Opinión Nacional

Venezuela desnuda frente a un espejo

Hace más de dos años que tengo graficados en blanco los días y meses que en el calendario están ubicados después de este 7 de octubre de 2012. El enigmático, intrincado, largamente esperado día que, hoy, finalmente, tenemos instalado frente a nosotros. No he conseguido figurarme qué vendrá después.

Viviendo en una nación que, desde hace 22 años, una fecha clave tras otra, parece cavar el hoyo que consolida su atasco en el tercermundismo, durante innumerables ocasiones, sólo o conversando con amistades, me preguntaba si en el umbral de este día, por fin, la sociedad venezolana iba a ser capaz de despertar de este disparate fanático.

Durante innumerables ocasiones me he preguntado si la mayoría de los venezolanos podrán ser capaces de colegir, como lo hemos hecho tantos otros, que a estos catorce años de excesos y desafueros, que ya han sido suficientes, no podemos agregarle otros seis, que en total sumarían ya unos disparatados 20. Veinte, que, sumados a los 12 anteriores, totalizarían 32. Toda nuestra juventud, y, hasta la fecha, más de la mitad de nuestras vidas

Si los resortes de esa abstracción histórica y social que podemos denominar «la venezolanidad» iban a estar en su puesto para atenuar la caída, para responder ante la emergencia, para reaccionar y encontrar el ovillo del progreso que dejamos perdido décadas atrás. Si, finalmente, se nos va retratar como una montonera que persigue espejismos y quimeras detrás de un mesías, o somos una nación de ciudadanos conscientes, dispuesta a delegar el poder con condiciones, consolidar instituciones que sobrepasen los caprichos personales y a estructurar una sociedad en la cual se garanticen los derechos de todos y se respete la opinión ajena.

27-F; 4-F; 27-N; 4-D; 11-A. La historia de nuestro retroceso se ha ido bordando así: un compás métrico de un número y una letra. Hoy vivimos en una nación con ciudades infernales, servicios públicos vergonzosos; unos niveles de violencia estremecedores y un cuadro institucional desencuadernado. Un país parado sobre un parque de armas ilegales, con cárceles que parecen concebidas por la voluntad de lucifer y una dirigencia que recicla como verdades reveladas un montón de idioteces superadas en todos lados. En amplios sectores de la sociedad se ha ido consolidando la percepción de que tales males forman parte de una especie de fatalismo sobre el cual poco podemos hacer. Todavía más: el germen incivil que inspira casi todas las ejecutorias del chavismo tiene, en estos momentos, rasgos patrimoniales en una parte importante de la población.

Nadie debe engañarse: si este trance Hugo Chávez se logra salir con la suya habrá hecho suficiente para poner a toda la sociedad de rodillas frente a él.

Durante estos episodios, parte de mis amigos más cercanos tomaron la decisión de emigrar del país. En algunos de ellos, como en muchos otros venezolanos que se fueron, se deja colar un discurso con formas no verbales: la vida hay que buscársela en otra parte. El tormento venezolano es un castigo que no tiene sentido seguir padeciendo. Venezuela era una especie de pasión inútil; los conflictos del extrarradio lo único que hacen es granjearnos mortificaciones.

En algún momento de 2009, desatado una especie de terrorismo de Estado de baja intensidad, con un Estado promotor de la barbarie, sentí por primera vez en toda mi vida que emigrar del país era una opción que no podía quedar descartada.

La tenaz resistencia cívica de un amplísimo sector de la sociedad venezolana que parece reconocerse en el objetivo de reconstruir a la sociedad en torno a un proyecto democrático y civilizado; la convicción, compartida por muchos, de que la situación que estamos viviendo no forma parte de una fatalidad eterna; la determinación y entrega de muchísimas personas que he tenido cerca, quienes han prestado sus servicios de forma desinteresada y noble para trabajar en la causa de salvar a nuestro país, me han servido de palanca y de inspiración.

Ese, año en el cual nació mi hija, me prometí que, durante un interregno concreto, dejaría a un lado toda la comedia en torno a la asepsia que adorna algunas de las formalidades del periodismo, y haría todo lo que estuviera a mi alcance para evitar que este país se siga hundiendo en este festín de complicidades oportunistas y sinverguenzura institucional.

Hoy, tras el éxito de las parlamentarias; la plataforma programática conquistada; la resonante presencia de la población en las elecciones primarias y la brillante campaña electoral que ha llevado adelante Henrique Capriles Radonski, lo único que queda es someter esta convicción compartida ante las mayorías nacionales.

Con entera satisfacción respira uno una emoción preliminar en esta hora, constando cuantos ciudadanos que tampoco se han querido ir, se han incorporado, con tanta o más pasión que la que uno creía tener, para detener los caprichos de un sujeto que parece suponer que este país es un gallinero de su propiedad. Un tesón que también hemos observado con orgullo en la cada vez más organizada y consciente comunidad de venezolanos que vive en el exterior.

Venezuela se aproxima, sobre todo, a un descarnado test de honestidad. ¿Fueron los 50 años de avance económico y social emprendidos desde 1937 un espejismo? ¿Podrá este país dominar sus demonios, abandonar sus taras, recobrar el valor de la convivencia? ¿Podremos normalizar la vida nacional en torno a la letra de la Constitución? ¿Podremos alguna vez saborear el auténtico significado de la justicia social? ¿Tiene sentido seguir esperando? Este lunes lo sabremos. Quedaremos desnudos frente al espejo.

 

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