Opinión Nacional

Una misma carne

Y EL HOMBRE DEJARA.

A SU PADRE Y A SU MADRE.

Y VIVIRÁ CON SU MUJER.

Y SERÁN AMBOS.

UNA MISMA CARNE.

La Biblia.

EL CASADO CASA QUIERE.

Refrán

En el Contrato de asesoramiento en los conflictos de pareja, el art. 2-9 reza:

“Se requerirá colaboración, concesiones y esfuerzos a los familiares y allegados. Muchas veces la vida de la pareja se perturba por la intervención de los familiares”

En los problemas de pareja el máximo de responsabilidad puede estar situado en uno u otro de los miembros, en ambos o en las circunstancias que los rodean, una de las cuales se encuentra en la familia, y específicamente, las madres. Es conocido el mal nombre que tienen las suegras en su relación con los matrimonios jóvenes.

Los suegros aparecen con un perfil mucho más bajo como protagonistas del conflicto. En contraste con la intromisión sobrematernal de la suegra se destaca la indiferencia de su esposo , con frecuencia su ausencia , a veces su inexistencia en el presente de la vida de la familia.

Un sociólogo español definió lacónicamente a la familia venezolana como “la unión de la madre y los hijo”.

Y, con muchas variables, se observa una ”simbiosis” madre-hijo, o hijo-madre y la permanencia de esa relación cuando el hijo o la hija contraen matrimonio o forman pareja de cualquier naturaleza.

Estos hechos son características de la cultura venezolana pero, están presentes también, con diferencia de rasgos y matices, en todas las demás culturas.

En la familia patriarcal, cuyo tipo más cercano a nosotros es la victoriana, que ocupó la mayor parte del siglo XIX, el padre era el poder, la riqueza, el manejo de los bienes y la autoridad.

La madre, en cambio, era la sumisión, el amor, el hogar y el cuidado amoroso de los hijos.

Entre los venezolanos, como fruto de una tradición ancestral, el hombre era el engendrador, el macho y el machista, y tanto poder ejercía, que una de sus atribuciones era el abandono liso y llano de la mujer y los hijos, y entonces la familia se denominaba matriarcal, de acuerdo a la definición que hemos presentado anteriormente.

La frecuente ausencia del padre, centraliza todo el poder en la relación madre-hijos. Y estos, de cualquiera de los dos sexos.

Cuando llega la edad de los matrimonios, los concubinatos y la relación de la pareja estable de cualquiera de los hijos, en un número alto de familias, la madre no pasa a un segundo plano, sino que continúa ejerciendo el rol autoritario que ha ejercido durante toda su vida.

Agregando la variable económica en la vida de la familia, las penosas circunstancias materiales actuales, originan que la nueva pareja pase a vivir en una habitación en la residencia materna.

Y es así que la nueva relación, con un nuevo personaje en la vida de familia, origina nuevos e inesperados conflictos.

Y cuando vienen los nietos, la suegra experimentada y poderosa adquiere otro título de nobleza: el de abuela. Y el padre joven se siente desplazado en su dignidad y su rol.

El drama de la vida consta, en estos casos de una serie de personajes, en una trama de roles que inevitablemente aporta sus conflictos. Todos ellos se entretejen en tramas diversas, dependiendo de los distintos personajes, su personalidad, su posición económica, la evolución del amor de la pareja, el cuidado de la novísima generación, y la problemática psicológica o psiquiátrica que pueda afectar a cada uno de los interpretes.

Si en este cuadro hemos acumulado todos los personajes y sus circunstancias, el número de los argumentos es diverso y enorme, aunque el argumento común es el conflicto, el drama y hasta la tragedia.

Los conflictos relacionados con la relación de pareja del matrimonio y de los hijos son, en el momento actual en Venezuela y en todos los países de situación cultural, económica y psicológica afines son muy difíciles de resolver.

Los factores son numerosísimos
La gran diferencia en clases sociales, con la predominancia de los grupos D y E, y hasta F como lo ha propuesto algún sociólogo.

La inestabilidad económica y política
La sexualidad prematura e irresponsable, con un alto numero de niñas apenas púberes y ya embarazadas
El aumento de las nuevas enfermedades venéreas, destacándose el mortal SIDA
La debilidad de los factores reguladores de la vida social: las iglesias, el estado y la moral.

La incultura médica donde concurrir a un consultorio de salud mental es “estar loco”
Con todos estos factores, caóticamente entrelazados entre sí, se está construyendo una sociedad de seres humanos de menor categoría física, cultural y espiritual.

Y todos estos graves recursos sostenidos por lo que parece de gran nivel afectivo y familiar: los amores apasionados y casi siempre fecundos de la pareja y la adoración de los bebés que son un eslabón más, en la próxima generación, de los desastres humanos.

El amor de las madres por los hijos, que llega a adquirir caracteres de adicción y con bajos niveles en la necesaria formación cultural de las nuevas generaciones puede ser, tanto como legitimo amor, una verdadera plaga que disminuye la calidad humana de las nuevas generaciones.

Vemos con cierta frecuencia problemas de pareja basadas en el siguiente argumento.

La pareja está formada por una segunda o tercera unión, con hijos de todas ellas. El hombre puede ser ya mayor de edad, débil de carácter, con escasos ingresos económicos. La madre es la verdadera Penélope de la familia y a su alrededor revolotean un ramillete de niños de diferentes padres.

El padre, que en su edad juvenil pudo haber sido considerado machista, a menudo alcohólico, aparece apartado, distante, a menudo enfermo y carente de poder.

Los varones, bajo la autoridad de la madre, no han podido configurar una personalidad digna y asertiva. Se suelen enamorar de una muchacha con sueños de estabilidad social. Ella está más embriagada por la ilusión de una familia feliz y la crianza de sus bebecitos, que por la mirada alerta de la familia con la cual inevitablemente se va a casar, arrastrando con sus sueños un novio pasivo.

Cuando la incomunicación de la pareja se hace notable, aparece la suegra, la Sisebuta, armada de su poder de invasión de la intimidad de la pareja, que termina de explotar.

El cuadro solamente puede describirse como dantesco y el profesional consejero tiene que recurrir al recuerdo del amor de la pareja, de la responsabilidad frente a los niños, a los valores teóricos que reglan la sociedad. La suegra desestabiliza la familia. Nadie sabe ni recuerda, lo mencionado anteriormente, que está escrito en la Biblia.

Expondremos a continuación un capítulo del libro citado “Soluciones a los conflictos de pareja” donde la adicción de una mujer a la maternidad, ha creado una neurosis de angustia, problemas madre e hijos y rotura de un vínculo concubinario. Hemos titulado al caso

ADICCION A LA MATERNIDAD.

Del libro “Soluciones a los conflictos de pareja. ”

Consulta una mujer de 36 años, ligeramente obesa, de aspecto muy dulce y maternal, con claras muestras de encontrarse en estado de ansiedad. Apenas entrando al consultorio irrumpe en llanto.

Después de liberarse, comienza su relato. Y lo hace con una frase inesperada.

– Creo que toda la culpa la tengo yo, doctor. Una expresión tan inusual despierta hacia ella un interés especial.

– Mi marido es muy bueno, un santo. Callado, tranquilo, nunca sale de casa. Siempre hemos estado juntos y hasta las vacaciones las pasamos en la casa de sus padres en el Guárico.

Es un poco más joven que yo y vivimos juntos hace siete años. No gana mucho, pero como es albañil de profesión siempre encuentra en la casa algo que hacer. Y si no, nos sentamos juntos a ver televisión. Para mí es como un hijo más.

Pero desde hace dos semanas ni siquiera nos hablamos. No me ha tocado ni yo hubiera permitido que lo hiciera. Me fuí a dormir al cuarto de los niños. Estoy desesperada porque lo quiero mucho.

– ¿Alguna otra mujer?
– No, doctor, nada de eso. Pero desde hace un mes no puedo vivir.

– ¿Alcohol?
– No, doctor, él no bebe más que alguna cerveza los fines de semana.

– ¿ ?
– Resulta que mandé a mi hijo menor, el chiquito, fuera de casa, a que siguiera estudiando en el interior, a lo de mi hermana que es su madrina. No quise que hiciera lo mismo que mis restantes hijos.

– ¿Y qué hicieron ellos?
– Se fueron de casa a vivir solos.

– ¿Ud. sospecha que hacen mala vida?
– No, doctor, al contrario. Cuando vivían conmigo no trabajaban. Yo los mantenía en todo. Tengo un excelente empleo en PEDEVESA. Ahora los tres trabajan.

– ¿Viven en un barrio malo?
– No, alquilaron los tres juntos una pieza muy linda en un barrio tranquilo.

– ¿Han dejado de verla?
– Tampoco, vienen a mi casa todas las semanas, Les lavo la ropa, les doy de comer y estamos todos juntos.

– Entonces, señora, todavía no sé de que se queja.

– Es que no puedo vivir sin ellos, doctor.

– ¿Qué edades tienen?
– Son los tres seguidos: Veintiuno, veinte y diecinueve.

– ¿Anda alguno con una mala mujer?
– No que yo sepa. Tendrán por ahí sus noviecitas. Lo que pasa, doctor, es que quedé tan desesperada cuando se me fueron los tres mayores que mandé al menor, al chiquito, a que se fuera a vivir al interior a casa de mi hermana, para que no le vaya a suceder lo que a ellos.

– Sigo sin entenderla señora. ¿De manera que porque sus tres hijos mayores se fueron a vivir solos, Ud. mandó fuera de su casa también a su hijo menor?
– Sí doctor, ¿no le dije que soy yo la que está mal?
– Sí, ya veo. Pero todavía no sé lo que le pasó con su esposo.

– Bueno, en realidad no es mi esposo, es mi compañero. Mis hijos no son hijos de él.

– Eso no tiene mucha importancia. Continúe.

– La verdad es que me puse tan desesperada al quedarme sin mis hijos, que me dió por hacerle la vida imposible.

– Pero Ud. me dijo que lo quería, que era un santo.

– Sí, es verdad, pero no puedo conmigo misma.

– ¿Y su marido qué hace?
– Se queda callado. Pero dice que si sigo así me va a dejar y se va a vivir sólo también.

– ¿Como sus hijos?
– Si, es claro. Yo los cuidaba tanto que creo que se cansaron de mí. Me dijeron que estaba enferma de madritis.

– O de hijitis. ¿No ha pensado en tener algún hijo más?
– No puedo. Mi primer marido era un borracho y me hice ligar.

Después de esta conversación, que se prolongó mucho más tiempo, la paciente estaba más distendida y comenzó a reirse de sí misma. Agregó un detalle más.

– Mis dos últimos hijos no son míos, son adoptados. No pude soportar verlos abandonados.

– Parece que su amor de madre es inagotable. ¿ Qué otras cosas hay en su vida?
– ¿Y qué más quiere que haya, doctor? ¿Más que marido, casa e hijos para cuidar?
– Bueno, sus hermanos, sobrinos, el cine, la religión, los viajes, los libros. Hay muchas cosas para hacer en la vida de una ciudad.

– No, nada de eso me interesa. Sólo mis hijos y ahora no sé que hacer sin ellos.

Después de tanto tiempo de hablar se sintió descargada. Volvió a reirse de sí misma.

Solicitó una medicación para sedarse y para dormir. Se planteó la posibilidad de tener alguna otra conversación y después una reunión de familia, incluyendo los hijos y el marido.

Sí, era una mujer que amaba demasiado. En éste caso no al marido sino a los hijos. Acostumbrado a tratar problemas de pareja el médico había demorado un poco en hacer el diagnóstico.

Muchas de las mujeres que aman demasiado no tienen marido. Lo único que les interesa de ellos es tener a sus hijos a su lado. Y así destruyen su vida de pareja.

En este caso la pareja fracasó. Pero existen otros en que sin llegar a estos extremos, el contacto entre el hombre y la mujer se debilita, se apaga y todo lo que puede haber de íntimo entre ellos se desvanece, restando solamente el interés mutuo hacia los hijos. La relación personal entre hombre y mujer es tan débil que cualquier otro problema rompe el vínculo.

Si el lector desea una bibliografía literaria de uno de estos casos, puede leer, del inmortal Federico García Lorca, la tragedia titulada “La casa de Bernarda Alba.”

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