Opinión Nacional

Votar o no votar: Esa no es la cuestión

Es sintomático que al buscarle una relación  a la crisis política que tiene en este momento a miles de estudiantes protestando por las calles de Venezuela,  el oficialismo no piense en el referendo revocatorio del 15 de agosto del 2004 que culminó con un cuestionado resultado electoral adverso a  la oposición que puso fin a la movilización popular iniciada desde finales del 2001, sino en la crisis política del 11 abril del 2002, cuando una manifestación de millón y medio de opositores  fue contenida a tiro limpio en Puente Llaguno por bandas armadas de la burocracia partidista y  gubernamental con un saldo de 19 muertos y 150 heridos.

O lo que es lo mismo: que para el gobierno de Hugo Chávez las manifestaciones estudiantiles no se dirigen solo a frustrar o aplazar la reforma constitucional y el referendo que busca aprobarla, sino  a poner en evidencia el perfil autoritario y dictatorial de un régimen que más allá de la reforma o el resultado del referendo, está “ya” constituido en un gobierno al margen de la ley y frente al cual no queda otro recurso que la lucha.

Aun más, yo diría que lo que esencialmente  le duele al chavismo es esta última percepción y las políticas que genera, y que para disuadirlas o aplastarlas está dispuesto a saltar sobre la reforma y el referendo mismos.

¿Qué la reforma extrema este conflicto gobierno-nación, y que la convocatoria al referendo ofrece la oportunidad de denunciarlo y aun de derrotarlo? Pues ciertamente sí, pero sin que ello signifique que porque deje de haber reforma o sea derrotada en  diciembre próximo, el chavismo renuncie a ser más  autoritario, represivo y dictatorial de lo que ahora ha sido.

Y es en esa dirección que me parece  apuntan las manifestaciones estudiantiles que hasta la hora de escribir esta nota (la mañana del sábado) sacudían el país, las cuales estaban poniendo correctamente el acento en la denuncia de la naturaleza esencial del gobierno y no en las circunstancias  de que estaba reformando ilegalmente la constitución y convocando a un referendo fraudulento para aprobarla.

De ahí que para Chávez y sus seguidores aplastar las manifestaciones se está convirtiendo en una cuestión decisiva, estratégica y de vida o muerte y tratan de hacerlo de la única manera que saben hacerlo y que ya algunas veces les produjo resultados: a plomo limpio.

En este sentido los  sucesos de la tarde del miércoles  en la Universidad Central de Venezuela, cuando un grupo de estudiantes oficialistas armados hasta los dientes arremetió contra estudiantes democráticos que regresaban de una marcha pacífica con un saldo de 7 estudiantes heridos, son modélicos, pues revelan que para el gobierno, el problema es la movilización estudiantil en sí y que para contenerla debe definirla y establecerla como señal de una insurrección generalizada que solo de una manera circunstancial y tangencial conviene relacionar con la reforma y el referendo.

En otras palabras: que al oficialismo ya no le importa ir a votar el 3 de diciembre con las manos tintas de sangre, pues ha determinado que para perpetrar  el golpe de estado constitucional que ha denunciado Raúl Baduel, ya no le es necesario la paz, la legalidad, ni las disposiciones de la actual o la futura constitución.

Cuanto está el gobierno consubstanciado con esta solución  pudo verse en  la cadena de radio y televisión que una hora después de los sucesos de la UCV ordenó el ministro del Interior y Justicia, Pedro Carreño, quien ya traía una “versión oficial” de los hechos, presentando como “agredidos” a los estudiantes oficialistas que acababan de exhibirse en las cámaras de televisión pistola en mano disparando a diestra y siniestra, como “agresores” a los 7 estudiantes que en ese momento estaban siendo atendidos en la sala de  emergencia del Hospital Clínico de la Ciudad Universitaria, y deslizando de nuevo una tesis que cada día es más recurrente en la estrategia gubernamental: el allanamiento de  la autonomía universitaria.

Simulación macabra del más puro fascismo político que consiste, no solo en promover hechos de sangre y violencia que contribuyan a amedrentar y sacar de juego “al enemigo”, sino en pasar rápidamente a acusar a las víctimas de  victimarios, a culpabilizarlos por la actuación represiva de las fuerzas del orden y del desorden y dejarles el mensaje de que si no se inmovilizan y aceptan la estrategia del caudillo hacia el poder total, las pasarán peores.

Pero si hacía falta otra prueba de que las agresiones en  la UCV y la intervención de Carreño constituían una acción concertada, hubo que pararle al “debate” efectuado en la Asamblea Nacional la mañana del  jueves sobre los sucesos, y donde, con la presencia de 3 estudiantes que alegaban haber sido “agredidos” por las fascistas de la oposición, el conjunto de los asambleístas revolucionarios  intervino -pero sobre todo  las parlamentarias  Cilia Flores, Desireé Santos e Iris Varela- para presentar la versión de Carreño  corregida y aumentada y llamar  a que el canal de televisión que había trasmitido el video que más allá de toda duda demostraba quiénes eran los agresores, Globovisión, y el diario que publicó en primera una foto que lo corroboraba, “El Nacional”, “fueran barridos del mapa”.

Y aquí no cabe más que recordar por lo emblemático  del momento y de la persona que lo representaba, la voz y la figura de la asambleísta, Iris Varela, la cual gritaba que nunca se la había conocido como hipócrita “y por tanto se proponía para ponerse al frente de las pobladas que fueran a incendiar a Globovisión”.

Pero lo especialmente sustantivo de las intervenciones de los parlamentarios oficialistas, así como de la “alocución” de Carreño y del conjunto de las opiniones de los portavoces “revolucionarios” que se refieren a la crisis política en curso, es la tendencia a aislarla de la reforma y  el referendo del 3 de diciembre, a considerarla como una crisis en si misma y a proclamar que se le debe poner fin a como de lugar, y aunque manche de sangre una consulta que en razón de su contenido estratégico y constitucional debería suceder sin asomo de violencia e ilegalidad política.

Pero evidentemente son formalismos que ya no interesan al chavismo, el cual cada día se distrae más de la campaña a favor del “SI” y de la derrota del “NO”, prefiriendo ir al grano de asfixiar la protesta que, de mantenerse en combustión, puede arrollar al gobierno, la reforma y el referendo.

De modo que no es exagerado afirmar que el referendo se trasladó a la calle, que se sucede a diario y mucho antes del 3 de diciembre, y arroja un resultado que escapa al conteo tramposo de las máquinas Smartmatic, de los cuadernos electrónicos y de los dispositivos captahuellas, y que no es otro que el resultado de  la decisión de las mayorías nacionales de rechazar, enfrentar y derrotar a la dictadura chavista.

¿Pero estamos diciendo que esa decisión se coloca al margen del ritual electoral y que si celebra el referendo del 3 de diciembre hay que salir a boicotearlo o a no participar?
No, evidentemente que no, puesto que votar o no votar será siempre una decisión democrática y personal de cada ciudadano, pero sí que independientemente de que se realice en un sentido u otro, ya hay un referéndum en la calle y Hugo Chávez y su reforma lo están perdiendo.

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