Opinión Nacional

Un futuro luminoso

Con este artículo de hoy quiero comenzar una serie que espero ir desarrollando de aquí a las elecciones presidenciales de octubre. No albergo otro deseo que verme acompañado en esta interesante travesía intelectual que, no tengo la menor duda, es importante desenredar para mirar con confianza las inmensas tareas que nos esperan.

Hoy hablaremos sobre lo que nos depara el futuro, pero tratado desde el punto de vista de lo que creemos es ese futuro, y desde el cual vamos adaptándonos a su inevitable conclusión.

Cuando éramos chamos -¿y quién no lo ha sido?- en nuestras clases de ciencia nos hablaban de los procesos vitales. Todo organismo, nos decían, tiene una vida limitada: nacen, crecen, eventualmente engendran prole, y finalmente mueren. Eso era un dogma irrebatible porque la cruda realidad se encargaba de probarlo.

Parecía obvio que tal idea-fuerza: las cosas nacen, se desarrollan y mueren, estaba referida a todo lo que tenía que ver con la biología, desde los microorganismos, las plantas, los animales hasta el más destacado de todos, el hombre, todos recorrían ese camino. ¡Antes, ahora y siempre!

Siguiendo la huella que dejó Charles Darwin, muy pronto el ejemplo de la biología se extendió a otras ciencias, entre las cuales, no faltaba más, las ciencias de la conducta humana estuvieron en lugar destacado. O mejor, lo intentaron. Los humanos, bien sabemos, son unos artistas en eso de torcer las cosas y esa tendencia no podía faltar aquí.

En efecto, varias décadas antes de Darwin había hecho su aparición estelar, en tres países europeos al mismo tiempo, Francia, Alemania y Escocia, quizás el más importante movimiento intelectual desde el lejano Renacimiento; fue bautizado la Ilustración; aunque franceses y alemanes compitieron para ver quién redondeaba mejor el título: «Siglo de las Luces» entre los galos y laAufklärung («Iluminismo») de los alemanes.

Aquel movimiento fue el primero que propuso esa peculiar idea que suponemos muy de la segunda posguerra: el mejoramiento continuo. Para ellos, desde los griegos de la Antigüedad, la humanidad entera -a la que siempre vieron como una unidad coherente- no había hecho otra cosa que dirigirse a un futuro radiante. Era tan cierto que íbamos por el camino correcto que nada entorpecería el que llegásemos a ser de veras los reyes de la Creación.

En el camino hubo, por supuesto, el tropiezo de la Revolución Francesa, que tuvo la insólita idea de regar con sangre esa venturosa ruta, pero muy pronto Napoleón y quienes luego le vencerían, volverían a enderezar lo torcido.

La otra revolución, la industrial, muy pronto vino en ayuda de aquella fabulosa idea que los jacobinos franceses quisieron empañar. El siglo XIX, el mismo que Napoleón abrió con las conquistas europeas, muy pronto convirtió al «sueño ilustrado» en la maquinaria de los más portentosos inventos que tanto modificaron la vida del hombre sobre la tierra. No conformes con acercarnos en el mundo real con carreteras, vías férreas y aeropuertos, terminaron haciéndolo en el mundo virtual que hoy nos tiene de cabeza.

Habría que esperar la entrada del siglo XX, pasado el peaje de la sangrienta Primera Guerra Mundial, para ver con asombro cómo esa idea, la del progreso infinito, era llevada con esmero hasta las masas, que sin vacilar la compraron de inmediato. Como bien afirma el historiador alemán Nolte, comunistas y fascistas se iban a pelear por el privilegio de ser los portaestandartes de lo que nos transportaría a un futuro luminoso.

Sólo había un problema en toda esa ilusión -como bien la bautizó otro historiador, el francés François Furet- que no era otra que el olvidarse de la Historia (o para ponerlo en palabras de mi tía carupanera: «Dios no ha hecho nada más grande que un día tras otro»), y por qué no, también olvidarnos de nuestras clases de biología: las cosas nacen… y mueren. Así de simple.

Es esto, ni más ni menos, lo que está pasando con nuestro socialismo tropical, al que, como buen hijo del trópico parece que ha corrido con la suerte de «morir al nacer», o sea, que ni tiempo tuvo de mostrarnos sus delicias.

Pero lo mejor que ha hecho es volvernos a la realidad. No era verdad, ni nunca lo fue, que íbamos hacia un socialismo imparable, ése que provocaba el terror en las señoras bien y perturbaba tanto a cuanto opinador merodea en la comarca, el mismo que esperaban muchos se afianzaría sin remedio con el paso de los años. Pues no, se pudrió y está ya boqueando, como todo organismo al que le llegó su hora.

 

 

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