Opinión Nacional

Un viaje al corazón de las tinieblas

A Carlos Armando Figueredo debemos no sólo el esfuerzo de la traducción sino el empeño de ver editado en Venezuela el libro capital de Ingo Müller (1943):
Los juristas del horror. Publicado en 1987, su impacto fue considerable no sólo
en Alemania, sino también en Inglaterra y Estados Unidos. A partir de un extraordinario trabajo de documentación y análisis, Müller revela los mecanismos utilizados por jueces, especialistas en Derecho, intelectuales y académicos, quienes se hicieron cómplices del régimen nazi e intentaron crear una ciencia jurídica que legitimara la monstruosa acción del régimen de Hitler

Los juristas del horror. La justicia de Hitler: el pasado que alemania no puede dejar atrás Ingo Müller Editorial Actum Caracas, 2006 «¡Ay de la generación cuyos jueces merecen ser juzgados!» El Talmud

1El escándalo de las buenas conciencias no se hizo esperar: Kurt, el tratante de marfil convertido en emperador del mal, atrincherado contra sus propios mandantes en el corazón del Congo y adorado cual Dios por salvajes en estado primario, era no sólo un producto de la afiebrada imaginación de Joseph Conrad sino un despropósito moral. La respuesta del genial novelista polaco que le diera una estremecida vida en El Cora zón de las Tinieblas, posiblemente su nove la más lograda y una de las grandes obras literarias del siglo, fue terminante: referido a la dimensión del mal la realidad supera cualquier ficción. No se requiere de una imaginación desbordada para dar con ella. Está allí, indolente y letal como una boa constrictor o desperezándose siniestra ante nuestros asombrados ojos.

Es cierto: de tiempo en tiempo la humanidad asiste estremecida a la aparición de figuras extravagantes, chorreantes de maldad, emergidas del más oscuro fondo de los tiempos, inescrupulosos y dispuestos a materializar los ancestrales temores de la humanidad. Arquetipos demoníacos, fijaciones maléficas que se creyeron definitivamente superadas y estaban allí, ocultas en un ignaro corazón, rondando a la vuelta de nuestro más inmediato presente para asaltarnos y sumirnos una vez más en las tinieblas del pasado. Harold Bloom acaba de publicar un puñado de reflexiones al borde de la muerte cuyo tema es la sabiduría y la literatura sapiencial, imaginable también como la frágil respuesta de la inteligencia a las inconmensurables potencias del mal: el Libro de Job y el Eclesiastés, Homero y Platón, Cervantes y Shakespeare. Por ellos desfilan Satán y Yahvé, Job y Salomón –sus desprevenidas criaturas-en una lucha mortal por el dominio del espíritu. Culmina en Hamlet y en Macbeth y encuentra en la desfachatada sabiduría del Quijote la hondura de nuestro triste y desvencijado reservorio moral.

Lejos de toda literatura sapiencial y de toda reflexión metafísica sobre el mal y la satánica tentación del Poder, aunque toque el tema desde una perspectiva académica, una obra acaba de ser editada gracias al esfuerzo del abogado, profesor universitario y ahora traductor-editor Carlos Armando Figueredo. En ella se vuelve a actualizar la inagotable reflexión sobre el espurio maridaje de maldad y Poder bajo la peor de sus vertientes: la del sometimiento de la justicia y los juristas a los afanes totalitarios del terror. Se trata de uno de los más importantes estudios dedicados a la perversión del sistema judicial bajo la hegemonía del nazismo hitleriano: Los Juristas del Horror, del abogado e historiador alemán Ingo Müller. Una obra de fácil y obligatoria lectura en un país como el nuestro, sometido a la mayor barbarie jurídica que conociera la república desde su fundación, originada en las mismas causas que terminaran en la aberración jurídica del Tercer Reich: poner la justicia al servicio del caudillo para convertirla en su avasallante instrumento de dominación. Una trágica perversión que encontrara en los juristas del horror del nacionalsocialismo un campo tan fecundo, que aún hoy lastra de culpabilidad un sistema judicial –y una cultura entera, como lo atestigua el caso Günther Grass-que no termina por sacudirse el estigma de su pasado.

2 Implacable, exhaustivo, minucioso, extraordinariamente documentado Ingo Müller somete la justicia alemana a su más completa revisión histórica. Buscando la raíz del miedo, del terror que la fundamenta -pues de eso se trata en regímenes sustentados en una justicia pervertida: de convertir la testamentaria esperanza por una justicia sabia e inmarcesible en el desnudo y desvalido enfrentamiento del sujeto frente a la totalidad sistémica del Poder político, coercitivo, temible, aterrante. Furcht, temor en alemán. De allí el título de la obra: Furchtbare Juristen: juristas temibles, juristas terribles, juristas del horror. Encontrando las raíces del mal en un sistema judicial que traiciona los predicados de la Ilustración por un justicia racional, que repugna de la tolerancia y la liberalidad y promueve el sometimiento servil a los designios autocráticos del Poder. Documentados para los efectos del análisis de la justicia hitleriana con una prolijidad abrumadora ya desde los tiempos de Bismarck y el imperio germánico, sentando precedentes conocidos y muy próximos al venezolano de hoy, sometido a una muy semejante y bárbara arbitrariedad judicial: «El propio Bismarck, primero como Primer Ministro de Prusia y luego como Canciller del Reich, se valió del sistema judicial inescrupulosamente como un arma en las controversias políticas internas. En esas controversias pudo apoyarse en una nueva institución, la Fiscalía del Ministerio Público (Staatsantwaltschaft)». Como lo señalaría en 1950 Heinrich Hefter, citado en el contexto por Ingo Müller, «una de las armas más efectivas de la burocracia reaccionaria». Un invento francés que bien manipulado puede convertirse en un arma temible de persecución política. Como pueden atestiguarlos los cientos de perseguidos, encarcelados y desterrados por causas incoadas y nunca resueltas por nuestro ministerio público.

«La desvergonzada parcialidad de la judicatura», denunciada por Diether Huhn y otros analistas llamados en calidad de testigos de cargo en esta implacable requisitoria contra los jueces alemanes actuó como la espada de Damocles contra toda oposición política liberal y progresista ya durante todas las crisis políticas vividas por el Reich en la segunda mitad del siglo XIX, particularmente durante el llamado «Kulturkampf», ese verdadero combate civilizatorio librado por los liberales alemanes contra los conservadores prusianos entre 1872 y 1886.

Todos los mecanismos de selección y perfeccionamiento fueron puestos en acción para lograr conformar un aparato burocrático judicial renuente a toda crítica y sumiso hasta el servilismo frente al establecimiento monárquico, enfrentado a cualquier devaneo progresista que encontrara sustento en las deliberaciones parlamentarias.

«El poder judicial se mantuvo en bloque y sólidamente detrás de la monarquía y cuando uno de los hombres habló en nombre de la judicatura, el presidente del Senado, Max Reichert, proclamó: `¡Lo que es el ejército en nuestras fronteras debe ser nuestra administración de justicia dentro de ellas’!».

El sueño del despotismo en todos los tiempos y en todo lugar: una judicatura convertida en policía política, administración carcelaria y ejército aclamatorio. Bajo el mando de un Fiscal General de la República qua comandante en jefe de la judicatura al irrestricto servicio del monarca. ¿No nos suena familiar?

3 Las conmociones sociales y políticas provocadas por la derrota alemana al cabo de la Primera Guerra Mundial y particularmente el advenimiento de la llamada República de Weimar, acompañada de movimientos revolucionarios proletarios en Munich y Berlín, ecos de la toma del Poder por los bolcheviques y el establecimiento del Estado Soviético y sus secuelas en la Europa central, lejos de conmover el carácter conservador, elitesco, anti popular y reaccionario de la judicatura alemana y el sistema judicial que lo sustentaba lo hizo todavía más arbitrario e injusto. Desde un punto de vista estrictamente jurídico, más que la transición de la justicia desde su carácter conservador, terrateniente y prusiano hacia una justicia cívica, liberal y democrática, la República de Weimar constituyó el tránsito hacia la más aberrante de las expresiones jurídicas conocidas por la civilización luego de la Ilustración y la Revolución Francesa: la justicia unidimensional, servil y místico religiosa, expresión casi metafísica del humor del Führer: «Wilhelm Sauer, por ejemplo, que había sido titulado profesor en 1919, publicó en el prestigioso Archiv für Rechtsphilosophie, en 1939, un llamado a `elevar al Führer como una figura iluminada y un héroe que conduce al alma alemana fuera de las tinieblas hacia la luz, mostrándole el camino seguro hacia Valhalla, hacia Dios Padre en la verdadera nación alemana, brindando a sus propios hermanos un ejemplo de esa viga gótica, ofreciéndoles apoyo en su autoayuda, para que todos los alemanes puedan llegar a ser hermanos en Dios Padre.» No era la voz de un escritor de best sellers de auto ayuda ni un comisario político, pastor partidista de almas descarriadas, sino la voz de un jurista que escribía en el Archivo para la Filosofía del Derecho, una de las publicaciones más prestigiadas de la teoría jurídica alemana. Una extraña simbiosis de superchería y magia negra travestida de pensamiento jurídico. Seguía la senda de Carl Schmidt, uno de los más grandes pensadores de la tradición jurídica y política alemana: «La totalidad del derecho alemán hoy en día… debe regirse sólo y exclusivamente por el espíritu del nacionalsocialismo… Cada interpretación debe ser una interpretación según el nacionalsocialismo.» La conclusión era obvia: siendo el nacionalsocialismo la religión y el Führer su profeta, no quedaba otro camino que el del sometimiento absoluto a sus deseos. ¿Hubiera podido un Fiscal General opo nerse a sus deseos de reelección vitalicia? Joseph Conrad imaginó el reinado del terror bajo el fanático y primitivo sometimiento de la horda al Dios blanco, colonial e imperialista –ario, desde luego-en un minúsculo territorio del corazón del Congo belga. ¿Qué hubiera dicho ante el reinado de un caporal austriaco convertido en la expresión de la divinidad jurídica y religiosa germana de un reino de 112, 5 millones de alemanes y 850.209 kilómetros cuadrados, con un aparato militar de 20 millones de soldados, un partido de 25 millones de militantes, un potencial armamentista de 36 millones de trabajadores y un territorio ocupado de más de seis millones de kilómetros cuadrados y 250 millones de almas? Una de las más avasalladoras y desarrolladas potencias industriales de su tiempo. Goebbels sacó la conclusión adelantando una verdadera cruzada contra el espíritu de la Ilustración francesa: «borrar el año 1789 de la historia alemana». Lo que se borró de la frágil memoria alemana fueron todas las garantías individuales y los derechos humanos contenidos en la Declaración de los Derechos del Hombre, un logro irrenunciable de la humanidad. Con efectos catastróficos para la civilización europea. Un manchón indeleble sobre la conciencia del pueblo más culto del planeta. Una vergüenza que lastra el recuerdo de Lutero, de Goethe, de Hegel y de tantos grandes pensadores alemanes. Sin mencionar el universo del arte y la cultura, sin duda la más prolífica y genial creación espiritual de la humanidad. No deja de causar asombro que el responsable por tanta ruindad se sintiera, sin embargo, orgulloso de esa cultura pisoteada por sus secuaces: «En ningún país se escenifica peor a Shakespeare que en Inglaterra. Aman la música, pero la música no parece amarlos a ellos. Tampoco poseen un pensador de gran formato. Los ingleses no tienen ni una Opera ni un Teatro en los que se represente tanto como en los cientos de teatros alemanes.» Devaneos de los soliloquios de sobremesa de Hitler, alias el Lobo, en el Wolfsschanze, la Trinchera del Lobo, uno de los Bunker de la jefatura máxima situados en el frente de guerra del Este, mientras los hornos crematorios trabajaban a toda máquina reduciendo a cenizas al pueblo que fundara hacía más de dos mil años esa misma cultura de la que tanto se enorgullecía.

4 Sebastián Haffner, el gran publicista e historiador alemán, autor de una de las más deslumbrantes reflexiones sobre el reinado de Adolph Hitler, describiría a fines de los años 30, exiliado en Londres, la atmósfera turbia, aterrante y avasalladora que se vivía a comienzos del reinado del nacional socialismo, cuando iniciaba su carrera como abogado. Lejos de todo prejuicio anti hitleriano, antes un joven conservador que un militante contestatario. Empujado a la carrera judicial por su padre, un juez reconocido, y enamorado de una muchacha de origen judío, no pudo soportar la barbarie, y asqueado por la vileza de la jurisprudencia dominante abandonó su carrera para convertirse en un importante periodista y escritor en el equipo de corresponsales de The Observer, en Londres. Su póstuma Historia de un alemán, memorias 19141933 comienza con las siguientes palabras: «La historia que va a ser relatada a continuación versa sobre una especie de duelo. Se trata del duelo entre dos contrincantes muy desiguales: un Estado tremendamente poderoso y un individuo particular, pequeño, anónimo y desconocido. Este duelo no se desarrolla en el campo de lo que comúnmente se considera la política; el particular no es en modo alguno un político, ni mucho menos un conspirador o un «enemigo público». Está claramente a la defensiva. No pretende más que salvaguardar aquello que, mal que bien, considera su propia personalidad, su propia vida y su honor personal. Todo ello es atacado sin cesar por el Estado en que vive y con el que trata, a través de medios en extremo brutales, si bien algo torpes.» El resultado del duelo entre ese individuo y el Estado totalitario que pretende fagocitarlo es perfectamente imaginable. Aparentemente termina con la brutal y torpe aniquilación del sujeto. Y el triunfo avasallador de una maquinaria aceitada para triturar entre sus engranajes a quien ose enfrentarlo con su desprecio, su grandeza, su orgullo, incluso su indiferencia. La justicia del horror fue esa maquinaria empleada por todos los totalitarismos para avasallar al sujeto. Recientemente le relataba la disidente cubana Marta Beatriz Roque al periodista venezolano Napoleón Bravo el temple de ese duelo: a sus 61 años es zaherida, humillada, vejada, pisoteada y escupida a diario y a cada minuto por sus vecinos, por los militantes del partido que habitan en su vecindario, por los guardias del régimen que vienen a golpear a su puerta a media noche, por los policías que la insultan por su ventana de madrugada, por los acólitos del déspota que le lanzan desperdicios a su paso, sitúan fotos gigantescas del tirano en el pasillo del modesto edificio de apartamentos en que vive, frente a su puerta, para que no tenga más remedio que soportarlo segundo a segundo, mientras viva.

Y vive. Constituye el orgullo de una raza que no se rinde ante la Justicia del Horror, los Juristas del miedo y los Fiscales de la vergüenza. Ante el nazismo socialista del castro comunismo. Es un duelo que vale la pena. Es el duelo de la grandeza contra la ignominia. Marca a nuestra cultura desde Sócrates y Jesús. Se extendió como una mancha imborrable con la Inquisición y el Holocausto. Aparenta estar derrotado: es invencible.

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