Opinión Nacional

Uslar político

Este centenario del doctor Arturo Uslar Pietri (1906-2002) se celebra con la gran ausencia del gobierno. Al igual que en su sepelio, el militarismo chavero no quiere homenajear a quien fue destacadísimo novelista, cuentista, ensayista, periodista, funcionario público, político y ciudadano. Una vez más, el régimen destila mezquindad para con los grandes hombres a los que no puede usar porque su testimonio de rechazo a las formas e ideas de quienes hoy están en el poder hacen imposible su manipulación.

Además, Arturo Uslar Pietri fue un prócer civil en las antípodas del semiletrado y esclavista Zamora, incendiario protagonista de la Guerra Federal, hoy tan enaltecido. A pesar de provenir de militares, por parte de los Uslar y los Pietri, a don Arturo la milicia no le entusiasmó como para formar parte de ella. Orgulloso de sus ancestros, no creyó necesario ni viable el imitarlos empuñando las armas. No sintió la necesidad de revivir esa nostalgia borgiana por la guerra y los duelos.

Aunque su inicio en la política vino de la mano del postgomecismo que encarnaron los generales López Contreras y Medina Angarita, fue Uslar un hombre ajeno a la idea del hombre providencial y a los mesías militares. Por razones familiares conoció en su infancia al sátrapa en su casona de Maracay, quien luego sería (con otro nombre) uno de los personajes de “Oficio de Difuntos”, su novela sobre el período gomecista. Recibió el saludo de Gómez sin saber que más adelante formaría parte del elenco del gobierno medinista que se debatió entre la apertura total a la democracia y el mantenimiento de las trabas a la elección popular, directa y secreta.

Siempre tuvo Uslar una especie de trauma insuperable con respecto a la Revolución de Octubre (al lado de quienes hoy reclaman tal apelativo, aquel gobierno surgido del golpe de Estado del 18 de octubre de 1945 muestra una sideral superioridad en ideario, obra y clase política). En muchas entrevistas, que fueron numerosas en su etapa final, recordaba cómo, para él, Venezuela se encontraba enrumbada al desarrollo y la obtención de la mejor calidad de vida para sus habitantes, hasta que llegaron los adecos y los militares coaligados aquel día, para acabar con el régimen que llevaba con precisión y etapa por etapa la nave del Estado.

Es Uslar, así, un hombre cuya raigal pasión venezolanista estuvo signada por el desencuentro con la mayoría de las gentes de su país, como lo dijera en artículo de prensa insuperable Moisés Naim en las páginas de El Nacional, cuando Uslar anunciara su “repliegue”.

En el año 1928, en plena ebullición estudiantil contra la ya larguísima dictadura de Gómez, Uslar fue uno de los pocos estudiantes que se negó a participar en la huelga de protesta por la detención de sus compañeros en el castillo de Puerto Cabello. No fue Uslar a entregarse a la prisión en solidaridad con quienes organizaron aquella imborrable Semana del Estudiante. Ya estaba marcada la diferencia: a pesar de tener 22 años en 1928, Uslar no forma parte de la fecunda Generación del 28. Su rostro no puede ser ubicado entre Villalba, Betancourt, Otero Silva o Pardo porque no quiso estar allí, entre quienes daban loas a Beatriz I, teniendo en su mente la crítica al tirano de La Mulera.

De ministro a exiliado expoliado

El golpe de Octubre de 1945 encuentra a Uslar en el ministerio de la policía, el Ministerio de Relaciones Interiores y, como lo remarcó en múltiples ocasiones, en la mayor ignorancia sobre los planes de los conjurados. Fue tal la confusión, que debido a la lucha por la candidatura presidencial dentro del oficialismo, muchos creyeron en el gobierno que quien daba el golpe era López Contreras, aspirante a la reelección por el Congreso. Uslar, fundamentalmente un hombre de pensamiento, estaba en el puesto equivocado, no era el más idóneo para seguir informes de inteligencia policial y perseguir a militares y políticos conjurados. En sus manos, el ministerio no pudo debelar a los golpistas. Pero tampoco pudo ver Uslar que el país ya no quería ser gobernado sin poder opinar sobre quién lo debía gobernar.

Es objeto de una injusticia imperdonable al ser juzgado por el Tribunal de Responsabilidad Civil y Administrativa, creado para sancionar a quienes se habían aprovechado de los dineros públicos. Su casa y sus enseres fueron confiscados por el gobierno revolucionario y luego devueltos cuando el poder cambió de manos a los socios militares, esta vez en exclusiva. En esos años de exilio, Uslar ejerció como profesor de Literatura en Nueva York y siguió su carrera fulgurante como escritor.

En los estertores de la dictadura militar de Pérez Jiménez, Uslar se suma a la reacción contra el déspota y participa como firmante de manifiestos por el regreso a la democracia. Fue entonces la hora privilegiada de la unión y el reencuentro. Los viejos reconcomios son puestos de lado ante la tarea de construir un régimen de respeto a la dignidad humana y de libre discusión. Sus diferencias o distancias con los líderes partidistas de entonces son soslayadas ante el renacer de las instituciones republicanas.

Contertulio televisivo

Luego vendría su tarea como comunicador en el medio más moderno del momento, la televisión. Uslar innova al poder ejercer su magisterio como divulgador de la cultura en las pantallas de TV. Su auditorio pudo disfrutar de su palabra fluída y precisa, atenta a un guión establecido en la mente de quien hablaba pero dicha con la naturalidad de un contertulio hogareño. Un medio tan despreciado por la intelectualidad venezolana se convertía, así, en cátedra permanente del escritor más renombrado del patio.

Muy pocos han sido los escritores que han colaborado en la televisión venezolana y Uslar fue el primero. Sus programas, que nunca contaron con gran alarde técnico, a excepción de aquella serie sobre la Revolución Francesa a propósito de su bicentenario, eran casi hipnotizantes por la accesible y bien estructurada exposición. Pero me temo que ese esfuerzo del doctor Uslar por comunicarse con el gran público, no tuvo la respuesta que merecía. La recepción de sus charlas la adivino tímida, reducida, y no fundamento mi afirmación en las cifras del rating (que no sé si le fue medido a “Valores Humanos”, el nombre que en diversas épocas llevó el programa) sino en la encuesta personal que hacía entre mis compañeros de bachillerato y universidad y entre los vecinos y parientes coétaneos. Pero, la semilla quedaría entre muchos que lo veíamos con deleite pasearse con tanta donosura por la Historia, la Geografía, las Ciencias y el Arte.

El candidato

Para 1963 el país vivía tiempos revueltos y violentos. La izquierda de Acción Democrática se había desprendido para irse a la aventura guerrillera en unión del Partido Comunista. Betancourt gobernaba con mano firme para que no fracasara el novísimo experimento democrático: evadía acechanzas militaristas y castristas que coincidían en el desprecio a la libertad. Para las elecciones logran sus partidarios convencer a Uslar de presentar su nombre como candidato presidencial. Recorre el país bajo la bandera del Frente Nacional Democrático. Su eslogan es “Arturo es el Hombre”. Una vez más el país se desencuentra con él pues los votos no le son suficientes para alcanzar Miraflores. Pero su partido y sus aliados obtienen una importante fracción parlamentaria que entraría a formar parte del gobierno del candidato adeco triunfante, Raúl Leoni. Así se formó la Ancha Base constituida por AD, la URD de Jóvito Villalba y el FND de Uslar. Su actuación como senador de la República dejó brillantes intervenciones con análisis muy elaborados sobre los problemas venezolanos. Siempre resaltó la importancia de la discusión presupuestaria y la superficialidad con la cual se encaraba tal materia en el Parlamento nacional.

Esa candidatura de Uslar no puede ser etiquetada sólo como un plan de la derecha para llegar al poder, puesto que a esa iniciativa se sumaron sectores que no adscribían a esa denominación. Y en Venezuela, desde 1936, las diferencias ideológicas han sido muy difusas dentro del espacio que agrupa a las fuerzas democráticas. Era una coalición de programa más liberal que el de AD pero que en ningún caso significaba la puesta en peligro del consenso sobre el modelo económico y político vigente. Lo que sí representaba Uslar era un candidato con experiencia de gobierno y brillantez intelectual.

De su paso por la política partidista el doctor Uslar sacó la conclusión de que el presidente de la república tenía que ser un hombre de partido. Así reconocía Uslar la debilidad del partido fundado por los suyos y la ineludible necesidad de un respaldo político organizado para la acción de gobierno. Esa visión que remarcaba la necesidad de los partidos para el ejercicio de la democracia aparecería después dejada de lado ante la actuación postrera de Uslar, tan manoseada por quienes luego promovieron la antipolítica.

La antipolítica como resultado no deseado

En los días del golpe fracasado del 4-F de 1992 y en el posterior arrinconamiento de Pérez hasta su defenestración, la voz de Uslar no fue de las más prudentes. Sus palabras en aquella sangrienta madrugada, fueron muy duras para con el régimen democrático, casi podría decirse –como de las que Caldera pronunciara en el Congreso- que justificaron la felonía de quien hoy está en palacio. Sus intervenciones eran divulgadas con mucha presteza por algunos medios de comunicación, convertidos en actores políticos a tiempo completo, que buscaban su prestigio para que los ayudara en la tarea de derrumbar el sistema de partidos. Luego, uno de los fundadores del sistema haría lo propio, acabando con su partido e indultando a quienes empuñaron las armas contra la democracia que se las confió.

En aquellos días, el doctor Uslar fue un octogenario largo muy activo y quizás como nunca antes fue intérprete de las mayorías nacionales. Porque no es un secreto que en aquellos días, aunque el pueblo no salió a la calle, el mesianismo militar se apoderó de esa gran porción de venezolanos desesperados o ingenuos que creen que la discusión en libertad, el equilibrio de los poderes públicos y la farragosa negociación democrática son obstáculos para la solución de sus problemas. La influencia de Uslar contribuyó al deterioro del crédito (ya en la bancarrota por méritos propios) del sistema democrático. Si bien los más jóvenes fuimos entonces presa de la desmesura, algunos ancianos –y entre éstos Uslar, sabio oráculo- tampoco nos advirtieron de los peligros que ahora experimentamos.

Y una de las mayores contradicciones que representa su actuación política en tales fechas es que el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, de quien fue su embajador en la UNESCO en la primera mitad de la década de 1970, trataba de hacer unos cambios hacia el credo que se suponía abrazaba Uslar: el liberalismo. Todavía no se ha analizado bien el hecho de que en esa coyuntura quienes estaban cerca de las ideas liberales se enfrentaran con tanta virulencia a CAP, quien intentaba poner en marcha el llamado “Gran Viraje”. Uslar parece que allí actuó más como moralista que como estadista. Su discurso hacía mayor énfasis en la corrupción innegable de la época que en las reformas que parecían comulgar con lo que predicaba: un Estado más pequeño en una situación donde la sociedad financiara al Estado y no éste a la sociedad, como sucedía y sucede en Venezuela.

Palabras para despertar

A pesar de las contradicciones y los desencuentros de la actuación de Uslar como político, nadie puede decir que su motivación fue personalista. Nadie puede endilgarle alguna maniobra baja en busca de privilegios. Su nombre está limpio de toda sospecha de aceptar ser convidado en lo que llamó el Festín de Baltasar. Quizás haya pecado de espontaneidad, al no darle prioridad a la organización en su actividad política, pero jamás se le podrá acusar de feas intenciones o de falsear la verdad. Era alguien que discutía y proponía sus razones con valentía y honestidad, tan diferente al politicastro de todos los tiempos venezolanos.

Sus admoniciones sobre el despilfarro de la renta petrolera, la economía fingida del país, el deterioro de la educación y sobre tantos otros temas que lo preocuparon, quedan para el necesario despertar de la conciencia nacional. Y su obra literaria pervivirá. (En mi caso, no puedo olvidar las noches juveniles en que la incandescencia de Presentación Campos me desvelaba o cuando sus cuentos perfectos me dejaban sin aliento).

Alguna vez estreché su mano y le pedí que me firmara un ejemplar de Los Ganadores. Su firma –ya temblorosa- resplandece en la página inicial, de ese ejemplar que atesoro en mi biblioteca. En este momento, algún joven puede sentir, al leer ese u otro de sus libros, ganas de querer a Venezuela, gracias a la palabra de tan apolíneo amigo invisible.

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