Opinión Nacional

Unidad nacional: transición roji-azul

Cualquiera sean los resultados de septiembre, “el proceso” tenderá a profundizarse. Si Chávez obtiene una victoria, el clima le será favorable, aunque proliferarán los conflictos ocasionados por sus iniciativas y por las graves fallas de su gestión. Sin embargo, en el trance de un revés —cuyos efectos acentuarán las contradicciones en el campo bolivariano—, el presidente no tendrá más opción que radicalizar. Colocado contra la pared, necesitará mostrarse decididamente fuerte ante la adversidad.

La medición del 26S describirá al detalle cuán oportuno y promisorio sería el deslinde de muchos de quienes han militado en el proyecto socialista. Todos ellos ven las parlamentarias como una esperanza para proclamarse agentes libres: un hecho que le exigirá al comandante aplicar mano dura, en la procura de impedir que la visibilización de su debilitamiento desencadene una secuencia de reacciones institucionales difícil de controlar.

Pese a que las encuestas le advierten sobre su comprometida situación, Chávez trabaja para tratar de desviar las tendencias y demostrar que no existe futuro fuera del “proceso”. Del mismo modo como la ruptura de Podemos representó en su momento un experimento digno de observación, Henry Falcón —acompañado ahora por el PPT—  constituye un ensayo cuya evolución acapara las miradas de los bolivarianos descontentos y de la izquierda deseosa de recuperar las banderas que Chávez les arrebató.

El carácter regional de su liderazgo le pone límites a la acción de Falcón, aunque destacan las diferencias entre esta tentativa y la que protagonizara Ismael García, cuyo salto hacia la oposición empantanó su conversión en una referencia para quienes, sintiéndose decepcionados de Chávez, rechazan coincidir con una oposición a la que califican “de derechas”.

Chávez hará todo lo que esté a su alcance para arrastrar a Falcón hacia la traición. Pero es claro que éste es un momento distinto al escogido por Podemos y que un revés del chavismo sí podría activar una reacción en cadena, que Chávez afrontará empleando mayor violencia y arbitrariedad.

La respuesta incrementará los motivos de un deslinde y poco a poco, la unidad del país —y no sólo de la oposición— comenzará a ser una necesidad. Las diferencias ideológicas de la disidencia revolucionaria y de la democrática —sean o no ficticias—, podrían impedir una solución. La despolarización de la lucha es auspiciosa, pero es evidente que, en el futuro, le agregará nuevos obstáculos al necesario acuerdo nacional contra del totalitarismo.

Sería una desgracia que el campo democrático —compuesto por opositores y ex revolucionarios— no superara su condición de archipiélago. Una eventual transición los necesitará a todos. Hay que ir entendiéndolo.                 

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