Opinión Nacional

Un mitin de nueve horas

La rendición de cuentas del presidente Hugo Chávez ante la Asamblea Nacional no era, en sí misma, una batalla en la cual la oposición podía salir bien librada, por muchas intervenciones que sus diputados tuvieran en ese acto.

Mientras el Gobierno, como quedó evidenciado, preparó hasta el más mínimo detalle de la información que se le suministró a los parlamentarios, la oposición hizo lo que le sale hacer en un Parlamento: criticar, hacer preguntas e incluso formular propuestas. Las tres cosas estuvieron presentes en las intervenciones de Julio Borges, María Corina Machado, William Dávila, Alfonso Marquina y Juan Carlos Caldera.

Imposible que la bancada opositora, frente a un expositor que utilizó nueve horas para aportar información que tranquilamente en hora y media, sin polvo y paja, pudo haber sido suministrada, obtuviera un mejor saldo. Por lo demás, era el momento del Presidente. El de la oposición viene después, y no es otro que el de contrastar las cifras dadas por Chávez con la realidad y con la información que los partidos y sus respectivos bloques parlamentarios manejan.

Básicamente, el Presidente hizo un mitin de nueve horas. Fue un arranque de campaña más que una rendición de cuentas. Y, como dueño del escenario que fue, se permitió divagar y discursear antes que responder a los planteamientos concretos que le hicieron los parlamentarios opositores.

El hecho de aceptar interrupciones y preguntas fue en sí una indiscutible acción electoral para presentarse como un hombre amplio, tolerante, cordial y amigo del debate con sus oponentes, cuando todos sabemos que la línea «ni tantico para la oposición», esbozada por Diosdado Cabello al asumir la presidencia de la Asamblea es «made in Miraflores».

El efecto de esta puesta en escena presidencial no es fácil de contrarrestar. Básicamente diría que Chávez logró su cometido en esta comparecencia ante la Asamblea Nacional.

La tarea de la oposición parlamentaria, tanto de quienes asistieron al acto como de los que se ausentaron por razones de corte electoral, es mostrar la otra cara de la moneda, con datos y cifras contundentes en lo que se refiere a número de viviendas, desempleo, inseguridad, escasez e inflación.

Y por mucho que la oposición logre poner en evidencia los lunares de la gestión presidencial, ello no es suficiente con miras al proceso electoral del venidero mes de octubre.

Hasta ahora las encuestas muestran, unas más y otras menos, que la deficiente gestión del Gobierno afecta tímidamente la popularidad del Presidente. Tal vez una mejor propuesta de país, tanto en lo económico como en lo social, conectada realmente con las necesidades y aspiraciones de las grandes mayorías, es el camino para sortear con éxito las elecciones presidenciales.

Perfectamente se puede masificar el mensaje de que es prioritario cambiar el modelo rentista y apuntalar una economía basada en la productividad. Más emprendimiento y menos dádivas que al fin y al cabo hacen menos dura la pobreza pero no permiten salir de ella. No se trata de capitalismo popular u otras fórmulas aliñadas de neoliberalismo. Se trata de hacer viable el modelo de país contenido en la Constitución de 1999, guardada en el escaparate del olvido por el actual Gobierno.

El ataque al clientelismo que practica el Gobierno con las misiones viejas y las nuevas debe hacerse cuidando el detalle de no ofender o estigmatizar a los sectores populares que aún tienen esperanzas en que «con Chávez manda el pueblo», y ofreciendo simplemente algo que sea creíble y que sea mejor.

Un mandamiento para la oposición: no digas ni hagas en las primarias lo que te puede costar el triunfo en las presidenciales.

 

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