Opinión Nacional

¡Vale la pena!

Para llegar hasta  aquí no es posible hallar un hueco sin su  pedacito de carretera. No hay, probablemente, una palabra con la cual se pueda expresar esta catástrofe, esta de querer ir de un lugar a otro por el país sin horror, que no es otra cosa: una catástrofe. O quizá no se sabe qué es. Quizás una maldición por pecados que llevamos a cuestas sin saber cuales son ni sus porqués.

Ni Dios ni la razón de cada uno puede saber qué es. Las lluvias, son responsables del “mal estado” de la vialidad. Así explican, porque alguien tiene la culpa de lo que debió hacerse y no se ha hecho. Pero no, desde mucho antes están intransitables, durante estos largos veranos, entonces, porque no había asfalto o porque las obras que se hacen en las regiones por gentes de esos lados, deben ser ejecutadas por el ministerio del ramo y así hay más honradez y calidad. Todo eso y más.

Carreteras, pues, revolucionarias por oposición a las carreteras contrarrevolucionaras o traidoras a la patria, podrían ayudar a fugarse. No es verdad que anden mal las vías, de serlo nos quedaría la esperanza de mejorarlas. No, eso no es, están muertas o quizá peor, son ejecutoras de la muerte. Allí vive la muerte triunfal en su eterno juego de arrebatar la vida y en cada pedacito hay cruces de recuerdos olvidados. En las orillas huecos inmensos, cráteres sin fondo, donde ya no es posible sembrar cruces, y que tampoco uno sabe si son las puertas del infierno, o  una manera de ingresar al cielo antes de que lo llamen. 

            Para otros desastres, catástrofes o calamidades, pudo haber razones. Los errores cometidos por Dios, por haber dejado tan libres a los hombres, se castigan de manera severa. El mayor e insuperable  castigo que jamás puede haber fue para las travesuras de Eva por inducir a Adán, el único mérito de este gordito, dejarse seducir a fin de saborear el bien y el mal, el puro bien aburre, decía Eva, fue establecido por siempre y para todos, la muerte. No es poca cosa. Después, por no se que motivos, vuelve Dios a equivocarse y decide barrer de la faz de la tierra todo aquello que antes vio que bueno era, y dispuso  el Diluvio. Claras son las decisiones de Dios aunque sea tan difícil entenderlas. Del mismo modo si usted ve un pueblo sepultado, desparecido, por un terremoto, por un Tsunami, o por incendios, siempre puede la razón explicar e incluso justiciar los hechos.

Por la promiscuidad que Dios viera, otra vez Dios como si no supiera que el hombre por siempre sería igual, dispuso acabar a Sodoma y Gomorra, y tales fueron las forma de pecar que  el mismo Dios sintió vergüenza, porque cómo es posible que criaturas de sus manos hechas y a su imagen y semejanza llegasen a tales posiciones, acciones y conductas. Pero, con aciertos o errores, solo sabemos que Dios es infalible y no nos es dado pensar en sus razones, si así llamar se puede al pensamiento del Señor, es así.

Pero, aun siendo así y sin entrar en detalles que al fundamentalismo puede hacer arder en cólera, hay justificados motivos, indiscutibles razones para que Dios haya hecho lo que hace, hizo y haga. Pero en nuestro caso, en este valle de Lágrimas, donde al principio llorábamos pocos, ahora lloramos todos, las cosas son peores para el entendimiento. Porque todo es lo mismo. Cuando no son los huecos que nos esperan para morir en ellos, es la delincuencia que aguarda en cada esquina para, sin que nadie sepa, asesinar a tantos, y uno mismo para poder andar se da por muerto.

            Quien así disertara, un distinguido académico, que expuso un proyecto para ver si su pueblo, un caserío, que por allá metido vive los peores males, solo que a escala inmensa, sale de eso. Y ni un cura, hay pocas almas que salvar, dirán, no hay médico, ni los apósteles de barrio adentro allí han venido, ni maestro se tiene, quizás no sea tan peor, poco tiene que dar. No hay transporte, no hay agua, no hay los otros servicios, de la ambulancia solo queda la carrocería que en ocre identificara el móvil de otras eras. Ni los 4 x 4  ni los Hummer pueden  llegar y las mulas palidecen cada vez que las obligan a echar a andar y caminar rumbo a donde no se sabe si se llega. Allí hubo antes gente unida, a quienes sobraba el café, la leche, las verduras, la yuca, el amor y la amistad.

Luego se dividieron entre adecos y copeyanos pero podían andar con diferencias que, si de honor, se resolvían al filo del cuchillo y nada más. Ahora  allí se vive con una plaga desconocida, ni siquiera las de Egipto testadas por la Biblia, es muy distinta. Parte del pueblo es idólatra de su comandante. Y como buen ídolo nada saben de él, solo que es bueno, que es perfecto, impoluto, sabio, capaz, que ama a los pobres y que deja hacer lo que le da a cada quien la gana, pero que no haga nada. Los otros, no creen en el comandante, son herejes, tampoco de él saben mucho, solo que no les complace lo poco que escuchan decir que él dijo. Que algún día vendrá y se hará justicia, así proclaman los idólatras.

Los otros dicen, no vendrá. Allí nunca hubo ricos, si por tales se trata de burgueses, aristócratas, escuálidos, imperialistas, vende patrias, esquilmadotes, ladrones y algún otro epíteto de mayor monta, tampoco hubo pobres, si por tal entendemos a quien no tiene nada, que solo dueños son de la miseria. Allí no. En ese mundo se desconocía esas cosas de las luchas de clases. Hoy tampoco se sabe que será eso, solo que allí se vive eso que antes no se sabía que pudiera existir. Vivir sin coexistir. Coexistir sin vivir. Hay desconfianza de uno frene al otro. Antes, sin saber de teologías, se amaban los unos a los otros, ahora con la misma ignorancia sospechan los unos de los otros.

            La narración metódica, pero de una indescriptible poesía, generó preguntas tantas mas complejas. ¿Que pasó allí? No faltan en las tertulias los psiquiatras, sociólogos, sicólogos, y menos, los necios, yo ente ellos, que se interrogan o decimos barbaridades propias de la soberbia o de los conocimientos obsoletos con los cuales exhibimos nuestro orgullo ignorante. Como es un hecho, lo asumieron todos, el habla del presidente ha impuesto el discurso descalificador. La infamia ha sustituido la razón; lo burdo, lo tosco, lo grotesco ha eliminado la poesía del habla.

La mentira deglutió la verdad. Esa habla es, pues, para despertar y hacer crecer el odio, que tiene en la envidia su primera fuente. Y, entonces, será por eso y por más que no sabemos, por lo cual nos encontramos aquí y de ese modo estar. O, habrá en cada individuo capacidad existencial para aguantar el atropello, el vejamen, el desprecio,  la humillación, el asco, la negación, y mantener su capacidad de servir, vivir la sumisión y la obediencia como su autentica existencia, de amar, incluso, y sea así como  pueda explicarse la vida del esclavo, del siervo,  la del lazarillo ingenuo, sano, bueno y seamos  por genética o culturalmente esclavos y siervos?  Y de ser cierto esto, será que en  la especie esta, antropoide, son necesarios los jefes del rebaño, los caciques del clan, los presidentes?  Unos, según se infiere, son superiores a otros y es así casi todo. La habilidad del superior  estaría en lograr la obediencia, la sumisión, y el amor y la fe sean sus formas perfectas de alcanzarlo.

            No, en modo enérgico, interrumpió quien nos había congregado a discutir sus tesis. Razón tienen ustedes en afirmar que toda Venezuela vive en la aldea que yo describí o, o que pudiera ser peor, que esa aldea mía vive en toda Venezuela. Pero, mi propuesta empieza por asumir las diferencias. Ser mejor o peor  es un hecho que se mide en acciones y resultados, como el amor y el asco. Al enfermo de idolatría no quitemos el ídolo sólo vaciemos el piso que lo sustenta. Del mismo modo en que el médico puede curar aun cuando su batalla final, la muerte, esté perdida.

Pero, habrá logrado ampliar  el tiempo de la vida y si lo hacemos para todos nos aproximamos a lo más duradero, tal vez alcancemos lo permanente y lo perenne. Pareciera, afirmó, que se trata de un problema de consciencia. Verdad es, solo que la consciencia  no se enseña como un teorema  geométrico, sino que nace  del esfuerzo compartido para transformar lo que tenemos y hemos de empezar con alguien en algún lugar. Y esa es la dirección de mi propuesta. Y ella es simple y sencilla, que a los problemas comunes, busquemos respuestas comunes y sean nuestra manos sus primeros protagonistas en resolverlos; la ciencias, las técnicas, dados nuestros tiempos, son la herramientas para acelerar el trabajo, la consciencia viene luego en cada paso que damos y alcanzamos resolver el problema y al hacerlo ampliamos su universo, hay que resolver nuevos problemas que alcanzan otros suelos y cielos.  Será así como el lazarillo ingenuo puede  soltar al ciego bribón que lo manipula y que además nunca estuvo ciego, solo que tenia una manera  de ver: como dominar al lazarillo. 

Es probable que se busque a otro idiota, pero será cada vez más próximo el encuentro con su propia miseria. Presumo que sea este el camino  que tenemos para rehacer la política, a sabiendas, eso sí, que debemos llevar la ética como guía.  Y, concluyó, ese debe ser, en nuestro caso, el papel de la universidad, llegar a cada espacio, a cada casa, y decir qué debe hacerse y cómo; pero asumir que ella por si no puede hacerlo, que son en primer lugar ellos y  participar nosotros con ellos, según  nuestras capacidades, solo eso.

            Hubo unanimidad, la más alta calificación para su docta tesis y la exigencia de publicación para su edición. Yo regresé a mi espacio y me angustio, al repensar la tesis, por no saber si soy o lazarillo o ciego. Ni siquiera si soy, me grita el anacrónico Descartes

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