Opinión Nacional

Un reposo de Asamblea

La presidencia de la Asamblea Nacional ha pasado del capitán Ameliach al diputado Maduro. Todo queda en familia. La Asamblea, en ese sentido, seguirá siendo un reposo de Miraflores.¡Qué cómodo debe ser para un poder Ejecutivo tener un poder Legislativo que le refrende todos los antojos y que se esmere en no ejercer control alguno.! Una manguangua pues.

En el «modus operandi» de la supuesta revolución bolivariana ese es el papel de la Asamblea Nacional: una institución de existencia formal que en lo sustancial se dedique a recibir y tramitar órdenes del presidente de la República.

Y por favor que no vengan con el cuento de que las mayorías tienen derecho a disponer y a gobernar. En Venezuela muchas veces un gobierno de turno contaba con una mayoría parlamentaria, incluso más holgada que en la actualidad, y ello no significaba que el Capitolio fuera un yoyo de Miraflores.

Ni hablar, desde luego, de cuando un gobierno democrático estaba en minoría en el Congreso. De hecho, el régimen presidencialista pasaba a desenvolverse como un sistema mixto, cuasi-parlamentario, en el que la idea de pesos y contrapesos al poder del gobierno dejaba los libros y pasaba a la realidad política e institucional.

Eso no es concebible en el «realpolitik» del régimen chavista. No importan las 24 atribuciones principales que la Constitución de 1999 le confiere a la Asamblea Nacional. En la mentalidad del señor Chávez y de su cúpula el Legislativo es una extensión del Ejecutivo, no un poder autónomo y mucho menos un recinto opositor.

Por eso la mayoría oficialista, al irse haciendo precaria, ha modificado cerca de 10 veces las normas de funcionamiento interno, a fin de garantizar que una mayoría simple cuente con la aplanadora de una mayoría calificada. Todo con la bendición jurídica, no faltaba más, de la Sala Constitucional.

Por eso, entre otras razones, la Asamblea no es una arena política y los debates de interés sólo giran alrededor de leyes gobierneras. Tampoco «ejerce funciones de control sobre el Gobierno y la Administración Pública Nacional», tal y como lo manda el artículo 187 de nuestra Constitución de papelillo.

Pero la anulación del parlamento como poder público también tiene que ver, siquiera en algo, con el «desinterés» de no pocos de sus miembros de oposición. La mayoría de boinacolorá puede que sea pequeña pero la voluntad en las bancadas opositoras, en líneas generales, también lo es. Hay excepciones valiosas, es cierto, pero bien confirman la regla.

Para un régimen como el de Chávez, sea cual fuere su definición técnica (si es que ello es posible), una Asamblea Legislativa no puede ser algo distinto de lo que ésta ya es. Y será peor, seguramente, luego de las elecciones decembrinas.

Entre la perversión del sistema comicial, la «imparcialidad» del CNE y la esperable abstención, con la próxima Asamblea puede pasar lo de la Constituyente: que una modesta mayoría electoral obtenga una mayoría abrumadora de los escaños.

Por lo pronto, luego de la salida del imperceptible Ameliach y la llegada del locuaz Maduro, la Asamblea Nacional no dejará de ser todo un reposo para Miraflores.

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