Opinión Nacional

Un toque de canela

Es, no me cabe duda, una de las películas que más he disfrutado últimamente. Y miren que yo soy adicta al cine, y mucho más en estos tiempos cuando ni siquiera tengo que ir a encerrarme en una sala de cine, sino que puedo disfrutarlo en la comodidad de la casa.

Esta película cayó en mis manos por casualidad, sin procurarla. Y, como suele suceder, muchas de las cosas que no planificamos resultan una experiencia maravillosa y que nos reparan las emociones rotas.

Pero bueno, basta de disgresiones. A lo que nos ocupa. “Un toque de canela” es griega, pero el sonido, gracias a Dios, está en castellano. Sospecho, empero, que el traductor sabe su oficio, porque no privó en él la técnica sino más bien la pulitura de las emociones que tenía que transmitir cada frase para acompañar, apropiadamente y sin disonancias, una fotografía, un “tempo” y una puesta en escena extraordinarios.

Buena parte de la historia transcurre en Turquía, más específicamente en Istambul, ciudad absolutamente mágica en la que nunca he estado, pero juro por mis huesos que alguna vez visitaré.

La trama es la relación que se desarrolla entre un niño y su abuelo, a través de las especies, los sabores y los aromas. Incluso luego, al separarse por causas tan estúpidas como el pleito entre Turquía y Grecia (un pleito que separa a las gentes), los lazos entre el abuelo y el niño no se rompen. La distancia física no hace mella en su amor, que es grande, que es profundo, que es, sobre todo, una verdadera exquisitez.

El director nos conduce a un revoltillo de pasiones, risas, lágrimas y rabias, sin tener compasión alguna por nosotros, oh incautos, que caemos en sus redes para, sin siquiera pelear, sumergirnos en ese torbellino que, al cabo de casi dos horas, sentimos como inevitables y, más aún, deseables. Porque el director se ha dado cuenta que en realidad lo que tenemos es miedo, miedo de sentir, miedo del dolor, miedo de tener que pagar el precio de la domesticación, que no es otra cosa que estar dispuestos a entregarnos a lo sublime del amor. (“Cuando uno se deja domesticar, se corre el riesgo de tener que llorar un poco…” El Principito, Antoine de Saint Exupery.) El director sabe que queremos brincar por encima de nuestros miedos y resquemores e inútiles prudencias, ponerlos al menos a raya. Sabe bien que queremos sentir. Entonces primero nos cautiva con una historia bonita, para luego atraparnos y hacernos sentir, sentir en serio, sentir con toda el alma.

Si usted no ha visto “Un toque de canela”, búsquela. No se arrepentirá de obsequiarse una vivencia que hará suya, en la que podemos hallarnos, aunque no seamos ni griegos ni turcos. Una buena manera de comenzar este año que se vislumbra, digamos, complicado…

¡Feliz año!

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