Opinión Nacional

Variaciones sobre un mismo charco de sangre

Demasiada tristeza cuando corre el mes de abril: inevitable el
recuerdo de aquella marcha multitudinaria concluida sobre un inmenso
charco de sangre. Los años transcurridos consagran la supervivencia
del más fuerte, las humedades del miedo, el gaseo de un estigma.

Irremediable, el régimen goza de un doble sentido del lenguaje.

Mediáticamente, llama a la paz y a la concordia y, a la vez, evadiendo
la responsabilidad de dirigir al Estado que únicamente alcanza al
resto de los venezolanos para reprimirlo y de un modo no convencional,
nos condena a la zozobra constante.

En la práctica, no hay reglas y sobrevive –monopolizada la violencia-
el más fuerte, concediendo la licencia para que otros, mientras
defiendan al gobierno, ejerzan un imperio, casi por delegación, sobre
todo en las áreas marginales. Tomarse la justicia por mano propia
parece la más aguda tendencia: los cacerolazos pacíficos que llevaron
a la renuncia de un presidente por mucho menos de lo que otro hizo con
el FIEM, constituyen delito, y el recuerdo cercano de las tanquetas y
los soldados con armas largas que anegaron las calles con motivo del
proceso revocatorio, es el horizonte onírico de los que jamás
permitirán un ligero rasguño en el prestigio presidencial, aunque no
se encuentren revestidos de autoridad.

Incumplida, cae como una llovizna fantasmagórica la Ley para el
Desarme del 20 de agosto de 2002 (Gaceta Oficial Nr. 37.509): ¿cuántas
armas y actas tendrá la Dirección de Armamento de la Fuerza Armada de
acuerdo al artículo 6, fruto de la recolección?, ¿es posible darle
publicidad, aparte de la que pudieran solicitar los órganos del Poder
Público por causa justificada?. En definitiva, ¿armar a la población,
con el criterio interesado de selección que caracteriza al gobierno
nacional, es la solución al asunto de la inseguridad personal o al de
la supervivencia misma del poder?.

El miedo, líquido y punzopenetrante a la vez, es el recurso favorito
de esta inédita experiencia autoritaria, inoculándolo lenta, pero
eficazmente. Cualquier acción de protesta tiene por techo una extensa
sombra, la del oficialismo que despierta y estimula los odios, como si
fuesen la única credencial de sus seguidores, esgrimidos contra el
pasado no tan lejano, la idea que abriga de la clase media (que tiene
una idea abrigada de sí), y todo lo que simplifica la caprichosa
distinción «cuarto-republicana».

Requerimos de mucho coraje físico para afrontar la situación, ya que
–contrario a muchos ilusos- lo que acaece no es un problema de mero
trámite en el curso de una democracia, sino la elevación de un
proyecto (des) conocido. Significa la adecuación y el adiestramiento
de los partidos opositores para las tareas de desbodiencia civil de
2007, después del plebiscito presidencial, amén de un relanzamiento
ético e ideológico que exige de mucho más coraje (el más elemental:
tener sentido ético e ideas). Y en cualquier caso, diríamos con Carlos
Ochoa: «Si me rindiera/ el enemigo se apoderaría de mi miedo/ y ningún
tronco por liviano que fuese/ sostendría mi cuerpo en la corriente»
(«Hurakane, Amazonia-Arte, Caracas, 1986).

Los promotores de las asonadas de 1992, la cuales reivindican en el
terco recomienzo republicano, estigmatizan a la oposición con entero
cinismo. De golpistas la trata indiscriminadamente, pretendiendo
legitimarse con la estridencia de un señalamiento, pero – al asomarse
en el charco de sangre de aquel mes de abril – luce inevitable el
reflejo de un rostro enrojecido.

II.- De una convicción tan vieja que parece nueva

La descomposición del régimen parece tener límites: los impuestos por
una oposición profunda, coherente y convincente, capaz de redibujar al
país de la transición democrática. Sobre ésta, pesa naturalmente la
interrogante; respecto a aquél, la reinvención del bolivarianismo
necesita de mayor talento que la simple pronunciación de discursos,
aparentemente espontáneos, o las validaciones publicitarias de
ocasión.

La variante caribeña del marxismo luce como la respuesta más adecuada
para un gobierno que llama a que otros lo debatan ideológicamente, sin
soltar premia alguna de su proyecto excepto las relaciones de
camaradería geopolítica con la dictadra castrista. Hacemos nuestra una
convicción que, por vieja, parece una novedad en el paisaje desértico
de la polémica ideológica: «… Quizá el enfrentamiento final de la
Democracia Cristiana sea con sectores vergonzosamente marxistas que la
socialdemocracia o el populismo» y, agregaba Luis Herrera Campins,
«los tiempos no son para doctrinas de marcha lenta y de
interpretaciones parciales de la vida y del hombre, sino para las que
puedan responder a la integridad de la angustia humana» (revista
«Bohemia», Caracas, Nr. 338 del 21/09/69).

Tarea pendiente, los socialcristianos deseamos concursar con nuestra
particular perspectiva en la construcción de un consenso necesario
para superar las actuales circunstancias. Nos referimos a un mandato
para la militancia con sentido histórico, la única capaz de atraer al
ciudadano –ciudadanizándose- por los hechos y por las ideas.

III.- Travesía trivial en un carro-por-puestos

Camino a la avenida Páez de El Paraíso, como pudo serlo hacia Bello
Monte o Santa Mónica, bosques de cemento para una clase media venida a
menos, abordamos una buseta, camioneta o carro-por-puesto. De pronto,
el conductor puso a todo volumen un cedé de «El Conde del Guácharo»,
celebrado por los pasajeros sin distinción de género o de edad.

Empero, se escuchó un grito desde el fondo de la incómoda cabina
atestada.

Voz indignada de mujer que reclamó por la emisión de medio día del
comediante, la cual no ahogaban las cornetas y el restante bullicio de
la ciudad trepidante sobre el agujereado asfalto que jugaba con el
sol. Una que otra protesta se le unió muy ligeramente, alfilerada por
la indiferencia del dí-yei rodante: el término soez colgaba todas las
risas, ante que las situaciones planteadas por el comediante que
–seguramente- nunca se imaginó en tales decibeles de la mañana apenas
concluida.

En una de las paradas que no son paradas, como suele ocurrir en el
mapa urbano, nos bajamos derrotados apenas cuatro, sin concluir el
itinerario. la señora con su niña y su niño, iban o venían de la
escuela. Aparentemente inevitable, se oyó una sentencia que no admite
apelación, pues, si no gustamos compartir una alegría de mediodía
caraqueño o, en todo caso, los muchachos de hoy están demasiados
resabiados, lo mejor es tomar un taxi. Dado, terminado y sellado en
una sede ambulante de la metrópolis, a los días del mes del año, Dios
y Federación (firmas ilegibles).

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