Opinión Nacional

Viaje con el Padre Olaso a Bogotá para visita del Papa Pablo VI

Recién estrenando mis 17 años, con el Padre Luis María Olaso S.J. guiando su blanco y diminuto Fiat, emprendimos un largo viaje hacia Bogotá en 1967. En Lara paramos, no donde mis tíos Viloria Riera de Carora distantes en el afecto y en la geografía, dormimos cómodos y seguros en la casa del entonces Gobernador del Estado, Said Padua Coronel, quien con especial cariño nos dio posada, encomendándome el cuidado de su hija Vivian, quien junto con su madre también viajarían a Bogotá a recibir la bendición papal. Días después tuve la ocasión de conocer el muy reputado Hotel Tequendama donde Vivian y su madre moraban a buen riesgo, mientras que yo deambulaba por unos terrenos en las afueras de Bogotá, donde se había construido, distante, la villa papal.

Largo y dispar recorrido realizamos con Olaso por las montañas, gargantas, despeñaderos, pasos a nivel, pueblos y ciudades de una Colombia rural y generosa, cuyos sorprendidos habitantes salían de sus casas a ver a tan inusitados visitantes. Antes de llegar a la gran sabana de Santa Fe de Bogotá, pasamos Cúcuta, Bucaramanga, Pamplona, el Páramo de Berlín, San Gil, Tunja, despertando, en casas de parroquia, pensiones y comederos, la misma cordialidad y extrañeza ante esos insospechados e inusuales viajeros. El padre Andujar S.J. y Julio Frías nos acompañaban, no recuerdo si llegaron con nosotros a Bogotá en el pequeño Fiat del trotamundos Olaso que lentamente fue deglutiendo kilómetros y kilómetros, mientras nosotros engullíamos huevos frescos, hormigas en San Gil, bebíamos leche de cabra y el cuerpo y la sangre de Cristo me era ofrecido todos los días por mis jesuitas amigos y por los sorprendidos curitas huéspedes del camino. Con Olaso aprendí el valor de la fe sincera, el poder de la pequeña emoción, también entendí, en ese pedagógico viaje, que dios no se escribe con mayúsculas ni exige antesalas para encontrarlo, es un dios sin agendas, de puertas y corazón abierto, es mi dios amigo, nadapoderoso.

Bogotá, a diferencia de mi segunda visita unos veinticinco años después, ¡qué lejos estaba de Caracas en ese entonces!, era una ciudad apacible, andina, de pausado andar y cortés trato, muy distinta de la caribe, bullanguera y confianzuda Caracas. Conocí La Universidad Javeriana de rigor, asistí a las misas campales, comulgué hasta el hartazgo, y con una Vivian, joven y en pleno acné, realizamos unas cuantas visitas a no sé quien en no me acuerdo dónde.

Con Olaso descorrimos la vía de regreso, el curita venía feliz del encuentro con el Santo Padre, degustaba también, se engolosinaba con el próximo encuentro con su único hermano de Pamplona, España, en la Pamplona de Colombia. Ahí lo recogimos, los dos Olaso se quedaron en Cúcuta; yo con los cien bolívares que me había dado el Padre continué mi camino hacia Caracas, en un por puesto conducido con un atrevido e irresponsable conductor que, a fuerza de mascar chicle, despierto a duras penas se mantuvo, antes de dejarme, de último, en la puerta de mi casa caraqueña, donde una familia – entre el miedo y el orgullo – esperaba los bocadillos de membrillo, el pan andino de rigor y a un hijo que, en adelante, sería protagonista de otros viajes, testigo de otros mundos.

Olaso regresó días después, misiones religiosas y familiares cumplidas, a continuar difundiendo el mensaje de su Dios y a captar nuevos adeptos para la causa de la Palabra Divina, reinterpretada por la Santa Iglesia a fin de adaptarla a tiempos nuevos e impacientes creyentes que, desde varios sitios del planeta, reclamaban la justicia de los cielos y, en especial, la de la Tierra.

Años después de tanta religión, culto, retiros y mística, en compañía de mi dios amigo, nadapoderoso, apartado de ritos, inciensos y misales, buscando religarme y desligarme como recomienda mi apreciado amigo Salvador Pániker, comparto las conclusiones de Los Hermanos de la Pureza de Basora:

“el hombre perfecto e ideal debería ser de origen persa oriental, de educación iraquí (es decir, Babilonia), de fe arábiga, hebreo por su astucia, discípulo de Cristo en su conducta, tan piadoso como un monje sirio, griego en las ciencias particulares, indio para interpretar todos los misterios, pero en definitiva y especialmente, sufí en toda su vida espiritual.”

 

 

 

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