Opinión Nacional

Un verdadero Parlamento

Más allá del folklore de las campañas electorales que llenan de pendones, afiches y pintas nuestras calles en todo el país, con fotos de candidatos sonrientes que en sus estrategias pretenden ganarse el voto de los electores en cada circuito o Estado, la elección parlamentaria se presenta como una gran oportunidad de cambio y de progreso para un país que viene cayendo aceleradamente en procesos de depresión económica, social y hasta anímica.

Escribir hoy sobre lo que no ha hecho y tenía que hacer la actual Asamblea Nacional, así como escribir sobre lo que sí ha hecho y nunca ha debido hacer es casi como llover sobre mojado y puede resumirse quizás en lo siguiente: los parlamentarios no han legislado para sus estados o municipios sino en contra de éstos; sólo han obedecido los mandatos de Miraflores y no han consultado nunca a sus electores sobre las posiciones que han asumido; las funciones de control sobre el poder central no se han ejercido, por el contrario, han sido complacientes con éste al máximo; los debates políticos han sido un torneo que ha exhibido sólo dos aspectos: el irrespeto y la descalificación constante al adversario político y la adulancia a la figura presidencial realizada en forma reverencial y sin el menor sonrojo. Si algún diputado alguna vez tuvo una duda sobre algún tema o pensó que en algo estaban excedidos o equivocados, jamás se atrevió en todos estos años a hacer pública su diferencia o su duda, so pena de ser calificado como «traidor».

El próximo 26 de septiembre está en nuestras manos comenzar a producir el cambio hacia la modernidad y el progreso, o continuar con un Parlamento como el actual. Si estás conforme con la actuación del Parlamento actual y crees que el país ha progresado, ya sabes cuál tarjeta marcar. De lo contrario, ¿qué deberíamos tener los venezolanos como institución parlamentaria?

Sin duda en primer lugar deberíamos elegir a un Parlamento que legisle en desarrollo de la Constitución y no en su contra. La Constitución señala los derechos fundamentales de todos los venezolanos, entre ellos la vida, el más fundamental de todos. Señala la división político territorial del país, estados y municipios, sus competencias y recursos. Señala la obligación que tiene la AN de respetar estas instancias. Señala las materias sobre las cuales es obligatorio legislar y en consecuencia desarrollar las normas de máxima jerarquía nacional.

En segundo término, la Asamblea debe controlar al poder. El diseño institucional del Estado está concebido como un sistema de pesos y contrapesos para que un poder controle al otro y ninguno se exceda, abuse o se desvíe de sus fines propios o se sobreponga al otro, lo domine y lo irrespete. Ese sistema de contrapesos en países presidencialistas, como el nuestro, es fundamental para equilibrar el poder. Un Parlamento debe atender las denuncias, investigar incluso a sus propios partidarios y producir informes sobre lo que arrojen esas investigaciones. Un Parlamento no puede negarse a investigar, interrogar, a solicitar se le rindan cuentas de las acciones u omisiones del Poder Ejecutivo.

En tercer lugar, la Asamblea debe ser el máximo foro de discusión política del país. Los grandes temas nacionales, incluso los temas doctrinarios o filosóficos, deben poder discutirse con total respeto y pluralidad en ese escenario. Las diversas concepciones sobre la organización del Estado, el éxito o fracaso de las políticas públicas en ejecución, la correcta o incorrecta utilización del gasto público, el estado real de las empresas del Estado, las finanzas públicas, la dimensión del Estado, la relación del Estado con los ciudadanos, los derechos fundamentales del venezolano, el respeto o irrespeto de estos derechos. En fin, los más diversos temas de interés nacional deben tener cabida, sin restricciones, en un foro parlamentario democrático que permita la crítica a favor o en contra y que obligue a corregir desviaciones o perversiones del sistema, de una política pública o de una ejecución determinada.

Los venezolanos nos merecemos un Parlamento así. No una gallera en la cual el debate más prominente sea el insulto permanente, la descalificación personal del adversario o la negación constante al debate de ideas y de posiciones por temor a que salgan a relucir en él aspectos negativos que con la falsa creencia de que desaparecerán al taparlos.

La oportunidad está muy cerca, apenas a dieciséis días. Si aún tienes alguna duda sobre si debes o no acudir a tu centro de votación y decidir el futuro, solo piensa que bien vale la pena darle dos horas de tu tiempo al porvenir.

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