Opinión Nacional

Venezuela: dictadura electoral

Venezuela fue ejemplo de democracia para Iberoamérica desde 1958 hasta bien entrados los años ochenta. Dejó de serlo por razones de quiebra de su modelo económico y por el éxito de las fuerzas que internamente atacaban al sistema de partidos imperante (con no poca ayuda de estos, que no quisieron renovarse). Y en la base de aquella gobernabilidad democrática de la que gozó Venezuela (hasta, digamos, el llamado Caracazo de febrero de 1989) se encontraba el sistema electoral.

Un sistema electoral que buscaba la proporcionalidad más ajustada entre los votos y los representantes electos. Así, para la elección de diputados se aplicaba el sistema D´Hondt en cada circunscripción (estado o territorio federal) a las listas cerradas y bloqueadas que presentaban cada partido o grupo de electores. Pero no sólo era eso, sino que a los partidos minoritarios les era posible sumar todos los votos que habían obtenido en el ámbito nacional para que lograr, por medio de la aplicación de un cuociente nacional, hacerse de diputaciones y/o senadurías adicionales.

En detalle, sería más largo de explicar, pero el objetivo del sistema de escrutinio usado para cuerpos deliberantes (parlamentoa nacional y regionales y consejos municipales) era que cada grupo participante en las elecciones, a partir de un pequeño umbral, obtuviera representación. Nunca hubiese ocurrido en los años de la democracia venezolana (1958-1998) lo que pasa ahora: que el partido de gobierno habiendo obtenido menos votos en las elecciones de 2010 tiene más diputados que la oposición democrática en la Asamblea Nacional.

Por otro lado, la autoridad electoral, que en Venezuela desde 1936 la Ley ha establecido que sea independiente de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, era en el período 1958-1998 encabezada por gente de prestigio, con auctoritas. Es decir, personalidades que le daban al ejercicio del cargo la respetabilidad y la honorabilidad que el ejercicio de su profesión y su conducta pública habían logrado. A nadie se le ocurro nombrar presidente de aquel Consejo Supremo Electoral a personajillos oscuros que sólo respondieran a las consignas y los dictados de un jefe político. Ni mucho menos era dable pensar que las máximas autoridades electorales, una vez cumplidas sus labores, pasaran después a ejercer cargos políticos en el Gabinete del Presidente cuya elección organizaron. Este fue el caso de Jorgito Rodriguez, presidente del CNE durante el fallido referendo revocatorio de 2004, quien inmediatamente después fue nombrado vicepresidente del Gabinete Ejecutivo.

Esa autoridad electoral independiente desapareció casi de inmediato una, vez entronizado el régimen autoritario procubano,. En razón del poder omnímodo de la Asamblea Constituyente de 1999, de los cambios en la Constitución de ese mismo año y de sucesivas reformas legales que han beneficiado exclusivamente al gobierno. Se creó un Poder Electoral para eliminar la representación que los partidos tenían en el seno de la directiva y de toda la estructura del órgano electoral. Entonces, supuestamente los directores –llamados rectores, en otro ridículo cambio nominal en los que se destaca el “socialismo del siglo XXI”- representarían al conjuntop de la sociedad toda y no a los partidos. Pero lo que en realidad ha pasado es que, debido al sectarismo con el que se han hecho los nombrtamientos, los rectores del Consejo Nacional Electoral han sido todos, con excepciones muy contadas, representantes o, mejor dicho, fichas borregiles del gobierno.

En otros países, las elecciones las organiza el mismo Poder Ejecutivo, a través de un ministerio, porque hay una tradición y controles efectivos que así lo permiten. Acá en Venezuela, con tímidos avances desde 1936 hasta 1945- se quiso eliminar – y por años se logró- la costumbre aquella que se resumía en una frase: “gobierno no pierde elecciones” y cuyo epígrafe era “el que escruta, elige”. Todo ese largo trajinar, que causó golpes de Estado y decenas de muertos a lo largo de nuestra historia, para que las elecciones fueran libres y limpias es lo que ha despreciado el actual régimen.

La opacidad de la automatización es la guinda del pastel electorero. Se ha llegado hasta a poner en la ley que el voto es inmaterial, que es virtual, para que así no pueda ser contado sino por las máquinas que nos han costado a los venezolanos millones y millones de dólares. Se quiere que los ojos de los ciudadanos no vean su voto (pueden ver un “recibo” pero “no el voto” rtepiten los mercachifles de las elecciones venezolanas.

No puede ser democrático un sistema que privilegia el secreto, la centralización y el abuso. Que se abran todas las cajas y se cuenten los votos. Porque los papelitos son los votos, a pesar de lo que digan los tarifados del régimen, beneficiarios directos y defensores histéricos de los negocios con los vendedores de las máquinitas de lotería tramutadas en máquinas electorales.

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