Opinión Nacional

Venezuela Hoy: hiperinflación política y devaluación del entendimiento

La hiperinflación y la devaluación monetarias no son tan graves ni tan dañinas como la hiperinflación política y la devaluación del entendimiento social, porque éstas son causa y caldo de cultivo de aquéllas. Una prueba, dramática y dolorosa, de tal afirmación la tenemos, aquí y ahora, en Venezuela, ante nuestros propios ojos. El país entero gira, como satélite cautivo, describiendo una y otra vez la misma trayectoria, el mismo círculo vicioso, el eterno retorno de lo mismo, alrededor de un centro de gravedad aparentemente insoslayable: El Palacio de Miraflores.

En la Venezuela actual parece no haber nada más importante que la política. Y parece no haber otra política posible más allá de la estéril confrontación entre el polo protagónico y el polo antagónico. Marchas y contramarchas, paros y reparos, libertad, libertad, libertad…, patria, socialismo o muerte… ¿De dónde viene y a quién sirve tal dicotomía, polarización tan disociante, santificación-o-satanización-sin-otra-opción de ideas, espacios y personas?

No son de ahora ni poco profundas las raíces del problema. Tal vez provienen de muy atrás en nuestra historia, de los tiempos iniciales de la llamada “cuarta república”. En efecto, desde 1830, por ponerle alguna fecha al infortunio, la Nación venezolana (que llaman “país nacional”) ha estado secuestrada por el Estado (que llaman “país político”). A su vez, el Estado ha estado secuestrado por el Poder Ejecutivo (lo que llaman “régimen presidencialista”). Y el Poder Ejecutivo, a su vez, lo ha estado por sucesivas dictaduras caudillistas o “dictablandas” de partido, al servicio de intereses domésticos o transnacionales, que han ido creando un estado-nación geográficamente invertebrado, económicamente petrocéntrico, socialmente insolidario y políticamente hiperinflado.

Por otra parte, nuestro imaginario colectivo ha sido siempre bipolar y maniqueo, mientras nuestra realidad cultural ha sido siempre múltiple y compleja. Eres chicha o limonada o no eres nada, lo repitemos hasta cantando, como si no existieran los guarapos de caña o de café, los jugos de fruta dulce o un buen vaso de agua clara. Mientras tanto, los medios de (in)comunicación social han hecho su trabajo secuestrando nuestra capacidad de entendimiento personal o colectivo: eres pitiyanki o comunista, demócrata o cavernícola, escuálido o chavista. Como si la realidad fuera en blanco y negro y no un arcoiris de color y mestizaje. Total esquizofrenia.

De la cual no tendremos remedio mientras sigamos creyendo que por un lado están las fuerzas del bien y la verdad, y por otro las fuerzas del mal y la mentira. Y que nosotros estamos, no faltaría más, del lado del bien y la verdad (o, mejor dicho, que el bien y la verdad están donde estamos nosotros). No tendremos remedio si no volvemos a entendernos, a hablarnos y a querernos como personas, con común entendimiento y con sentido común. No tendremos remedio si no hacemos la prueba de llegar a acuerdos políticos y pactos sociales por convencimiento y consentimiento mutuo (es decir, por consenso) entre todas y todos, en la Nación, no por mayoría electoral o por la fuerza de una minoría mesiánica.

No tendremos remedio mientras no derrotemos nuestra tradicional hiperinflación política y recuperemos el valor de nuestra inteligencia o entendimiento social. Y el primer paso para zafarnos de los cuernos del dilema chavismo-antichavismo es comprender que, en realidad, hay muchas cosas en que todos y todas estamos de acuerdo. (En el peor de los casos, estaríamos de acuerdo en que no estamos de acuerdo en nada, y eso ya es estar de acuerdo en algo y, por tanto, no podemos estar en absoluto desacuerdo.) El segundo paso es comprender que, para estar cuerdos, hay que hacer acuerdos. Y el tercer paso es comprender que el Sol no gira alrededor de la Tierra, la Tierra no gira en torno a Venezuela, Venezuela no gira en torno a Miraflores y Miraflores no gira en torno al Socialismo Ventiúnico, aunque parezca lo contrario.

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