Opinión Nacional

Un Gulag venezolano

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¡Que muera la inteligencia…!: esa es la filosofía que poco a poco vamos aceptando en nuestra apaleada sociedad.

Que mueran los libros, que muera la justicia y que mueran la dignidad y la esperanza… pero sobre todo, que viva el dolor y la desesperación que nos impone este gobierno.

Siempre muerte, siempre podredumbre, siempre hostigamiento, siempre embrollo, trampas, mentiras, oprobio y resignación.

Desde esa lacerante realidad, se hace posible la implementación de “La Administración Central de Campamentos” o Gulag venezolano. Lo único que falta, son los aceitados grillos gomecistas (sacados limpiamente de los museos del holocausto histórico nacional) y reivindicarlos desde su trémulo descansar.

Desde hoy, junto a los comisarios convictos, celebraremos la verdadera confirmación de una vuelta a la barbarie total. La vuelta a una Alcarria agriamente perdida, la vuelta a un fulminante desencanto y la vuelta a una penuria más cruda; o más bien, la vuelta a una existencia deslastrada de cualquier resquicio de placidez o esperanza.

Gritan madres desgarradas, gritan hermanas ofendidas, gritan al unísono los hijos adoloridos y los angustiados amigos de los convictos. Y todo esto sucede absurdamente, frente a nuestros ojos, y desde un tétrico coro conformado desde el mismo infierno. Y los vemos hacer grotescos esfuerzos infrahumanos que, infructuosamente, sólo satisfacen la creciente necesidad de “crueldad” de los verdugos; de esos verdugos que viven de nutrirse del dolor ajeno y que se consuelan en su enferma necesidad de alimentarse de “la crueldad” como espejo existencial.

Vivir del dolor, vivir de la muerte y vivir de la desesperación de los demás, es la forma natural de vivir de los verdugos, de los que sienten que viven cuando otros mueren. De los que nunca podrán prescindir de la necesidad de reflejarse en la desesperación de los demás para calmar sus angustias y sentir que existen, para sentir que son.

Contra ellos, contra esos psicópatas “salvadores” de si mismos, sólo podemos actuar de una manera: no debemos permitir que nuestra sangre aligere la enfermiza sed que los aflige.

O para decirlo más claro: si tienen tanta insaciable sed de odio, preparémonos, desde esta misma fecha, para ayudarlos a que aprendan a nutrirse de su propia sangre…

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