Opinión Nacional

Viejo Smoking

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El cuento de “la imagen argentina en el exterior” presenta un “relato” -como prefiere decir la señora Cristina-, deplorablemente sombrío.

Basta con leer “Borges y los piqueteros”, de Mario Vargas Llosa, en “El País”, de Madrid, en exclusiva, en la edición del domingo. En simultáneo con “El Comercio”, de Lima, y “El Periódico”, de Guatemala.

Trátase de un texto elementalmente ilustrativo. Ideal para disuadir a la conjunción de los inseguros sensibles. Los preocupados, hasta las dependencia, por la impresión de la otredad. Culturalmente provincianos, que aún suelen preguntar: ¿cómo nos ven?
A pesar de enrolarse en la causa perdida del librecambio, o más grave aún, en la fila de la estricta derecha conceptual, el peruano Vargas Llosa es, ante todo, un escritor admirablemente canónico.

Produjo dos o tres novelas superiores del siglo veinte. “Conversación en la Catedral”, por ejemplo, novelón de 1969, una obra indispensable para cualquier interesado en indagar acerca de la problemática del Perú. O la monumental “Guerra del fin del mundo”, de 1981, que aborda la épica menos turística del Brasil, la del sertao. O sobre todo “La fiesta del Chivo”, del 2000. Un notable manual narrativo para interpretar la problemática del caudillismo latinoamericano, pero con resultados estéticamente más alentadores que los registrados, sin ir más lejos, por García Marquez, Carpentier, Roa Bastos, u otros tantos epigonales del español Valle Inclán.

Vargas Llosa fue candidato, además, en 1990, a la presidencia del Perú. Pero infortunadamente perdió la elección con Fujimori. El adversario que podía haber sido, a lo sumo, la inspiración para uno de sus personajes laterales. De los menos memorables.

Con seguridad, “Borges y los piqueteros” podrá leerse, en algunos días, a través de “La Nación”. La repetidora local que divulga, aunque tardíamente, sus artículos.

La declinación argentina
Otra vez se alude, aquí, al asombro persistente de la involución nacional. La peripecia de derrota que Argentina, en el trayecto de su historia, produce.

Desde la cantinela remanida del “pasado esplendor”, ya presente en el tango “Viejo Smoking” (letra de Celedonio Flores). Hasta la declinación, indeteniblemente inagotable, que inflexiona en la tristeza patética de la actualidad.

La decadencia fue estudiada, en la instancia de su rigurosa plenitud intelectual, por el ensayista Carlos Escudé, pero bastante antes de haber adherido a la complacencia kirchnerista. Y de haber sido, incluso, un animador ideológico de la transformadora política exterior del menemismo. (Evócase que Escudé fue el emisor inicial del concepto consagratorio de las “relaciones carnales”, que alude a la vinculación con los Estados Unidos).

En “Borges y los piqueteros”, Vargas Llosa prosigue el sendero trazado por Escudé. Para enunciar la declinación de “una nación entera, obnubilada por el populismo, el autoritarismo”. Plagas despreciables que aguardaron al “país más próspero y mejor educado de América Latina”. Que atraviesa el trayecto misericordioso. Desde la luminosidad, o sea de Borges, hacia el oscurantismo, o sea los piqueteros.

Vargas Llosa simboliza la épica del ocaso en la manoseada parábola laboral del Borges de los cuarenta. Cuando, por el advenimiento del primer peronismo, Borges pasa, desde el sitial de prestigio del bibliotecario, hacia la vulgaridad “degradada” del inspector de aves “y gallineros”.

Es decir, Vargas Llosa recurre a Borges para describir una Argentina que “rechazó el camino de la civilización”, como simplifica. Para abandonarse a la abyecta impresentabilidad de “la barbarie”. Y cerrar, con programado entusiasmo, el maniqueismo teórico de un Sarmiento de fast food.

La barbarie es, precisamente, el destino que hubiera deseado, para la Argentina, el Escribidor, uno de los personajes menos relevantes de la narrativa de Vargas Llosa. Aquel guionista boliviano de melodramáticos radioteatros de la tarde, que solía cortejar a la “Tía Julia”. Y que detestaba, con identificable énfasis racional, a los argentinos. En “La tía Julia y el Escribidor”, de 1977, una de las novelas más pasatistas de Vargas Llosa. La obra, con su estremecedora amenidad, mantiene el mérito rescatablemente módico de la intrascendencia. Logro nada menor, por el contexto signado por naderías significativamente ambiciosas.

Solapas que encandilaban
Evocaciones melancólicas del país “Viejo smoking”, que cantaba Gardel. Y que casi superó Julio Sosa.

País que se ufanaba, por básico efecto comparativo, de la educación alcanzada. Por la diferenciación, culturalmente abismal, con la marginalidad del vecindario. El lindero que solía irritarse, en general, con nuestra impostura compulsiva de “europeos en el exilio”. Tal como insinuaba, aunque irónicamente, Borges. Con el mito romántico de las librerías abiertas hasta la madrugada, que inspiraba la indolencia creativa de los bohemios.

Una construcción ilusoria que se encuentra, en definitiva, implacablemente derrumbada. Tanto para Vargas Llosa como para cualquier observador regional. Porque se asiste a las secuelas del país “latinoamericanizado”, según Vargas Llosa. De la peor manera. Albricias, los argentinos entonces ya somos iguales. Menos que iguales. Porque estamos a punto de ser superados por los avances del vecindario. Para algarabía póstuma del Escribidor de los radionovelones. La cultura libresca, en la “desfalleciente Buenos Aires, se encuentra casi demolida por centenares de piqueteros”. Las “fuerzas de choque del poder político” que aterrorizan a la población, con la distribución democrática de sus trompadas. Como si la guapeza artificial de D’Elía, con su racismo pintoresco e irracional, corporizara aquel vaticinio, el más promovido, de Sarmiento.

Un texto, el de Vargas Llosa, que probablemente impacte a los lectores hispanoamericanos. Los que perfectamente pueden reiterar las plácidas ceremonias del estupor. Que certifican los invariables cuentos de argentinos, que suelen ser contagiosamente festejados. Porque caricaturizan, hasta el grotesco, la petulancia de las imposturas que se nos atribuyen. Como si “nuestros hermanos” culturalmente se vengaran por la lícita trasgresión de haber tenido, alguna vez, un smoking.

Aunque el smoking se encuentre olvidado en el armario. Y sus solapas, por gastado y viejo, ya no encandilen a nadie.

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