en el sepelio, porque sabían que algo muy adentro de su alma había muerto y no podía ser resucitado dentro de un espíritu tan culto y racional… nadie tendría la capacidad para ayudarlo, ni el mejor de los psiquiatras. Fue como sentirlo expirar por última vez… fue como su postrer aliento. Muchos lloraron. Otros, ignorantes que no entendieron nada, se alejaban con la mano en la boca, y se metieron en los baños a cagarse de la risa. Luego de unos minutos con el mentón clavado en su pecho vacío de esperanza y lleno de rabia y vergüenza, recuperó la calma y sus gemidos de desespero cesaron. Sus mocos guindados y mezclándose con sus lágrimas produjeron un impacto desconsolador entre sus estudiantes: sentían que el hombre ya estaba acabado. De súbito, como si nunca hubiera llorado, prosiguió con su discurso catedrático, después de pasarse las palmas de las manos sobre su rostro mezclando inocentemente todos los fluidos vertidos por tanto dolor y maquillando aún más su presencia de indigente:
“Todo fue una mascarada que aún sigue… una repetición exacta de la misma historia, un ciclo que da razón al pensamiento griego… es el quiste que no quiere salir del corazón de la Patria y que la infesta sin remedio… no hay nada que hacer… nada… Porque después que el pueblo quiso demostrar a sus líderes políticos que estaba dispuesto a dar el ejemplo trabajando duro y comportándose cívicamente en las colas, en los parques, en las oficinas públicas, en sus barrios, estudiando aunque fuera ya adulto o viejo, buscando hacer sus propias pequeñas empresas para depender menos de los cargos púbicos, éstos caudillos se desataron a robar para que el pueblo comprendiera que no podía ir en contra de su propia condición genética… ¨
¨¡Las marchas, no joda… qué desperdicio…!”, rompió de nuevo a llorar desconsoladamente. Luego de un minuto de silencio en memoriam, acordado por unanimidad por sus estudiantes sin necesidad de acuerdo alguno, se calmó, porque se sintió difunto, y prosiguió su lección. No quería dejarla inconclusa. Entonces prosiguió.

“Todos como unos propios pendejos nos sentíamos orgullosos de nosotros mismos mientras íbamos a pie, con bicicletas, motos, carros, pancartas, banderas, gorritos, pitos… y los vivos vendiéndonos los kit de marchas, y nosotros como unos zoquetes comprando mariconerías, y que para darle fuerza y vistosidad a aquella manifestación que comenzaba con el himno nacional; seguía con risas, consignas, alegría; continuaba con la arremetida de los guardias “nacionales y extranjeros” que disparaban gases lacrimógenos vencidos, perdigones y tiros de verdad, apoyados y apoyando a los mercenarios del gobierno, traídos de los barrios o de la isla matriz de la revolución; y todo terminaba con gente en el hospital o en el cementerio, bebiendo aguardiente en los depósitos o recostados en las maletas de sus carros cagados de la risa al recordar semejante despelote de gente pegando gritos de desesperación al ver que la cosa era más seria de lo que le habían dicho… Los asesinos confesaban su fechoría contra los ciudadanos marchista, pero el gobierno sentenciaba su inocencia y les daba libertad. Y no se cuente el paro petrolero. ¡Dios de la Misericordia: que paciencia y resignación mostramos! Además, hicimos alarde de nuestra más innata astucia para traficar gasolina, colarnos en las colas de las estaciones de servicios, comprar a los militares de guardia, conseguir identificaciones falsas como médicos o funcionarios o simplemente, si no teníamos nada de estas destrezas o artificios, abríamos la maleta del carro, sacábamos una mesa de dominó y una caja de cerveza importada de la hermana república y amanecíamos muertos de la risa esperando que llegara a la estación de servicio la gasolina importada… ¡el colmo de un país petrolero! Pero nada lo detiene… ni cacerolazos, ni marchas, ni paros, ni golpes, ni huelga petrolera, ni referendos o plebiscitos, ni la OEA ni la ONU: el tirano prosigue fortalecido porque lo que no mata engorda. Además, uno entiende la política cuando se entera de que el presidente gastó en sólo un año más de quince millones de dólares en tráfico de influencia en Washington para convencer a su homólogo gringo de que él no era su enemigo… sólo que su campaña tiene que tener un tinte antiimperialista y de izquierda para ser efectiva… Ahora los gringos no hayan como combatir esta amenaza que jura ser el peor de los huracanes que toda América haya sentido… Lo que nos faltaba: mercenarios cubanos, talibanes, iraníes y cultivo de uranio en nuestro país… ahora si que nos jodimos, porque el presidente nos puso en situación de guerra en contra de los ejércitos más poderosos del mundo… Dios nos ampare de la bota del Norte”.

El tenor de su narración mantuvo al Profesor calmo y con una paz de resignado, y su mirada se quedó fija en un punto imaginario donde yacía un fantasma que fue muy santo, pero que lo mataron los malandros como a un pendejo en una esquina, porque no tenía un centavo en la cartera para darles. Esta vez fue él quien hizo un minuto de silencio que nadie contó, pero que él sí, en honor a la Santa Patria. Un silencio sin tiempo y sin espacio que paralizó a todos, y luego de unos segundos, con muy baja y melancólica voz, prosiguió:
“Inocencia… inocencia de pueblo, creído en la verdad y la justicia… ¡Qué noble fue mi pueblo… como acabaron con él! Infiltraron extranjeros de la islita pa´que nos dieran de coñazos como en los viejos tiempos de la colonia¨. Su tono se hacía más mordaz y agresivo. ¨Los disfrazaron de oficiales… y pa´ más desgracia, pa´ ganar las elecciones fueron a buscar extranjeros en los países limítrofes y les dieron cédulas… Este país, nuestra Madre Patria es, para sus gobiernos, y sobre todo para éste que se auto bautizó revolucionario, no más que una prostituta que se le obliga a abrir sus entrañas para cualquier violación que garantice poder y riqueza a quienes toman sus riendas… porque la tratan como a un animal que aguanta todo y del que se saca aprovecho sin piedad… Pues ni así ganaron y tuvieron que hacer trampas electrónicas. El triste resultado seguramente será una hija de puta lista de huevones que votamos en contra, y que ahora no conseguiremos trabajo, ni cédula, ni pasaporte, ni un coño, y a quienes el fisco perseguirá hasta el último rincón de este país, si no es que los círculos de la muerte nos asesinan por las calles como a perros sin dueño…”.

“… Los de la OEA, que no son más que un instrumento de los gringos para garantizarles beneficios y ventajas en la región, avalaron los resultados, sólo porque si se prendía el verguero iban a pagar más cara la gasolina por una inminente crisis, y el mosquita muerta del presidente USA no sería reelecto… No valemos nada para nadie… Este territorio no es más que un yacimiento de petróleo y lo tratan como si no tuviera gente sino animales bípedos que pastan sobre la enorme pradera que oculta El Dorado…Ahora lo siguen vendiendo a cualquiera y a cualquier precio y los del gobierno llenándose y los pobres más jodidos que nunca y la empresa petrolera nacional hipotecada y quebrada… El Presidente se caga en la madre del Presidente Gringo, pero le da las concesiones del Gas a las empresas de las familias ricas de USA… Yo sé que algún día ellos solitos se van a joder… el Presidente sabe que la traición y el golpe de Estado está en la genética de quienes ahora parecen sus perros guardianes, pero que más tarde mostrarán sus colmillos y se lo comerán vivo a dentelladas… se van a joder… yo sé que la historia no perdona… así como se jodió Hitler después de matar a millones, este huevón traidor también se va a joder, claro, después de hacer estragos y sumir al país en la total anarquía tiránica…”
– Epílogo – dijo secamente y sin expresión señalando los cuadernos de sus estudiantes, como ordenando que anotaran.

“La oposición saldrá del seno de los mismos seguidores del líder, pero llenos de dinero para financiar sus campañas, y cada vez más ambiciosos, romperán el techo que su caudillo les pondrá tarde o temprano, cuando vea que la corrupción desmedida esté acabando con todos, y los pobres se voltearán… y ya saben, la maldita historia que se repite, bajarán de nuevo de los cerros y saquearán y llegarán al palacio de gobierno y no joda… lo van a sacar por las greñas… Sí, el pueblo tomará venganza del abusador, y lo van a dejar sólo como la otra vez cuando los maricas de derecha la cagaron con el golpe malparío de verdad, porque murió antes de nacer… ¡Qué huevones fueron también los militares que, sin moral, el presidente llama golpistas… Se cagaron cuando vieron el cuero, después que habían matado el tigre. Cobardes e ignorantes de los procesos de la historia… además de no tomar el toro por los cachos, se fueron a esconder entre los cuadriles diciendo con voz temblorosa ante las cámaras de televisión: así no se trata a la constitución de una república, como quien ve a un pobre animal sufriendo los embates de un nuevo matador, pero que no se quiere meter en la faena contra los matadores… Entonces, soltaron al matador que estaba preso por cobarde al intentar masacrar al pueblo con su voz ridícula de mando “Tiburón Uno”. Bajó temblando con una cruz en la mano después de tanto llorar y pedir perdón, después de firmar su renuncia… y tomó aún más fuerza en su cinismo, y engordó más… pero se va a joder solito…”
Así vaticinaba, mientras frotaba sus manos y reía escandalosamente. Coincidencias que no ayudan para nada a los locos, pues en ese momento, entró el director, quien, mientras el profesor dictaba su magistral cátedra de Historia Nacional, ya había preparado su captura llamando a la policía y a una ambulancia. El director, antes de usar la fuerza de la ley, conversó con él para persuadirlo de que se entregara. Una vez convencido, salió acompañado del director, mientras su esposa lo esperaba con los ojos llorosos para conducirlo a la ambulancia… Él la miró a los ojos y le dijo:
– ¿Quién es usted, Señora?… Acaso el alma de la historia… o el ojo de la razón… o la nueva política salvadora… o el hada madrina de este pobre pueblo…
– ¡Mijo, yo… tu mujer!
– ¡Mi esposa no mira de ese modo! – Replicó.

– Te lo dije más de una vez – le dijo su esposa con voz de mujer sabia y segura de que lo que estaba ocurriendo estaba escrito – Tanto libro tiene que hacer daño a la mente – prosiguió con voz quebradiza – Tanto estudiar pa´ volverse un guiñapo…
Luego, mirándolo a sus ojos extraviados, lo criticó: ¨¡Es que acaso no leíste en esos libros que todos los políticos son unos sucios… siempre ha sido así mijo, en todos los países y desde que Dios hizo el mundo! Hay una minoría de ambiciosos que son capaces de usar hasta su propia madre para robar y hacerse ricos; y una mayoría de inocentes que se resistieron a estudiar y a trabajar, por lo que siempre están esperando que los salven de la miseria, y por eso se creen todos los cuentos de los ambiciosos. Está bien, perdimos las elecciones… Nos hicieron trampa, pero esa noche los demás se siguieron tomando sus cervezas, lloraron, echaron chistes y fueron a sus trabajos al día siguiente casi borrachos; se rieron de lo que pasó; cumplieron con sus apuestas; continuaron su vida… ¡Vos tuviste que complicar las cosas… y dar semejante espectáculo!¨.

Un estudiante que escuchó el comentario corrió hacia el salón, abrió su cuaderno de apuntes, y completó el epílogo con las palabras de la mujer. El hombre se sentó en la ambulancia obligado por un empujón de un enfermero y gritó:
– ¡Mujer traidora, desde siempre supe que eras un agente del gobierno revolucionario… no joda, como en la Isla donde los esclavos mentales del gobierno acusan a su propia familia!.. Hermanos míos – continuó -, voy preso por decir la verdad… seré torturado, me pararán sobre los bordes de las ruedas oxidadas de autos viejos; me dejarán caer gotas de agua sobre mi cráneo hasta abrirme un hueco… me meterán la cabeza en una letrina y moriré de septicemia… pero no será en vano, porque se hará justicia contra este impostor que ha usurpado el trono de nuestro Libertador… malditos sean todos los de la revolución y los ladrones demócratas que le cedieron el turno de apoderara del país…. Malditos todos!
La ambulancia se alejó, mientras él proseguía maldiciendo, hasta que la distancia se tragó sus improperios, y se marchó para siempre del mundo falso de los cuerdos y los intelectuales.

La cultura es una puerta de entrada y salida a las misteriosas profundidades del alma humana. En ella se regodea el espíritu complicado y el simple; el espíritu serio y el alegre; el espíritu teórico y el práctico. Un animal imaginario, pero presente en nuestra mente, la custodia sin desampararla: se llama ¨verdad¨. Un animal escurridizo que despierta gran atracción, y al mismo tiempo se hace mortal cuando da el zarpazo ponzoñoso a quien, creyéndose inmune con la vacuna de la ciencia, cae mortalmente enloquecido por las grandes contradicciones del mundo… Pero hay quien entiende con simplicidad racional que a este animal ponzoñoso hay que tratarle desde lejos y con cautela, y que su ponzoña aumenta con la lectura fanática… La verdad: un animal del cual no se sabe si es real o es creación de las fantasías del hombre. Ambiguamente cristalino, a través de éste, se ve una realidad desde un flanco y otra completamente distinta desde el otro. La historia es el mejor ejemplo. He allí la verdadera causa de la locura del mundo, que no es más que el desespero deseo de dominar o de huir de la bestia.

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