Opinión Nacional

Uslar o de la renuncia de la responsabilidad ciudadana

Hace pocos días se cumplieron cuatro años de la desaparición física de uno de los nuestros intelectuales más prominentes: Arturo Uslar Pietri (1906-2001). Aquel día de febrero de 2001 el país recibía la noticia de la muerte de Uslar como un balde de agua fría. Uslar había muerto. Porque nos quedamos, no sólo sin una de las cabezas más lúcidas del pensamiento hispanoamericano, sino de alguien que encarnó el papel de la conciencia moral de un país que parecía, desde hace muchísimo tiempo atrás, hundirse en la más profunda decadencia en casi todos los órdenes.

Por supuesto, aquella suerte de fuero real del que gozó Uslar en vida no fue, en lo absoluto, algo casual. En el transcurso de sus más de noventa años de existencia, tuvo una destacadísima labor como periodista, Político (con mayúscula, sí) ni qué decir como escritor de la esencial Lanzas Coloradas, y economista; aunque, en justicia, esta no sea más que una enumeración ilustrativa, pues pudiera prolongarse mucho más, habida cuenta de la destreza y profundidad con que dominó otras áreas del conocimiento. La labor de Uslar es tan amplia, que, para encontrar a alguien cuya ejecutoria haya abarcado terrenos tan diversos del quehacer humanista, tendríamos que remontarnos a la ciclópea figura de un Andrés Bello; lo que no es poco decir sobre los méritos de un intelectual. Todo ese cúmulo de conocimientos y brillante lo que llevó a que fuera visto como un referente indispensable al momento de hallar respuestas a los problemas sustantivos que como país, desde nuestra fundación y en las sucesivas refundaciones, hemos requerido y tan poco encontrado.

Y es que, en efecto, Uslar, antes que escritor o periodista o político o cualquier otra cosa, era la conciencia colectiva de Venezuela; un país que, como dijera poco antes de morir, se encontraba más perdido que nunca. El Uslar guía de una nación eclipsa al Uslar intelectual; aunque la primera dimensión sea una consecuencia necesaria de la segunda. Una figura que fungía como una instancia suprema generadora de respuestas a los grandes males que azotan a una sociedad como la nuestra; y que están, no me cabe duda, directamente relacionados con ese nudo gordiano de la pobreza. Rematar una frase con Eso lo dijo Uslar Pietri era, prácticamente, sustraerla de cualquier posibilidad de debate o desistimiento, blindarla con esa aura de respetabilidad irrestricta que tienen, todavía hoy, las opiniones de ese oráculo délfico que representó el viejo de la Florida para los venezolanos. Y sí, los más enterados dirán, que es a todas luces un atentado a la lógica eso de validar un argumento apelando a la autoridad de quien los emite, o, el hecho de la respetabilidad no supone una aceptación inmediata de las ideas que se expresan. Pero todos sabemos que iba más allá que un grado de respetabilidad, de reverencia hacia quien fuera, seguramente, el hombre más brillante de Venezuela, que aquellos eran prácticamente mandamientos.

Muchos entienden, por lo demás, que figuras como la de Uslar son el arquetipo del intelectual verdaderamente comprometido con la sociedad en donde desarrollan su trabajo. Los intelectuales han de ser como Uslar. ¿Sí? Esos seres endiosados, al que se acude con reverencia esperando pareceres sobre lo sagrado y lo profano. A mí, por el contrario, me parece una idea realmente criticable. Decir que Uslar o cualquier otro intelectual, por más méritos eruditos que posea, es o fue la conciencia de un país equivale a aceptar que el resto de los ciudadanos no la tienen, o son incapaces de proveerse de ellas por medios distintos a la simple limosna erudita. Pero además, hay algo aun más preocupante, aceptar que la conciencia de un país recae en una persona, es, asimismo, la renuncia a la responsabilidad que como ciudadanos tenemos cada uno de nosotros de darnos a nosotros mismos soluciones a nuestros males. Parte de la grandeza de Uslar es, en cierto modo, la pequeñez de un país cuya sociedad yace aletargada en su apatía que los hace renunciar a lo que es su propia responsabilidad. Pensar por sí mismos, innovar, asumir la responsabilidad del éxito o del fracaso de un proyecto político o de cualquier naturaleza.

La paradoja del papel que Uslar jugó en el desarrollo de la vida política venezolana viene dado porque él mismo fue un crítico acerbo de los Mesías que, de cuando en cuando, las sociedades crean o esperan como la gran respuesta a todos sus problemas. Ese fetichismo mesiánico que muchos sólo ven (o quieren ver) en la vida política, es también natural a otros ámbitos de la vida pública, como el intelectual. En todo caso es una práctica réproba, empobrecedora. Pensar, más aun, creer, que sólo un pequeño grupo de ungidos son capaces de llevar las riendas de un país, de un continente, o de la humanidad entera, es una equivocación que, como enseña día a día la realidad, hemos pagado a un alto precio. A pesar de ello, puedo entender que, en países como el nuestro con una honda crisis de liderazgo y de instituciones creíbles, y sobre todo de responsabilidad, ciertas figuras, por sus ingentes méritos, ocupen un papel descollante en la vida pública.

Creo que la enseñanza mayúscula que debemos sustraer en estos días con la segura conmemoración de la muerte de Uslar, es más que su trascendencia en las actividades que en vida desarrolló, es la de la contradicción que supuso que un enemigo declarado por los seres endiosados por la población, terminó por ser, él mismo, uno de ellos. Enseñanza tanto más válida cuanto amplios sectores de la población siguen empecinados en creer en que individuos harán aquello que es, en el fondo, nuestra responsabilidad exclusiva como ciudadanos. ¿Estamos condenados a la guía de los Mesías? Espero que no.

(*): Abogado UCAB

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