Opinión Nacional

Un dios carnicero

1.- No estoy conforme con la traducción que se ha hecho del título de la pieza teatral de la incomparable Yesmina Reza y que el controvertido “Grupo Actoral 80” presenta con rotundo éxito en Caracas desde mediados de febrero.

No es una discrepancia menor porque el original francés se titula Le Dieu du Carnage, que en mi libérrima versión viene a ser “el dios de las matanzas”: de la carnicería, en el sentido que en español damos a la palabra masacre. 

En cambio, usted verá anunciada la obra que se presenta en el teatro “Trasnocho”, en el Paseo las Mercedes, como “Un Dios Salvaje”, título que acaso aluda a lo mismo que la autora quiso expresar pero, a mi parecer, deja fuera muchas otras cosas. Con todo, esto del título es  mi único reparo a una estupenda versión  española de una pieza extraordinaria, fruto del que quizá sea el talento más perturbador de la escena literaria actual. 

Hace años me hice adicto a la obra de Yasmina Reza y el vicio se lo debo, justamente, al montaje que de su hoy ya celebérrima pieza “Arte” hiciera hace una década la misma troupe del “GA 80”, a su vez el grupo teatral más aborrecido por la burocracia “cultural” chavista, desde Farruco Sesto para arriba. Esto último va dicho, por supuesto, como calurosa recomendación.

 Pocos  críticos vacilan en comparar a Yasmina Reza con las cimas de la dramaturgia que en el mundo han sido. Reza pertenece, en efecto,  a la misma liga  de Lope de Vega y Arthur Miller. ¿Significa esto que su dramaturgia debe verse con gesto concentrado, puño en la mandíbula y ceño fruncido?

En absoluto. Reza es capaz de arrancar carcajadas al más adusto de los espectadores y, al mismo tiempo, inducirnos a pensar de nuevo – a poner en remojo – mucho de eso que los franceses llaman “ideas recibidas”:  ideas que creemos profundas y bien ancladas y con las que andamos por ahí de lo más  desprevenidos, sin someterlas jamás a examen.

Las ideas que interesan a Yasmina Reza son, precisamente, las más insidiosamente familiares; esas que los medios y el reduccionismo posmodernos han convertido en tópicos vacíos sobre el amor, la amistad, la belleza, la justicia o la realización personal. A Reza le interesa confrontarnos, siempre  jocundamente, con la siempre descaminadora sabiduría convencional de los “biempensantes”.

Esto  es lo que hace, por ejemplo,  en su brevísima joya narrativa “En el trineo de Schopenhauer” ( Anagrama, 2005). Hacer  irrisión de la filosofía es la marca de fábrica de Reza . Sus detractores entienden esto como frivolidad,   a lo que ella ha respondido , por boca de uno de sus personajes, la siquiatra de “El Trineo de Schopenhauer”, que la frivolidad es la espuma de la inteligencia. En otros textos ha dicho también que ni la fisosofía, ni la frivolidad, ni la literatura y, ¡ay!, ni siquiera la música, pueden  defendernos de la muerte.

2.- Yasmina Reza es francesa, de origen familiar iraní, su lengua madre es el francés y sus piezas han sido representadas ya en más de treinta y cinco  idiomas.

Rozando apenas la cincuentena, Reza ha acumulado ya una obra abrumadora e indiscutible, no sólo teatral, sino también narrativa. Su carrera comenzó como actriz, pero muy pronto tentó suerte en la escritura teatral. Su primera pieza– “Conversasiones después de un funeral”– data de 1987 y le valió el prestigioso Premio Molière, equivalente del “Tony” estadounidense o del “Laurence Olivier” británico.

Hace más de diez años, Reza  publicó una novela titulada “Hammerklavier” que es una arcaica voz alemana para designar al piano. Pero es también el apelativo que los melómanos damos a la inefable “Gran sonata para piano  # 29 en Si bemol” de Ludwig van Beethoven; la opus 106 tan alabada por Thomas Mann en su “Doktor Faustus”.

“Hammerklavier” – la novela de mi idolatrada –, ofrece al lector pistas, pero sólo algunas, autobiográficas sobre esta autora excepcional que atribuye lo mejor de su arte al sentido compositivo que toda su vida le han brindado la música y la melomanía. Oigámosla hablar del asunto en una entrevista sobre “Hammerklavier”:

“Yo tuve una educación muy musical. Mi madre era violinista. Mi padre tocaba el piano. Lo que quería [ para su novela]  era un título difícil porque no quiere decir nada: ‘teclado a martillo’, en alemán. Es raro como la vida en sí. Por otra parte, creo en la supremacía total de la música. Sólo ella y quizá la poesía merecen el nombre del arte que revela lo inexplicable. Ni la literatura ni la pintura lo son. Durante un tiempo consideré a Beethoven el mayor músico de la historia pero El arte de la fuga y otras piezas lo son también. Incluso soy adepta al flamenco.  He tenido muchos momentos en mi vida en los que me encontré sumida en la desesperación, momentos de gran accablement en los que pensaba que nada servía para nada. La música, sobre todo Bach, tan energizante y nada sentimental, me recordaba en esos trances que en la vida había algo transcendente. El arte de la fuga es sin duda una obra maestra. Hay una frase genial de Emile Cioran que reza: ‘Nadie ha hecho más por Dios que Bach: Fue Bach quien llevó a Cioran a la cuestión de Dios’ ”.

3.- El argumento de “Un Dios Salvaje”, que se despliega en tan sólo noventa minutos,  es la quinta esencia de los temas y el arte de Yasmina Reza:  dos parejas de clase media acomodada, que se tienen por cultas  y de ideas avanzadas,  se reúnen luego de que una pelea entre sus respectivos vástagos , de unos ocho o nueve años,  terminó con un palazo que el uno propinó al otro en la cara. Formulado así suena banal y sin muchas perspectivas de desarrollo, ¿no es cierto?

Pero lo que los superlativos Carlota Sosa, Iván Tamayo, Basilio Alvarez y Martha Estrada nos ofrecen  brillantemente en la puesta de Héctor Manrique no se limita al alivio cómico, a  la catarsis de ver a un par de matrimonios  destazarse vivos entre sí durante hora y media. El crítico Ben Brantley, del New York Times, dice de “Un Dios Salvaje” que es todo un estudio “sobre la tensión entre nuestra superficie civilizada  y nuestros instintos basales”.

 Eso mismo es, quizá, lo que convierte a esta pieza en un espectáculo tan milenariamente teatral: es entretenimiento, en su acepción más primitiva y pura, al tiempo que es un inquietante reto intelectual.

¿Frívola  o profunda?  Decida usted mismo yendo a ver a   Carlota, Iván, Martha y Basilio este fin de semana en el “Teatro Trasnocho”. No creo que tenga nada mucho mejor que hacer en este yermo cultural en que la cultura boliviariana ha convertido nuestra ciudad. Me va a agradecer la recomendación.

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