Opinión Nacional

Un día que ayer fue futuro

Me valgo de la expresión empleada por Carlos Fuentes en “Terra nostra”, para intentar una aproximación al verbo presidencial. Atravesamos, desde hace seis años, los días que una vez nos hizo creer de porvenir y nos devuelven, impunemente, al siglo XIX, constatando una realidad que también creímos superada.

De grandes oleadas de opinión se hace la gestión cotidiana del régimen, pretendiendo distraernos de los problemas de fondo en beneficio de las escaramuzas que llenan su agenda. El mensaje anual ante el parlamento quedó trenzado a uno o dos aspectos, sacrificado el resto después de largas horas de frases sueltas, incluyendo las mudas interjecciones televisadas; y la conclusión presidencial del mitin por la soberanía, fue una muestra adicional de la aventura oratoria de quien toca todo lo posible, olvidando la hondura de temas que son propios de la jefatura del Estado, desde la perspectiva de un humor que, por grotesco, no es tal.

En una ocasión, eleva el globo de una ocurrencia, como la moneda sudamericana a la que atisba ponerle un nombre (el “sucre”), como si ello bastara para solventar los complejos requisitos de la integración, acaso el saneamiento y la complementación de las economías, u olvidara que prolongado tránsito del “euro”. Administradas las alocuciones presidenciales, ya no figuran inmediata e íntegramente todas las transcripciones, como ocurría en la infopista, por lo que a la hora de suscribir estas notas, en www.gobiernoenlinea.ve ojalá no esperen mucho para calzar el mensaje del día 23 de enero del presente año; empero, queda la verborrea anti-imperialista y la mentira olímpica sobre el analfabetismo de una alta funcionaria estadounidense: la comicidad del oficialismo está centrada en la brutal y directa burla personal hacia los adversarios, denigrando de la dignidad de la persona humana y, no vayamos tan lejos, un programa del canal supuestamente de todos los venezolanos, goza de tales baterías antiaéreas.

Estos días nos remiten al pasado y no sólo por los indicadores económicos y sociales exhibidos y ocultos, sino por la consabida y reiterada fórmula del consenso autoritario para hallar cierta estabilidad en el poder. No es un contrasentido conjugar consenso y autoritarismo, pues –como más de un siglo atrás- fue posible alcanzarlo.

Antes se trataba de las reglas impuestas por las armas, fundadas en el desconocimiento de la voluntad popular y de la modernidad misma, y, ahora, enfatizando los aspectos de la antipolítica como espectáculo, se afinca en la manipulación de los sectores –sobre todo- populares que consienten tamaña experiencia, prometido otro escurrimiento de la renta petrolera, en las cabalgaduras de la post-modernidad. Un consenso forzado, autoritario, tras las consignas, cuya provisionalidad se ha hecho demasiado extensa.

LA DOBLE DEBILIDAD

Inevitable tratar de la fracasada marcha de la oposición del día domingo 23 de enero de 2005, ante la cual ha habido una reacción –si se quiere- prudente del oficialismo que bien conoce sus causas. Y, entre éstas, figura la obstaculización y negación del permiso correspondiente de las autoridades que ejercen en el municipio Libertador, además de la posibilidad siempre abierta de una agresión impunemente armada por los seguidores del oficialismo.

El gobierno conoce muy bien la tasa de descontento que no reflejan los estudios de opinión, quizá por un problema técnico para lograr un fiel retrato. Lo cierto es que la “masa no está pa´bollos”, cuando ha sido real y continuo el desacierto, elevando el costo de la costo, y el simulacro de participación política y social no logra convencer.

Está la debilidad de un gobierno que, estrellándose contra las evidencias, no ha podido convertir una consigna, como la de la soberanía, ni un heroísmo emblemático, como la del fiscal asesinado, en una convencida política y en un sentimiento cabalmente nacionales, que le dote de una plataforma y herramienta de estabilización y confianza. La extrema concentración del poder, suscita inevitables contradicciones y tienta a sus titulares a ensayar respuestas cónsonas con los viejos libretos de movilización populista que, a lo mejor, conceden la razón a Colette Capriles, conferencista reciente en la sede nacional de los socialcristianos y estudiosa de una sugerente hipótesis, como es la del conflicto oficialista entre los apocalípticos y los integrados, hechas las circunstancias para un período de “dolorosa normalización” del régimen.

Está la debilidad de la oposición que tarda en digerir las lecciones del fallido revocatorio del mandato presidencial, desubicadas y desbrujuladas las organizaciones de la llamada sociedad civil, frente al proceso de los partidos que no logran alcanzar siquiera una ambientación unitaria. Es cierto que el aprendizaje esencial que hizo la gente fue el de marchar, como señaló en una reunión de trabajo Enrique Mendoza, pero no menos cierto es que la experiencia e imaginación cívicas necesitan de otros aprendizajes compartidos, recuperando la política como un instrumento idóneo para enfrentar al autoritarismo.

Entre una y otra debilidad, estamos propensos a la reeedificación de los estereotipos sobre las realidades que ya no los sostienen. En una acera, yacen las denuncias temerarias, como si las fuerzas opositoras tuviesen una vocación, una pericia y un impudor criminales, ya que –a guisa de ejemplo- acusaciones como las de la diputada Iris Varela sobre la autoría de COPEI y Primero Justicia en relación al homicidio del fiscal, convenciese a alguien, por más videos y pruebas que diga tener, según la versión impresa de “El Siglo” de Maracay (08/12/05); y, en la otra acera, creemos en una unidad pedredosa, ciega y monolítica de un gobierno que tiende a improvisar su propia supervivencia.

Estimamos que las dos facetas señaladas obedecen a una razón fundamental: no hemos superado el positivismo que echó su suerte en el poder desde los albores del siglo XX, vigentes las expectativas por un mesías, un iluminado o un “césar democrático” que nos saque de este presente. Promediados los oficialistas y los opositores, descubrimos el culto hacia quien, conocido o desconocido, pueda hacer o evitar una revolución que, por añadidura, es una simulación: posiblemente no sospechamos las consecuencias del efectivo descubrimiento del ejercicio democrático, para unos y otros, ya que el liderazgo consagrado sólo atina en sus viejos mapas.

POLÍTICA: DESREGULACIÓN Y ESPECTACULO

«Yo como a mí
todo se me olvida
entonces
yo bajo
mañana más de mañana»
Enrique Hernández D’Jesús

Ejercicio de precisión, no hay creencias políticas discernibles. Corren diversas versiones de un positivismo que se creyó cancelado con los abscesos de la renta petrolera, incluyendo ese enfoque mágico de lo cotidiano que guarda correspondencia con una estrategia del azar, oficializada en los últimos años con las marchas y contramarchas del Estado duramente perplejizado frente a la realidad. Ritos, ceremonias y costumbres que desprestigian la palabra, cundiendo todo de imagen.

El obrar político no halla una instancia fiscalizadora. Si fallan los controles en relación a la economía, no extraña que fracasen sobre la política misma. Las instituciones cumplen a medias, materialmente incapacitadas para responder a todas y cada una de las vicisitudes ciudadanas. Las entidades partidistas sufren las consecuencias de no asumirse como tales. Las referencias se desploman. Y lo anómico encuentra un asidero de permanencia, legitimado el gesto (infinitesimal o diferencial) de un moralismo auto-estupidizante. Hay más valores repartidos que compartidos, en este capitalismo desorganizado. Existen demandas que apenas sobreviven ante otras menos importantes, en una agenda coaccionada por la moda.

Con sus fuertes dosis de intolerancia, prevalecen las relaciones que pueden convertirse en sendas identidades primarias. Desde la simpatía o antipatía personales que ejercen más peso en los platillos de la política, hay un tránsito nada difícil hacia las meras afinidades etarias, religiosas, étnicas y la de un costumbrismo urbano que no reclama, en la esfera de sus resignaciones, una garantía de los mínimos sociales. El IVA solapado ya no es una deidad maligna en el elenco de estereotipos que explican las contradictorias posiciones asumidas o, mejor, presumidas en la vida pública. El sobreentendido es la materia prima en el juego colectivo, con sus escaramuzas místicas.

Las grandes operaciones empresariales infunden respeto. En el plano político, ha de ser el consumo y no el servicio. El liderato exaltado es el que obtiene ganancias por sí mismo, ególatrico y con ademanes tecnocráticos. La mano invisible del mercado absuelve cualquier error. Peor no podemos estar. De interés es el perfil psicológico del aspirante, pues todo depende de sus bondades o maldades dirigenciales susceptibles de una urgente reingeniería. Queda el saldo del mesianismo no desterrado. La individualidad acrobática, hábil, ingeniosa.

Desdeñamos la regulación de los enfrentamientos, debilitando las instancias que tienen por especialidad los acuerdos. El Juez de Paz o el Arbitraje Comercial parecen distantes en ese horizonte indefinido y gaseoso, ignorado o coheteado de la coexistencia. La desconfianza tiene sus códigos: corrupción e ineficacia congénitas, preferible a la interpelación de los medios que no son expeditos, coherentes, convincentes. ¿Cómo reconocerse en sociedad?, ¿el antipartidismo no es la fórmula más cómoda para fingir nuestra convivencia?, ¿la política que ya no es exclusiva del Estado queda en la nada, gravitando perennemente alrededor del cesto de la basura?, ¿hasta qué punto son soportables (y sustentables) esos conflictos que tanta grima dan?. Al maximizar la anomia, ensayamos las soluciones que se ponen en práctica en las relaciones familiares, domésticas o vecinales con toda su carga de irrespeto y de imposición del más fuerte, fruto de un caudal clientelar ad-hoc. ¿Hay una responsabilidad moral, en razón de las consecuencias que se desprenden de lo que hacemos, damos y no hacemos?, ¿aceptamos conformes el modelo del malandro o azote de barrio que, al atentar contra su propia comunidad, es sinónimo del héroe invencible?, ¿mayor diversión y menos compromiso?.

La frágil inserción: no asumir que los problemas individuales están en solfa con los colectivos. Lo deseable se funda en el desarrollo del sentido de supervivencia con una (in) merecida carga emocional. Facciosos de la vida social, incrementado el belicismo al interior del Estado Nacional. Escuadrones de la muerte, linchamientos populares o los ahora célebres «tupamaros». Hasta dejarse tentar con la guerra civil como solución terminal de los males propios y ajenos en la vorágine de la subsistencia.

La rápida fragmentación de las justificaciones trascendentes. La tríada del poder (económico, político y mediático), deshechas las centenarias elaboraciones doctrinales. La multiplicidad, disparidad y departamentalización de tópicos y problemas que impide una mirada coherente de la globalidad y admite tan diferentes como efímeras militancias. El agremiado asume una conducta distinta como deportista, el creyente contradice su empeño de cerrar la urbanización, el devoto vecino privatiza las aceras. Se cree a ratos y la desregulación, elasticidad o, acaso, plasticidad ética y política es una de las respuestas a la muy compleja convivencia común, requeridas de una fuerte especialización que afecta esa visión de conjunto de la que antes hacíamos gala. Tan sólo queda la esperanza de una transferencia masiva de los recursos del sector petrolero al resto de la economía. Un aumento de la contribución fiscal es lo deseable, autorizada la diversidad de subsidios.

De la seducción macroeconómica a la del espectáculo. Quizá lo único que puede convocarnos y permite el reconocimiento de todos en los espacios públicos. De la apatía a la hostilidad como fórmula de reencuentro, susceptible de ridiculizar todo lo que toca, banalizar todo lo que se habla, conceder la comicidad que reconforta en lugar de la humorada que cuestiona, en ese ancho puente tendido entre el homo videns y el homo digitalis.

La mercantilización del éxito que devora el altruísmo del intercambio e imposibilita la autorregulación, pues la secularización del poder lleva por signo el ideario portátil, la opinión pública manipulable, la sociedad civil pero sin sociedad. La horizontalidad del poder es un anhelo a beneficio de inventario, con sus privilegios intactos, aunque sin cargas ni responsabilidades. No es el que emerge de la mutua comprensión, sino de la confusión.

Urge la actualización de aquello que nos pone a vivir juntos. La exploración del origen y la durabilidad de las coincidencias básicas. El reordenamiento y los acuerdos, la regulación y la institucionalidad, las expectativas y las experiencias, las actitudes y las creencias, las ideas y la mensajería, los hechos y los enunciados, lo sistémico más allá de los afanes divulgativos. La resistencia y el descrédito de los sacrificios compartidos, ameritan de una solución distinta a la involución o regresión de las prácticas políticas, anulando conceptos, mermando la capacidad simbólica, hoy en nombre de la ingobernabilidad fiscal, en una terapia de lo casual, donde se confunden el tedio y el vértigo. Mañana, por obra de la desesperación, del no saber qué hacer con el otro, donde la delgadez de la vida pública está sometida a la vanidad de lo súbito como el gran suceso.

El que cada quien haga lo que le venga en gana, perdida o extraviada la más elemental noción del prójimo, sin la modesta interrogación en torno al destino irrenunciablemente común, tiene como único paradero el espectáculo. Por ello, el sismo cuya arquitectura nos agobia de miedo.

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