Opinión Nacional

Una oportunidad perdida

¡Con qué facilidad olvidan nuestros pueblos! La grandeza de las sociedades democráticas ha consistido en abrir el juego político a todas las posibilidades, a través de reglas justas en que ninguno de los actores se aproveche de los recursos del poder. Lo contrario conduce inexorablemente a la inestabilidad y a la violencia, pues coloca a determinados sectores en la disyuntiva de aceptar una injusticia o rebelarse.

Las megaelecciones del domingo pasado tenían un doble propósito. Primero, legitimar las instituciones creadas por la nueva Constitución. ¿Se ha logrado eso? Mucho me temo que no. Los inexplicables resultados, producto de la torpeza, levantan su dedo acusador. Tampoco se ha cumplido el propósito tácito. La sociedad continúa fracturada. No se han restañado las heridas. Los nuevos valores se han pisoteado. Al cerrar cualquier válvula de escape, el riesgo de que la caldera nos explote en las manos ha aumentado considerablemente.

Una revolución que no fue

Desde el «boom» petrolero, la nación venezolana se ha ido dividiendo paulatinamente en dos sectores bien diferenciados. De un lado aquéllos que lo esperan todo del Estado y sus dádivas. Del otro, el sector emprendedor y trabajador, que confía ante todo en su propia capacidad y que espera del Estado justicia e imparcialidad. Lo que los diferencia no es la clase social, sino la ideología, la manera de avizorar el porvenir. Los últimos, al igual que sus congéneres en los países desarrollados, son prudentes, moderados, individualistas, neoliberales, educados en el cientificismo y en las corrientes modernas del pensamiento. Los otros son estatistas, dilapidadores, colectivistas y arcaicos.

La crisis que sacudió a Venezuela entre 1983 y 1989, llevó a comprender a gran parte de la sociedad que el modelo intentado a partir de 1945 había conducido al país a un callejón sin salida. El llamado «Caracazo» y las intentonas militares de 1992 parecían síntomas de un cambio impostergable. El cambio que llegó y que estos movimientos militares anunciaban fue sólo aparente, un cambio gatopardiano en que todo cambia para que no cambie nada. Una cirugía plástica en que los actores cambian de nombre, pero que permite a los titiriteros continuar siendo los mismos. Así ha sido esta Constitución y esta República Bolivarianas. Acción Democrática ha sido sustituida por el MVR y el MAS. La plutocracia creada a la sombra del ingreso fiscal continúa intocable. Este sector opuesto al neoliberalismo productivo busca hoy un nuevo lomito. Pero ante la negativa de un gobierno estatista a ceder el control de la seguridad social, prefiere continuar con la extracción dineraria.

Ha sido un proceso dirigido fundamentalmente en contra de Acción Democrática, partido al cual se le achacaron todos nuestros males. Porque AD, contrario a lo esperado, había insurgido en contra del capitalismo de Estado, al comprender su dirigencia la realidad contemporánea de la globalización. Fue un proceso dirigido desde la sombra por un hombre aciago. Pero si bien AD ha visto disminuir sus huestes, nada es tan patético como lo ocurrido con Copei, transformado hoy en dos o tres fantasmas. Así lo quiso.

Hasta hoy, nadie ha tenido el valor de enfrentar la verdad. La crisis, por lo tanto, ha continuado empeorando. Los sectores más idóneos se han cansado de repetirlo: éste no es el camino, andamos por la ruta equivocada. Un 80 por ciento de la sociedad vive hoy en situación de pobreza y un 35 por ciento en pobreza crítica. No entiendo cómo se atreven el presidente Hugo Chávez o los actores políticos que lo acompañan a decir que eso se debe al neoliberalismo, cuando bien saben que en la Venezuela puntofijista jamás se hicieron efectivas políticas de ese signo. Fue el capitalismo de Estado el que nos condujo a donde nos encontramos. Pero el presidente y su entorno continúan aferrados a esa política.

Los resortes del poder

Dos han sido las maneras en que se ha empujado a la oposición contra las cuerdas. Si algo criticaron las izquierdas durante la época puntofijista fue el usufructo del poder. Hoy asombra el descaro con que se usa el poder para beneficiar a los copartidarios.

En un país desarrollado, en donde sus habitantes obedecen la ley y aceptan el juego limpio, la reelección de un político no es otra cosa que un premio a su idoneidad. Pero en una nación acostumbrada al chanchullo y a la trampa, la reelección se transforma en continuismo. No en balde la consigna de la Revolución Mexicana desde sus inicios fue: «Sufragio efectivo: ¡No reelección!». Y no en vano, todos los países latinoamericanos democráticos la acogimos. Fue una manera de alejar la tentación tantas veces repetida en nuestra historia. Sabíamos que era un inicio no más, porque bien pronto comprendimos que la ayuda ilegal se extendía a los colegas de quienes usufructuaban el poder. De esa manera, pudo el Partido de la Revolución Mexicana, cien veces transformado de nombre, continuar en la Presidencia por más de setenta años.

El principio no sólo fue abandonado por la Constitución Bolivariana sino que se permitió que los ocupantes de un cargo continuaran desempeñándolo mientras se dedicaban a las labores de la reelección. Pero como se ha dicho hasta la saciedad los venezolanos no somos suizos, ni tampoco británicos.

Los partidos y la automatización

Me decía recientemente un amigo jurista experto en el tema que la automatización se concibió para convivir con los partidos políticos. Así como la automatización serviría para evitar el chanchullo de los partidos, sólo unos partidos políticos fuertes y diferenciados podían fiscalizar la automatización. Sin los partidos y sin su militancia organizada, la automatización podría permitir un fraude masivo, puesto que todo dependía de la manera en que se configuraran las máquinas.

Quiero ser claro. No es que yo diga que tal haya sido el caso en las elecciones del pasado domingo. Tampoco que yo dude de la honorabilidad de los miembros del Consejo Nacional Electoral. Pero así lo pueden comenzar a señalar factores de la oposición, ante resultados difíciles de explicar o ante la negativa de realizar la fiscalización en caliente o la auditoría de algunas máquinas en frío.

Tampoco resulta fácil explicar como después de quince meses de gobierno en que Venezuela ha atravesado por una recesión que le ha costado alrededor de 10 por ciento del producto interno bruto y en los cuales se han perdido más de medio millón de empleos, el presidente-candidato haya obtenido una votación mayor a la conseguida en diciembre de 1998, cuando en algunas regiones muy pobladas, los candidatos electos a las gobernaciones son de partidos políticos distintos al MVR. En el pasado inmediato, bien distinto era el panorama luego de año y medio de fracasos nunca tan notorios.

También van a causar roncha las derrotas de la oposición en Nueva Esparta, Anzoátegui, Vargas y el Municipio Libertador. Y molestará aún más la amenaza latente que significa una Asambleas Nacional dominada en sus dos terceras partes por el partido de gobierno.

En este ambiente enrarecido, cualquier cosa es posible. Máxime si se piensa en lo difícil de la reactivación. Vicente Brito dijo hace poco que se requerían 20 millardos de dólares de inversión para conseguir medio millón de empleos. El Estado no puede obtener recursos de tal naturaleza. Si la crisis persiste y la oposición busca una revancha, ahora que ve cerrado el camino democrático, el futuro puede depararnos mucha desventura.

(*)Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera y periodista
Se desempeñó como embajador de Venezuela en Canadá y Austria

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