Opinión Nacional

Veinte somos los amos del valle

Hasta el momento, ninguno de los tres candidatos a la Presidencia de las República ha podido revertir la apatía del electorado. Esta apatía se expresa más que nada en el creciente índice de abstención. ¿Qué busca, qué quiere esa parte del electorado que se abstiene y que crece cada día más? Pues buscan orden, seguridad personal, seguridad jurídica y empleo. Ese 60 por ciento del electorado forma parte de la gente decente del país. Es la gente hastiada con este sistema eleccionario que no resuelve nada.

La democracia venezolana nació con plomo en el ala. Primero, porque el candidato se escoge igual que un producto de consumo masivo. Visceralmente. Pues gran parte del electorado no cuenta con el grado de instrucción suficiente como para comprender las implicaciones de los distintos programas de gobierno. Para una campaña electoral de ese tipo se requieren muchos miles de millones en gastos de propaganda, movilizaciones, actos, lo cual, a su vez, necesita de inversionistas con el dinero suficiente para asumir tal gasto. Esto implica corrupción, pues no va a haber ningún altruista dispuesto a arriesgar esas sumas. Quien invierte lo hace pensando recibir cuantiosas ganancias. La otra forma de invertir en una campaña masiva es usando los resortes del poder, el ventajismo de quienes se encuentran en un momento dado en el gobierno. Eso también está tipificado como corrupción, pero no hay quien le ponga el cascabel al gato. Por lo tanto, en una sociedad pobre como la nuestra resulta imposible pensar, desde este punto de vista, en una democracia pulcra.

En los países desarrollados verdaderamente democráticos se limita la cantidad de dinero que puede contribuir una persona o una empresa a cada candidato. Se hace así, de manera que por esa cantidad no pueda venderse ningún candidato. Pero eso requiere de una sociedad rica, donde todos ganen lo suficiente y puedan ahorrar sumas importantes. Por otra parte, el uso del poder se ha reglamentado de tal forma que a los candidatos a reelegirse les resulte difícil obtener ventaja. Pero ello supone un poder judicial y policial realmente independiente que vigile al extremo. El sistema eleccionario venezolano, que no democrático, nace con plomo en el ala. Hay más sin embargo.

La Tercera Vía de Chávez

Los últimos 18 meses nos han mostrado claramente el modelo que el presidente Hugo Chávez desea aplicar. No es, como nos querían hacer creer algunos opositores, un modelo fascista ni tampoco comunista. Alguien lo convenció de que el modelo económico aplicado por el puntofijismo durante su permanencia de 40 años era el «neoliberalismo salvaje» tan en boga en Occidente desde que Margaret Thatcher y Ronald Reagan llegaran al poder en Gran Bretaña y Estados Unidos. La intención era clara.

El modelo puntofijista de gobernar era el culpable de la crisis, del desempleo, de la miseria. Chávez debía, por tanto, distanciarse de él, si quería obtener la preferencia mayoritaria del electorado. Ahora bien, si ese modelo puntofijista era, a su vez, neoliberal, Chávez no podía aplicar las políticas de libertad de mercado. Tampoco podía inclinarse al socialismo, pues la fractura de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín hacían patente el fracaso económico y político de ese sistema.

¿Cuál sería entonces esa Tercera Vía? Pues el capitalismo de Estado. Un Estado fuerte, centralizador, planificador, en estrecha colaboración con determinados sectores empresariales «nacionalistas». Un burdo engaño. Pues esas fueron precisamente las políticas económicas del puntofijismo que nos condujeron a la crisis actual.

Pero Hugo Chávez lo aceptó, porque lo alejaba de los sacrificios que una revolución neoliberal implicaba, especialmente en lo que a popularidad se refiere. Pues su intención primaria era desarticular el entramado político de los partidos Acción Democrática y Copei y, para ello, requería de una altísima popularidad en los llamados sectores populares.

La democracia no es solamente un sistema eleccionario en el cual se respete la voluntad de la mayoría. La democracia es, ante todo, un sistema de respeto a la ley, un Estado de derecho. La democracia no es otra cosa que el sistema político de la burguesía. De la clase media interesada en terminar con el abuso y la arbitrariedad, y emprender el camino del desarrollo, a través de un sistema de libertad de mercado. La democracia no puede existir en una sociedad en la cual la vasta mayoría carece del conocimiento para entender la ley y de la educación para sentirla suya y aplicarla.

Para que Venezuela pueda tener una verdadera democracia se requiere un cambio sustancial. Ese cambio no puede ser evolutivo, porque todos los resortes del poder se encuentran en manos de quienes desean eternizar un sistema que impide la consecución del desarrollo.

Limpiando la olla: Chávez y la oligarquía

Veamos un caso concreto. Un amigo adquirió un apartamento a fines de 1996 por Bs. 29 millones. Al cambio de entonces, Bs. 290 por US$, eran 100 mil dólares. Como al año siguiente la inflación fue 99,87 por ciento, su apartamento ha debido aumentar de precio a Bs..58 millones. En 1997, la inflación bajó a 50 por ciento y el apartamento aumentaría a Bs. 87 millones. En 1998, la inflación fue de 36 por ciento y el apartamento continuó su carrera ascendente y se situó a un precio de Bs. 118 millones. En 1999, la inflación fue de 23,5 por ciento y el apartamento ha debido aumentar a Bs. 146 millones. Y este año, la inflación dicen, ha sido de 12 por ciento y el apartamento ha debido llegar a la astronómica suma de Bs. 163 millones. En realidad, hoy día se cotiza en el mercado en Bs. 115 millones.

El problema es que esos 115 millones vienen a ser, al cambio actual de Bs. 685 por US$, unos 168 mil dólares de los Estados Unidos. Esto representa una ganancia de 68 por ciento en 4 años, algo así como 17 por ciento anual en dólares. ¿Qué quiere decir eso? Como en Estados Unidos la inflación fue del 3 por ciento anual en estos 4 años, los 100 mil dólares deben ser hoy aproximadamente 113 mil. Y el cambio debería estar en, por lo menos,1.017 bolívares por dólar.

Pero la cuestión no es ésa. Los activos de Electricidad de Caracas, por ejemplo, se cotizaban en bolívares. Cuando se vendieron, se obtuvieron US$1.500 millones. Como el cambio era de Bs. 680 por US$, la suma en bolívares ha debido ser de 10.200 millones de bolívares. Si el bolívar hubiera estado a su precio de 1017 bolívares por dólar, AES hubiera pagado solamente US$ 1.000 millones. Un beneficio de US$ 500 millones no está mal. Lo grave es que ese precio va a suponer un aumento de tarifas que pagaremos todos los venezolanos que no nos beneficiamos de la ganancia. Además de que con ese precio del dólar jamás lograremos exportar nada, lo que significará una creciente disminución del empleo.

«Veinte somos los amos del valle» se decía Juan Manuel de Blanco y Palacios, esa magnífica invención de mantuano del insigne Francisco Herrera Luque. Los confines del Valle se confunden hoy con las fronteras patrias. Los veinte amos originales se han multiplicado. Sin embargo, su forma de pensar y de hacer continúa siendo la misma. Ni siquiera la Guipuzcoana con el apoyo de la monarquía española pudo derrotarlos. Valiéndose del iluso Juan Francisco de León detuvieron la revolución agrícola que comenzaba a despuntar y la provincia continuó atada a la dependencia del cacao y el café. Hoy pretenden oponerse al neoliberalismo y la globalización. Su egoísmo no les permite ver más allá de sus narices. Al igual que en Colombia parecen preferir la guerra civil a una revolución burguesa, porque ésta significaría el fin de sus privilegios y de su monopolio. ¡No será!

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