Opinión Nacional

Venezuela ¿Por qué no te callas?

Uno supone que un gobierno revolucionario democrático, participativo y protagónico, lejos de cerrarle oportunidades al colectivo para garantizar en definitiva el mayor bienestar posible, debería por el contrario delinear políticas que favorezcan la garantía de los privilegios de que ya goza e incrementar los beneficios en aquellas áreas donde aún se adolece de suficientes condiciones para obtener un nivel de vida de mayor calidad.

La Constitución Nacional redactada en 1999 detenta un valioso artículo (58) en función de los logros democráticos que hemos obtenido como pueblo a lo largo de las luchas por nuestras reivindicaciones sociales que reza lo siguiente: “La comunicación es libre y plural, y comporta los deberes y responsabilidades que indique la ley. Toda persona tiene derecho a la información oportuna, veraz e imparcial, sin censura, de acuerdo con los principios de esta Constitución, así como el derecho de réplica y rectificación cuando se vean afectados directamente por informaciones inexactas o agraviantes.”; artículo que a la luz del nuevo proyecto de Ley (sobre “Delito Mediático”) propuesto por la magistrada Luisa Ortega Díaz ante la Asamblea Legislativa para su próxima aprobación, involucra un grave retroceso en nuestras aspiraciones libertarias ciudadanas; ya que ante dicho proyecto, una vez aprobado, el artículo 58 previamente transcrito, quedaría anulado de acuerdo a líneas que establecen la censura, según el criterio de jueces que tendrían la potestad de decidir cuándo una expresión cualquiera expuesta en cualquier medio, ya sea la televisión, la radio, celulares, una obra de arte, etc., puede ser objeto de penalización si se considera que atenta con algún interés de los que los propulsores de dicha ley protegen.

Esta ley, claramente anticonstitucional, de acuerdo a mi criterio, tendería a intimidar a cualquier persona, sin distingo de clase, sexo, posición social, etc., que pretenda emitir públicamente alguna opinión; sobre todo si dicha persona carece de base cognoscitiva suficiente en relación al tema que esté desarrollando, lo cual induciría a silenciar las inquietudes de las mismas, y dejar el debate sólo a aquellos que tienen estudios avanzados en las materias tratadas, y aun así, dado lo subjetivo que suele gravitar en torno a las interpretaciones de las cosas, la libertad de estos “expertos” estaría sujeta a un criterio superior con rango para absolverlo o hundirlo (con cárcel hasta por cuatro años) si dicho censor considera que se están violentando los preceptos que dicha mencionada ley contra delitos mediáticos contiene.

Ante esta artera arremetida contra nuestros privilegios constitucionales, que intenta retrotraernos a tiempos primitivos de nuestra historia, y que se ejecuta simultáneamente con medidas de cierre hacia un importante número de radioemisoras nacionales, muchas de las cuales podrían incluso considerarse patrimonio público, me pregunto: ¿qué impulsa a un movimiento revolucionario que se supone de avanzada y que sostiene que a toda revolución le hace falta el látigo de la contrarrevolución, a alentar, promover, establecer, leyes que van en contra del propio pueblo al que dice reivindicar?
¿Por qué un gobierno de orientación socialista pone cortapisas a una de las pocas riquezas sociales de las que dispone la gente humilde como es su libertad de expresión, su palabra, su posibilidad de decir?
¿Qué determina la contradicción entre los modos coercitivos de esta ley contra delitos mediáticos y el canto de un Alí Primera -cuya filosofía la revolución a asumido para sí- cuando dice: “Échala, tu palabra contra quien sea, de una vez; aunque sepas que te condena, échala; aunque sepa que rompe nubes, échala…”?
Alí Primera, arriesgándose a todo, echaba su palabra al viento en tiempos de la IV República. ¿Debemos seguir con nuestro verbo-fuego atorado en el guargüero, ahora que la espada de Bolívar camina por América Latina… o es necesario acompañar al poeta Ramón Mendoza con esta prédica: “Nadie debe quemarse desde adentro”?
Siento que esta ley que se cierne amenazante sobre nuestro futuro conlleva un espíritu extraño, mezcla de miedo e intimidación que abre sus fauces para decirnos con voz nada simpática: ¡Venezuela, ¿por qué no te callas?!
Atentando contra una libertad de vital importancia, tan importante como la vida. Porque a veces la vida pudiera ser un discurrir miserable e insoportable si están truncados los canales del verbo, si el corazón revienta de gritos ante lo que reclama aunque sea una retahíla de palabras equivocadas; si un manto de noche eterna se dispone a cubrir el alma de la patria porque tiene que callarse el cantor.

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