Opinión Nacional

Votar, sagrado derecho

El arma de cambio que había esgrimido contra sus enemigos, se vuelve en su contra. Es la afirmación de muchos venezolanos que ven como en los últimos meses y años nuestro país y la sociedad pon entero han entrado a un espiral perverso de hostilidad, ineficiencia, irrespeto a toda condición humana, vituperio y el uso por parte del Estado y del monarca de turno de la violencia, el pánico, la hostilidad y demás naipes contra los cuales sólo queda castigar por medio del voto como sagrado derecho y prerrogativa que todavía tenemos los venezolanos como último recurso frente al orden actual.

De un momento para otro, la crisis de gobernabilidad adquiere una forma más avanzada: la de una crisis institucional en la que el gobierno pierde la iniciativa y el control sobre sus más importantes procesos de gobierno, sus principales organismos, políticas y programas gubernamentales. El único recurso con que cuenta el gobierno actual es aquel proveniente de la cesta petrolera a más de 40 $ el barril que le permite entre otras cosas, el festín populista de las misiones que el gobierno mantiene para detener su deterioro en término de eficiencia, legitimidad y demás. Dichas misiones son paliativos muy costosos que no solventan estructuralmente ningún problema de los que padece el país en materia de educación, salud y empleo.

Pese a los esfuerzos y de tener el apoyo y la venia del Tribunal Supremo de Justicia, El Consejo Nacional Electoral, El Poder Moral, Poder Electoral, Militar, Maria Lionza y pare usted de contar, el presidente no logra darle soporte y viabilidad a su proyecto político, y más aún, acometer una revolución que sólo está concebida en términos de oratoria y predica, sin tener en seis años materialización alguna que exhibir. Ha quedado claro en estos seis años de desgobierno que Chávez no ha sido capaz de ofrecer realmente un discurso y una práctica gubernamental sincronizada con la búsqueda de su revolución, además, el quiebre y deslave de parte de sus seguidores más cercanos y altos funcionarios del gobierno, revelan que tampoco ha logrado articular el equipo de gobierno en torno a tal propósito. La lista de quienes día a día se abren es tan larga como de los corruptos de esta gestión.

El gobierno se ha mostrado ciertamente incapaz para estructurar una estrategia definida y viable en términos de desarrollo, crecimiento, progreso y mejora de los estándares de vida, que al fin de cuentas son los anhelos que piden los venezolanos exigen desde hace algún tiempo. Como explicar esa tremenda paradoja de que tenemos en Venezuela un gobierno rico y una sociedad depauperizada a niveles sin precedentes. No hay agenda, programa y visión, lo que reina es la improvisación de una multiplicidad de acciones puntuales forzadas por las circunstancias y no trazadas por una estrategia. No hay unidad de criterios, ni unidad de gestión. En fin, tenemos los síntomas de una gestión enferma como son la ineficiencia, la corrupción y la violación fragante de los derechos elementales.

El gobierno se revela incapaz y no logra convertir a los medios en traductores fieles de un mensaje consistente sobre los fines y los medios de sus políticas. Antes que transmitir seguridad y consistencia, las intervenciones gubernamentales, cuando no crean nuevos conflictos, producen incertidumbre y zozobra, con partes risibles por supuesto. Como vemos, estamos en presencia de un a situación de progresiva pérdida del Presidente y su equipo de la capacidad de conducción política del Estado y la sociedad que intenta gobernar. Es la crisis en la que los gobernantes no sólo ven disolver los instrumentos de conducción, sino también parecen perder el horizonte.

El gobierno no se erige en factor de cohesión social y, en cambio, sí no que se deja arrastrar por la polarización en la que está inscrito como uno de los confrontados de una disputa, en la que cada quien está en un bando. Las tensiones y conflictos políticos e institucionales, que copan la agenda pública, comienzan a hacer parte de las angustias cotidianas. Sin un líder a la vista, miles de alternativas se proyectan buscando imponerse sobre las demás. El horizonte hacia el que la sociedad y el Estado deben transitar se pierde por completo. Los elementos fundamentales de la unidad nacional se disuelven en la ausencia de una sólida alternativa institucional y pública.

El clientelismo no refleja otra cosa que la maraña de lobbies a la que está quedando reducido el ejercicio de gobierno. Militares, políticos, congresistas, jueces, periodistas, empresarios, ministros, directores generales, alcaldes, gobernadores, diputados y concejales se han convertido, por la fuerza de las circunstancias, en pequeños lobbistas que luchan por contribuir a mantener este gobierno. Sin embargo, este tren esta llegando su parada. Por todo esto ejerzamos nuestro sagrado derecho de voto y pulsemos en las maquinas casahuellas del CNE un rotundo SI.

(*) Politólogo – Magíster y Candidato a Doctor en Ciencia Política
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