Opinión Nacional

Una revolución copernicana

Garantizar cinco años de educación primaria a todos los niños del mundo y dividir entre dos el porcentaje de analfabetos fueron los objetivos fijados para el año 20000 por la Conferencia de Jomtien (Tailandia) en 1990.

En el Foro Mundial de Dakar, Senegal, el próximo mes de abril, se hará un balance de los diez años transcurridos: en términos absolutos, el número de niños no escolarizados y el de adultos analfabetos disminuyó levemente, no obstante, habida cuenta del crecimiento demográfico, su disminución relativa es más significativa.

Pero el balance no debe limitarse a las cifras. La Conferencia de Jomtien sostuvo que la educación no es sólo un derecho, sino también la clave de todo un desarrollo. En la actualidad esa convicción es universalmente compartida. Ya nadie discute la urgencia de que la institución escolar abra sus puertas, en especial a todos aquéllos a quienes los modos tradicionales de enseñanza siguen excluyendo. Nuevos colaboradores (comunidades, ONG, autoridades civiles y religiosas, sector privado) constituyen auxiliares valiosos. Por último, y sobre todo, el análisis lúcido de la situación de la educación para todos que se desprende de los informes preparados por cada país con motivo del Foro de Dakar permitirá, por primera vez, establecer un diagnóstico muy preciso.

Los fracasos registrados al cabo de esos diez años de esfuerzos ofrecerán, paradójicamente, una lección primordial: no bastará con hacer más; habrá que hacer de otro modo. Sin un cambio radical de rumbo, la educación para todos seguirá siendo un objetivo vano, tanto en el plano cuantitativo como cualitativo. La educación básica no será accesible a todos y pertinente para todos sin una revolución copernicana de la escuela.

Nadie ignora que el capital gracias al cual toda la sociedad puede construir su progreso son los conocimientos de que dispone y su capacidad de ahondar en ellos y de difundirlos. Sin embargo, en la era de Internet y de la mundialización, es importante subrayar la contradicción creciente que existe entre las nuevas exigencias de esas «sociedades del saber» y el inmovilismo de los sistemas fundamentales de adquisición de conocimientos.

En efecto, estos sistemas descansan fundamentalmente en una unidad de tiempo (mientras la educación es un proceso que debe proseguirse durante toda la vida); de lugar (cuando tantos individuos interesados en aprender no pueden penetrar en ellos); de actores (ignorando así la contribución que pueden brindarle los demás actores de la sociedad); de contenido (pese a que la educación debiera hacer hincapié en la diversidad cultural), y de financiación (si bien los fondos públicos que se le asignan no respetan el crecimiento inexorable de los costos de una educación para todos y durante toda la vida). Estructuras, programas y métodos resultan cada vez más inadecuados frente a las transformaciones radicales que afectan las sociedades en general.

Los caminos de esta revolución que necesariamente hemos de realizar comienzan a esbozarse. La finalidad de la educación no puede limitarse a la instrucción o al dominio de las competencias necesarias para ejercer un oficio. No debemos olvidar que «educar» es «encaminar» (ex ducere), dar al que aprende los medios de abrirse al mundo, encauzarlo hacia el pleno desarrollo de sus posibilidades. Perder de vista este enfoque, dar prioridad en la «educación para todos» al «todos» en perjuicio de la «educación», llevaría a desarrollar un nuevo tipo de analfabetismo y a acentuar las disparidades y las desigualdades contra las cuales la educación debe ser justamente la más poderosa de las armas.

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