Opinión Nacional

Venezuela en la lona: ¿quién la conoce?

Una de las piezas canónicas de los blues norteamericanos, es «Nobody knows you when you’re down out » («Nadie te conoce cuando estás en la lona»). La canción fue escrita en 1923 por Jimmie Cox, un cómico y músico afroamericano, conocido en su época como «el Charlie Chaplin negro». Cox murió joven con tan solo 42 años, antes de que su canción lograra éxito pero, desde entonces, la composición ha sido interpretada por docenas de cantantes muy reconocidos de variadas tradiciones musicales, entre ellos: Bessie Smith, Eric Clapton, Janis Joplin y hasta Carla Bruni, la exprimera dama de Francia.

Aquí les ofrezco su primer verso en traducción:

«Algún tiempo atrás, yo vivía la vida de un millonario;

Gastando todo mi dinero sin ninguna preocupación;

Llevaba a mis amigos, a pasar el buen rato;

Brindándoles licores finos, whisky y champán;

Luego comenzó mi caída;

Mis amigos desaparecieron y me quedé sin lugar adonde ir.

Si en tus bolsillos, no hay ni un centavo, de tus amigos, no quedará ninguno».

Supongo que el éxito de este canto sombrío se debe en parte, a la universalidad del tema que trata, una historia con la cual, la mayoría de las personas podrían identificarse. A todos nos gustaría pensar que nuestras amistades personales se basan en algo más profundo que el interés propio por parte del otro. No dudo que para muchos de mis lectores ese será el caso, y les deseo la buena fortuna de nunca tener que confirmarlo.

Sin embargo, la experiencia de la Venezuela «Bolivariana» es claramente paralela a la canción. Un movimiento creado y exportado a través de un engendro, fruto de los petrodólares y el verbo incendiario de un líder carismático, no puede sobrevivir mientras que ese líder se niegue a resucitar y el petróleo resulte ser una cobija demasiada corta para cubrir el cementerio de empresas privadas fallecidas por la revolución. Sin generosidad venezolana, los gobiernos en países como Argentina, Bolivia, y Ecuador se han quedado sin otra alternativa que abandonar sus «principios revolucionarios» o tener que entregar las llaves a los respectivos palacios presidenciales.

Las raras amistades no compradas, se forjaron a través de tener enemigos en común. Por ejemplo, Irán, con la cual, a pesar de tener poco en común a nivel de filosofía gubernamental, Venezuela basó sus relaciones con la República Islámica -ante todo- en dos factores: amistad personal entre Chávez y Ahmadinejad, y la solidaridad de países buscando liderar movimientos «anti-imperialistas» en sus regiones. Ahora, con Chávez muerto y Hassan Rowhan, el sucesor de Ahmadinejad, buscando fomentar mejores relaciones entre su país y el status quo internacional, luce poco probable que la relación siga por el mismo rumbo de antes.

Hasta ahora, Rusia se ha mantenido leal, aunque los beneficios de esa amistad, históricamente han sido pocos para nosotros.

¿Quiénes más nos quedan entonces?

¿Cuba?: Por ahora no nos abandonará, ya que es la feíta de la fiesta con quien nadie más quiere bailar. Pero no se sorprendan al ver un cambio de tono, cuando ya no podamos mantenerla de la manera en que se ha acostumbrado.

¿Zimbabue?: La Venezuela de África. Tal vez podríamos fomentar una rivalidad amistosa respecto a la inflación monetaria, los chanchullos electorales y las sonoras promesas vacías con cual se glasean las realidades autocráticas.

Las amistades diplomáticas, al igual que todo, están guiadas por las leyes de oferta y demanda. Hace pocos días, con la solidaridad que le ofreció Nicolás Maduro al régimen genocida de Bashar Assad en Siria, verdaderamente tocamos fondo: como nación nos comimos el último cambur podrido en el Mercal de la geopolítica revolucionaria.

¡Ya basta! Durante quince años, hemos malgastado la bonanza petrolera más grande de la historia. Mientras que otros países con iguales recursos reforzaron sus reservas, e invirtieron en sus infraestructuras, Venezuela quemó su buena fortuna en corrupción, propaganda y en alquilar amistades fariseas y lealtades efímeras. ¿Y ahora qué nos queda?

El día que se le ocurra a nuestros gobernantes añadirle un verso nuevo al himno nacional — al igual que modificaron al escudo, la bandera y hasta el nombre de nuestro país – les reto a que encuentren palabras que mejor reflejen la Venezuela de Maduro, que el verso con el cual comencé este artículo.

Dicha canción, al finalizar su lamento, además ofrece una advertencia:

«Pero en cuanto vuelvas a ponerte en pie;

Todos querrán ser tus viejos amigos perdidos.

Es algo extraño, y no se puede dudar,

Ya que nadie te conoce cuando estás en la lona».

Esperemos, que eso sea el caso, y que Venezuela –al igual que el cantante- por más que haya perdido su fortuna, haya logrado al menos aprender algo. Esa lección nos habrá costado demasiado cara, pero al menos será algo tangible con lo cual recordar a la quinta república. Sin dólares hermano, no hay revolución.

@Dlansberg

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