Opinión Nacional

Visitas presidenciales

No menos que sorpresas ha provocado en la opinión pública el recién adquirido hábito del Presidente Chávez de presentarse en programas de radio y televisión, especialmente en aquellos que muestran una marcada línea crítica hacia su gestión de gobierno. Esto ha llamado la atención en forma muy particular pues a ciencia cierta no se sabe cuál es el objetivo que se persigue con ello, y mucho menos se puede especular sin peligro de exageración sobre la influencia que, en la agenda de trabajo presidencial, ocasiona este ir y venir sin descanso de un medio a otro. Esto exige tiempo y esfuerzo porque enfrentarse a una batería de periodistas de temple y experiencia no es cualquier cosa, y mucho menos se puede aspirar a salir totalmente ileso en ese tipo de encuentro: alguna herida se abre a lo largo del camino.

Pero no deja de ser interesante el fenómeno en sí, en un país estremecido por el rumbo de los cambios y por la incertidumbre económica, donde los periodistas y los medios han estado en el medio de la tormenta jugando un papel de primordial importancia a la hora de recoger y reflexionar sobre el curso de los acontecimientos, de sus consecuencias inmediatas y a largo plazo, de sus proyecciones profundas en el seno de la sociedad. En los últimos tiempos (desde el segundo gobierno de Pérez hasta hoy) la prensa ha venido ocupando un espacio político cada vez mayor en la vida de los venezolanos. Sus actuaciones se han hecho cada vez más significativas y provocan situaciones de opinión que deben ser tomadas muy en cuenta. A nadie puede escapársele lo positivo de este paso y tampoco, por supuesto, los peligros que pueden surgir de esta práctica.

Antes cuando los medios se acercaban a la política lo hacían de manera pasiva y hasta cierto punto cautelosa. Hoy el enfoque ha cambiado: se tiende más a interactuar y a sentirse parte especialmente activa frente a los acontecimientos. Es cierto que se especula mucho y que el ejercicio de la competencia impone un «tiempo reducido» a las comprobaciones necesarias de los hechos, pero también se arriesga mucho profesionalmente, lo que obliga a afilar las intuiciones como instrumento indispensables para entender el curso de la crisis, a la vez que se jerarquizan las fuentes en función de su confianza. Ello no exime del error pero ayuda en mucho a moverse hacia adelante dentro de un proceso que lanza señales difíciles de desentrañar.

El Presidente Chávez se mueve en este escenario como pez en el agua. Sabe que si bien cuenta con un sólido respaldo popular y que su presencia (o ausencia como ocurrió hace poco) es llamativa para los medios, incluso para aquellos que lo adversan de manera abierta, no olvida que debe mantenerse en el centro de atención de la opinión pública porque su movimiento político se confunde con él, se desplaza al cobijo de su sombra y se aglutina en torno a sus pareceres coyunturales o estratégicos. Tampoco olvida los años difíciles previos al lanzamiento de su candidatura, cuando era apenas un convidado más en los programas de opinión.

De hecho, el fiasco de las megaelecciones ocasionó fisuras importantes en la proyección pública de la imagen del Presidente y de su capacidad para generar credibilidad a partir de sus palabras. La confianza y la seguridad en sus promesas salieron maltrechas de esa prueba: aseguró en el mitin de cierre de su campaña (en la avenida Bolívar) que las elecciones iban por encima de cualquier obstáculo y no fue así, como se supo dos días después. Por primera vez el «chavismo» sintió que su jefe máximo podía equivocarse como cualquier mortal y que también era susceptible de ser engañado por sus colaboradores. El Presidente se retiró de la escena y preparó cuidadosamente su regreso.

El escenario escogido no fue, como podía pensarse, el más acogedor y propicio. No tenía sentido agotarse en esos predios benévolos: el Presidente salió a buscar batalla en aquellos espacios que le habían sido particularmente críticos. El propósito era doble: rehabilitar su imagen de líder luchador que se levanta tras una caída, y luego «victimizarse» ante la audiencia porque es él quien acude al campo enemigo, solo y sin más armas que su palabra. Pero genio y figura: apenas se vio en el programa de Mingo en Globovisión sacó la espada e hizo a un lado la tolerancia que exige la democracia. De igual talante acudió al espacio radial de César Miguel Rondón y al de Nitu Pérez Osuna. No quedó duda alguna: es su nueva estrategia pero no dará frutos.

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