Opinión Nacional

Un día soñé con ser Presidente de Venezuela

Un día soñé con ser Presidente de Venezuela; pero ya era demasiado tarde, todo estaba escrito o a punto de escribirse. Esa idea se me ocurrió un 19 de abril de 1995, cuando apenas cumplía 20 años de edad. En ese momento Rafael Caldera con pelo engominado y guantes blancos se preparaba para entregarle el país a Tribilín en bandeja de plata. “La Mesa está servida”, le dijo la godarria a Chávez; y este barbarazo -ni corto ni perezoso- se sentó a comerse todo el queso que había en la mesa; lo demás es historia contemporánea y titulares de prensa.

Ese 19 de abril de 1995 me imagine con la banda tricolor. Sacando cuentas me dije que con suerte ganaba la presidencia poco antes del 2010 y de paso encabezaba los actos conmemorativos de los 200 años de la Independencia. Una pelusa, vaya manera de celebrar mi cumpleaños.

A decir verdad era una buena idea, hasta el lema de la campaña estaba listo: “Corao pal´2000”; algo con fuerza, algo con “punch”, como “El Gocho pal’88” o “Ese hombre sí camina y da la cara”. Un amigo y yo lo habíamos pensado todo, así que no podía fallar, el Palacio de Miraflores era nuestro.

Pero no, no fue así. Caperucita cogió el camino de las espinas y mi amigo y yo nos quedamos con los crespos hechos, los sueños, las ambiciones y una otra que buena intención. La juventud, el ocio y algún problema familiar, me alejaron de la política, del MVR y de lo que muchos años más tarde se llamaría –entre risas y carcajadas- la Mesa de la Unidad (que para colmo también comienza con “M”).

Avanzaron los noventa, vimos el último capítulo de la telenovela “Por Estas Calles”, nos comimos la uñas con Oscar Yanes y su “Silla caliente”, Claudio dejó de ser adeco, Carmen Ramia abandona la Revolución Bolivariana (no hay que olvidar que una vez perteneció a ella), ocurre la tragedia de Vargas, a Chávez se van y vuelve, el Santo Ángel se queda sin agua y para colmo de colmos, John Goicochea se lanza a Diputado respaldado por su “amplia experiencia parlamentaria”.

A todas estas, yo con los afiches de la campaña guardados en el closet de mi cuarto. Así no hay quien se lance a la Presidencia, ¡taima compañero!
Taima, los que no estábamos en la pomada estábamos pidiendo taima. Pero el “carromato de la historia” nos aplasto, parafraseando a Pablo Milanés. Yo diría que nos aplasto, luego metió reversa y nos remató.

Cuando me imaginé a la cabeza de los actos conmemorativos del 19 de abril pensé que ese día (en el lugar que hoy ocupa el aeropuerto La Carlota) inauguraría el gran Parque Bicentenario, una selva tropical rodeada de flores, fuentes de agua y espacios culturales para el disfrute de todos; imaginé un gran concierto de música iberoamericana que uniera a las bandas y cantautores de aquí y de allá, una especie de festival de la canción para celebrar con una gran rumba (no tiene otro nombre) el aniversario de todas nuestras repúblicas.

Pero no, no fue así. Tuve que conformarme ver llover sobre mojado y tragar un desfile cívico-militar que nada tiene de nuevo, ni de bueno.

Tanto nadar para morir en la orilla.

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