Opinión Nacional

¿Usted les tiene miedo a los médicos?

A lo mejor usted no, pero yo sí. Reconozco públicamente que soy uno más de esos pobres seres que le tiene miedo no solo al doctor, sino al mero hecho de poner pie en la sala de espera de una clínica o de un hospital…. ¿Mi temor es injustificado? No lo sé. Lo que sí sé es que hoy no tengo la imagen del médico que solía tener cuando estaba mas joven, pues tenia una admiración y respeto total por la profesión médica, al punto de que veía a los hombres de blanco, mas como santos que como galenos, y las contadas experiencias vividas permitían comprobar que los doctores correspondían a esta admiración… Algo produjo un cambio. El aura de bondad que me fundé durante mi niñez se fue perdiendo seguramente por las tantas experiencias, comentarios y pensamientos negativos en torno a lo «caro que es visitar al médico», «la barbaridad que hizo por una mala praxis a fulano de tal», «la incapacidad para quitarme este terrible dolor», «toda la tarde esperando y no llegó» «me recetó y ni siquiera me auscultó», «como no tengo seguro ni siquiera me miró». Todo esto además de las consultas de masas, las comunicaciones inaccesibles y los exorbitantes costos de las consultas hizo que mi visión santa e idílica por la profesión médica desapareciera… Y no solo soy yo. Algunos amigos me han manifestado percepciones similares que seguramente constituyen la base para lo que se ha constituido en un mal de masas, como es la automedicación; considero que muchas personas en vez de acudir a un medico tienen un remedio para lo que les aqueja: píldoras, pomadas, jarabes, brebajes, al punto que nos hemos convertido en una especie de médicos sin títulos. Y por ello, lo que debería ser una visita rutinaria a los médicos vivimos aplazándola hasta que se convierte en consulta por necesidad, con el agravante de que a veces ocurre en la sala de emergencia con su consecuente desagüe de dinero… Una experiencia descarnada. La vivimos recientemente en el HC de Maracaibo con un familiar diabético que tenia un pie infectado. Doy fe que el servicio de emergencia y de admisión fue bueno. La actuación de los médicos tratantes la percibí así: la internista con niveles de competencia pero con cierta «inseguridad» inició un tratamiento y al segundo día llamó a dos médicos de su equipo: un traumatólogo y a un «veterano» cardiovascular, el primero dijo que el pie estaba feo pero que con una cura y con antibióticos mejoraría; el «veterano» dijo al ojo por ciento que ese pie había que cortarlo. Al tercer día trajo a una instructora de diabetes y a una técnica para hacerle un eco-dupplex; la primera dio su charla y la segunda al finalizar su tarea dijo delante del paciente «mi mamá murió de algo igualito, esta pierna hay que cortarla». La noche que pasó nuestro familiar se la pueden imaginar. En los días siguientes pudimos comprobar una ausencia de cultura de atención al usuario, nada de buenos días, el aire acondicionado no era graduable, o se encendía o se apagaba, el piso se mojaba y pedir que lo secaran causaba molestias; le tomaron la tensión en una oportunidad y arrojó 19, le mandaron medicina para bajarla y después otra enfermera comprobó que el aparato estaba malo; para orinar le dieron una chata en vez de un pato. Ante todo esto ¿sabe lo que hicimos? Le comunicamos nuestro descontento a la Supervisora de Atención al Usuario y sacamos de allí a nuestro familiar, quien hoy con sus dos pie y gracias a Dios y a la medicina alternativa del naturista Ramón Antonio González está en franca mejoría y dispuesto a dar testimonio de toda esta odisea para procurar correcciones.

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