Opinión Nacional

Una florida lluvia de mangos en Venezuela

La naturaleza en la región tropical es demasiado pródiga, que a veces raya en la fantasía, como lo observábamos por primera vez cuando leíamos la obra cumbre de Gabriel García Márquez, “Cien años de soledad”, donde nos narraba episodios que en nuestro sur chileno considerábamos inverosímiles, y durante estas tres décadas cumplidas en tierra de Bolívar, hemos constatado que pertenecen a la “realidad real”, tal cual nos ocurrió en nuestros primeros años venezolanos, una noche en la plaza de Canoabo en que vimos precipitarse a miles de insectos y pájaros nocturnos en forma de una lluvia, que eran atraídos por las luces mortecinas de una fuente y descendían en tal cantidad que oscurecieron el paseo principal del pueblo, donde fundamos hace también treinta años con el educador Félix Adam una sede dependiente de la Universidad “Simón Rodríguez”.

Este año, hemos asistido como nunca a una producción de mangos, ese fruto tan grato al paladar, el cual saboreamos por primera vez en el extremo norte de Chile, cuando alcanzamos a esa hermosa ciudad de clima semi-tropical, donde se disfruta hasta el día de hoy de “un eterno verano”.

En la instancia que nos instalamos con el grupo familiar en la zona central de Venezuela, por esta época del año, empezamos a degustar en abundancia de este fruto, el cual poco se compra, porque sencillamente se recoge de la tierra cuando ha caído y uno puede disponer de él en abundancia, por cuanto alcanza para todos. De esta suerte, nuestros “críos” pasaron de consumir en la zona centro-sur de Chile, por allá por los pagos del Bío Bío, las aromáticas manzanas, producidas en las haciendas y fundos cercanos a la ciudad, donde residíamos, enclavada entre los ríos Mulchén y Bureo. Al igual que los mangos de por acá se adquirían en grandes proporciones, a bajísimos precios, mientras una gran cantidad servían de alimento a porcinos escapados de la vigilancia de Eumeo, que igualmente se deleitaban con tan exquisito fruto. Era la época en el lar nativo, cuando las transnacionales de la producción maderera no se habían asentado como lo han hecho en las últimas décadas y han ido apropiándose de esas quintas manzaneras de la tierra benigna para dedicarlas exclusivamente al cultivo del pino insigne y del eucaliptus, que según algunos expertos del agro, deterioran y debilitan la tierra chilena, lo cual ha significado que si uno se interna por el llamado “Camino de la madera”, que se inicia en Concepción y continúa por la s regiones de Arauco, Bío Bío y Ñuble y sus aledaños, transitará por una vía de cientos de kilómetros, acompañado de bosques interminables de estos árboles con los correspondientes aserraderos en un accionar constante de día y de noche. Inclusive, los pequeños poblados rurales fenecieron y el campesino fue conminado a irse a vivir a la periferia de las grandes ciudades, desapareciendo la figura del “huaso” y la “china”, que desde la distancia creemos que todavía existen en la realidad, pero en algunas regiones han desaparecido. Por lo menos en esa zona, la topografía ha cambiado, con lo cual de igual modo se ausentó la manzana, incluso hasta el trigo, perdiéndose tradiciones como la trilla del preciado grano o la chicha de manzana , con la que en el verano se acompañaban en el pasado los sabrosos asados de cordero, después de los consabidos “ñaches” y “apoles”, creados y aderezados por el brioso pueblo mapuche..

Por acá, los mangos continúan cayendo de los árboles .Hay noches que los sentimos descender con golpes estrepitosos intermitentes como si fuera una lluvia de temporal, y al día siguiente cuando concluyen nuestros sueños sobresaltados, apreciamos un espectáculo único ya sea en los parques o en los espacios abiertos de las casonas que aún perviven en el tradicional y antiguo sector residencial de San Blas, adornados con cientos de estos dulces y nutritivos frutos.

Hace unos días, me fui más temprano que de costumbre a caminar por el Parque “Negra Hipólita” de la ciudad valenciana, habiendo quedado impactado por la presencia en las caminerías y otros sitios de innúmeros mangos, posados en la tierra nutriente: Debo confesar, que no resistí la tentación, tal vez como le ocurrió a Adán en el Paraíso y recogí un par de ellos; luego los desnudé de su fina cáscara o concha para deleitarme íntimamente con su aroma y sabor. Pronto, arribarían nuevos viandantes matinales, quienes venían preparados con bolsas y envases para recoger esos frutos y llevárselos con ellos para el disfrute de tan maravilloso producto natural.

En estos lares, los mangos se pierden. Son tan comunes como fueron antaño los manzanos en Chile de aquella época inolvidable de mozalbetes, de unos 8 ó 9 años de edad, cuando nos entreteníamos en la Quinta Normal, extrayendo las manzanas caídas, con una vara larga que llevaba en su parte superior una púa que nos permitía obtener el fruto sin complicaciones, a espaldas de los fieros vigilantes .y sus respectivos cancerberos. Hoy, por aquí, por su excesiva producción los mangos continúan perdiéndose del consumo humano y retornan a la tierra generosa. Aún, no han llegado las transnacionales depredadoras, ni siquiera se encuentran empresarios que los recojan, los procesen y exporten a otros países a precios de mercado internacional, tal cual lo comprobé hace unos años en Temuco, al querer dar una sorpresa a mi octogenaria progenitora. En un supermercado, visualicé unos mangos que se veían lustrosos y apetecibles. Adquirí sólo dos, por unos tres dólares cada uno. Sin embargo al degustarlos, nos encontramos con unos frutos insípidos, que no representaban al auténtico de estas tierras caribeñas. Al día siguiente, hicimos las consultas y nos informaron que tales productos frutícolas provenían de México y de Brasil.

Mayo, en Venezuela, es el mes de la Virgen María, de las flores, de las altas temperaturas, de las intensas precipitaciones y de la Cruz, pero creemos que por lo que hemos apreciado y comprobado, es también cuando se produce la lluvia de mangos, que nos interrumpen los dormires con sus reiterados golpeteos, como si fuera el maná que algún día llovió desde el cielo para la salvación de un pueblo.

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