Opinión Nacional

Visión y misión de la próxima Asamblea Nacional de Venezuela

A pocas horas de elegir los ciento sesenta y cinco (165) diputados de la próxima Asamblea Nacional (AN) para el quinquenio 2011-2016, quiero aprovechar este espacio para transmitir un mensaje institucional dirigido a todas las candidatas(os) que  hemos sido postulados(as) por los movimientos, organizaciones, grupos de electores y partidos políticos nacionales y regionales que participarán en esa contienda electoral. La reflexión que transcribo más abajo la he extraído del documento titulado DISCURSO A LOS ELECTORES DE BRISTOL, escrito y leído por Edmund Burke (1729 –1797) el 3 de noviembre de 1774 al ser declarado elegido como uno de los representantes de aquella ciudad en el parlamento británico.

Hoy quiero compartir con los demás candidatos(as) a la AN, y con quienes conforman el pueblo elector, la pertinencia y profundidad de un  pensamiento democrático y universal a partir del cual deberían definirse la Visión y Misión de la próxima AN de Venezuela. El texto completo del discurso puede ser leído en la siguiente página: http://docs.google.com/viewer?url=http://www.der.uva.es/constitucional/materiales/libros/Burke.pdf. Las partes centrales de la disertación del diputado Burke son las siguientes:

“Me debo en todas las cosas a todos los vecinos de esta ciudad. Mis amigos particulares tienen sobre mí el derecho a que no defraude las esperanzas que en mí han depositado… Me han apoyado basándose en los principios más liberales. Deseaban que los diputados de Bristol fueran escogidos para representar a la ciudad y al país y no para representarles a ellos exclusivamente.

….Siento no poder concluir sin decir una palabra acerca de un tema que ha sido tocado por mi digno colega. Desearía que se hubiese pasado por alto el tema, porque no tengo tiempo para examinarlo afondo. Pero ya que él ha considerado oportuno aludir a él, os debo una clara explicación de mis pobres sentimientos acerca de esta materia. Os ha dicho que  EL TEMA DE LAS INSTRUCCIONES HA OCASIONADO MUCHOS ALTERCADOS Y DESASOSIEGO EN ESTA CIUDAD y, si le he entendido bien, se ha expresado en favor de la autoridad coactiva de las referidas instrucciones.

Ciertamente, caballeros, la felicidad y la gloria de un representante deben consistir en vivir en la unión más estrecha, la correspondencia más íntima y una comunicación sin reservas con sus electores. Sus deseos deben tener para él gran peso, su opinión máximo respeto, sus asuntos una atención incesante. Es su deber sacrificar su reposo, sus placeres y sus satisfacciones a los de aquéllos; y sobre todo preferir, siempre y en todas las ocasiones, el interés de ellos al suyo propio. Pero su opinión imparcial, su juicio maduro y su conciencia ilustrada no debe (estar sujeta) a vosotros, a ningún hombre o grupo de hombres. Todas estas cosas no las tiene derivadas de vuestra voluntad ni del derecho y la Constitución. Son un depósito efectuado por la provincia, de cuyo abuso es tremendamente responsable. Vuestro representante os debe, no sólo su industria, sino su juicio, y os traiciona, en vez de serviros, si lo sacrifica a vuestra opinión.

Mi digno colega dice que su voluntad debe ser servidora de la vuestra. Si eso fuera todo, la cosa es inocente. Si el gobierno fuese, en cualquier parte, cuestión de voluntad, la vuestra debería, sin ningún género de dudas, ser superior. Pero el gobierno y la legislación son problemas de razón y juicio y no de inclinación y, ¿qué clase de razón es esa en la cual la determinación precede a la discusión, en la que un grupo de hombres delibera y otro decide y en la que quienes adoptan las conclusiones están acaso a trescientas millas de quienes oyen los argumentos?

Dar una opinión es derecho de todos los hombres, la de los electores es una opinión de peso y respetable, que un representante debe siempre alegrarse de escuchar y que debe estudiar siempre con la máxima atención. Pero instrucciones imperativas, mandatos que el diputado está obligado ciega e implícitamente a obedecer, votar y defender, aunque sean contrarios a las convicciones más claras de su juicio y su conciencia son cosas totalmente desconocidas en las leyes del país y surgen de una interpretación fundamentalmente equivocada de todo el orden y tenor de nuestra Constitución.

El Parlamento no es un congreso de embajadores que defienden intereses distintos y hostiles, intereses que cada uno de sus miembros debe sostener, como agente y abogado, contra otros agentes y abogados, sino una asamblea deliberante de una nación,  con un interés: el de la totalidad; donde deben guiar, no los intereses y prejuicios locales, sino el bien general que resulta de la razón general del todo. Elegís un diputado; pero cuando le habéis escogido, no es el diputado por Bristol, sino un miembro del Parlamento. Si el elector local tuviera un interés o formase una opinión precipitada, opuestos evidentemente al bien real del resto de la comunidad, el diputado por ese punto debe, igual que los demás, abstenerse de ninguna gestión para llevarlo a efecto.   

…Desde el primer momento en que se me alentó a solicitar vuestro favor, hasta este feliz día en que me habéis elegido, no he prometido otra cosa, sino intentos humildes y perseverantes de cumplir con mi deber. Confieso que el peso de ese deber me hace temblar y quienquiera que considere bien lo que significa rehuirá, despreciando toda otra consideración todo lo que tenga la más ligera probabilidad de ser un compromiso positivo y precipitado. Ser un buen miembro del parlamento es, permitidme decíroslo, una tarea difícil; especialmente en este momento en que existe una facilidad tan grande de caer en los extremos peligrosos de la sumisión servil y de la populachería.»  

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