Opinión Nacional

Venezuela: todavía no lo hemos visto todo

Washington (AIPE)- Los dramáticos sucesos ocurridos en Venezuela en abril, cuando una masiva protesta popular aparentemente condujo a la renuncia del presidente Hugo Chávez, seguida casi de inmediato por su regreso al poder, es materia que los analistas políticos latinoamericanos desmenuzarán y debatirán por mucho tiempo. Pero es en realidad irrelevante si Chávez firmó su renuncia por decisión propia o si fue obligado a hacerlo; si se trató o no de un golpe militar; si su salida fue una violación del juego democrático; si el gobierno que por unas horas lo reemplazó iba a convertirse en un régimen autoritario; si el regreso de Chávez es un “triunfo” para la democracia regional o si el gobierno de Bush es culpable o no de promover un golpe para derrocar a un líder latinoamericano francamente inamistoso.

Lo que sí es importante comprender es que la grave situación económica, política y social venezolana, que condujo a tales sucesos no ha cambiado. Más bien ha empeorado. Venezuela sigue al borde del abismo, pero antes de analizar esa realidad, debe quedar claro que Chávez fue depuesto porque el alto mando militar rehusó aceptar la violencia desplegada por sus seguidores contra una manifestación eminentemente pacífica. Y su regreso al poder fue ocasionado por un cambio de actitud de parte del mismo alto mando militar, temeroso de las turbas chavistas que convergían hacia el palacio presidencial, su propio descontento ante las medidas iniciales del gobierno de transición y las probables sanciones de aquellos que “no ven la maldad, no oyen la maldad y no expresan la maldad”, pertenecientes al Grupo de Río, a la OEA y demás miembros internacionales de la “comunidad de derechos”.

La llamada revolución bolivariana de Chávez no es fácil de clasificar. Chávez, gran amigo de Fidel Castro, admite ser “aliado estratégico” de virtualmente todos los regímenes terroristas del Medio Oriente y también de la China maoísta, auto-denominándose paladín de la antiglobalización. Esto en un país que depende casi totalmente de la exportación de un solo producto, el petróleo. La realidad es que Chávez es un receptáculo de basura, repleto de todas las ideologías podridas y fracasadas del siglo XX: comunismo, fascismo, nacionalismo extremo, autoritarismo personal, mesianismo militar, etc. No hay duda de su confusión mental ni de que su único interés es el poder personal. Siente un inmenso resentimiento hacia los ricos, los de buena cuna, los competentes y, en Venezuela, hacia los blancos.

Lo curioso es que la revolución chavista es anti-revolucionaria. Desde que asumió el poder no ha expropiado a una sola empresa y, fuera del sector petrolero, permite la inversión extranjera. Vive amenazando a la prensa, pero no ha cerrado ningún periódico. Todos los jueces y funcionarios públicos que ha nombrado son seguidores suyos, pero eso, lamentablemente, es la costumbre en América Latina. Y ni siquiera se ha preocupado de fortalecer a su propio partido. En esto último, Chávez se parece a otro fraude del Caribe, quien antes también era adorado por la misma “comunidad de derechos”: el presidente Aristide de Haití. Como me explicó una vez el líder del Partido Comunista haitiano: “no le gustan los partidos… no quiere uno propio… lo que quiere es tener constantemente una muchedumbre arremolinada a su alrededor”.

La verdadera definición del chavismo es incompetencia, corrupción, descortesía, retórica incendiaria, violación de todas las normas tradicionales que separan a las fuerzas militares de la política y la creación de los Círculos Bolivarianos, bandas compuestas de chavistas bravucones y matones, formadas y armadas para intimidar a la oposición.

Venezuela hoy languidece en medio de un peligroso vacío institucional y político. La sociedad civil, vigorosa y bien organizada, se opone frontalmente a Chávez a través de huelgas y manifestaciones, pero no puede gobernar. Chávez todavía cuenta con el apoyo de fanáticos, quienes provienen del sector de la población que nada tiene que perder. Así detectamos en Venezuela los ingredientes clásicos de una guerra civil: polarización, grave crisis económica, una clase política desprestigiada y militares divididos. ©

* Académico residente del American Enterprise Institute.

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