Opinión Nacional

¿Y por qué no hacemos algo?

Con esa pregunta, han comenzado el año 2010 muchos venezolanos. Y la pregunta se ha potenciado; luego de la devaluación monetaria decidida por el Gobierno Nacional el pasado Viernes 8 de Enero y el más reciente racionamiento del servicio eléctrico, anunciado el día Martes 12, también de los corrientes. Así la devaluación del bolívar; sumado al creciente malestar popular por la inseguridad personal y las graves deficiencias en los servicios públicos de agua y electricidad también racionados, se pudieran constituir en factores dinamizadores de las expectativas electorales de este año.

La pregunta, ¿y por qué no hacemos algo? encierra diversas motivaciones, unas más esperanzadoras que otras. Las mismas oscilan desde la impotencia y la indignación, pasando por la crítica a los líderes de oposición, hasta llegar a alguna propuesta concreta; cuya viabilidad –por cierto-, también resulta variable y discutible. En realidad, la coyuntura de crisis institucional y de extrema ineficacia gubernamental por la que atraviesa nuestro país, requiere de acciones concretas que permitan construir de manera consistente una alternativa de control eficaz de la gestión pública en el corto plazo y de cambio político-institucional en el mediano plazo; de acuerdo a los mecanismos constitucionales, aún vigentes.

La enorme y probada ineficacia oficial quedó demostrada de nuevo, con el inadecuado manejo de la crisis hidroeléctrica, con un agravante representado con una devaluación que persigue estrictos fines clientelares y electoralistas. Lo más lamentable de todo esto, es que la gran mayoría del pueblo venezolano (oficialista, centrista o de oposición), sufrirá un enorme deterioro en su calidad de vida. Pero aún la pregunta no ha sido respondida. Y en efecto, hay que hacer algo.

Hay muchas acciones que debemos emprender los ciudadanos de a pie, los movimientos sociales y comunitarios y las organizaciones políticas. Una de ellas, es comprender con mayor racionalidad y menor “visceralidad” la coyuntura política nacional. Es absolutamente comprensible que, haya mucha emotividad e indignación por la serie de desaciertos y tropelías cometidas; pero se debe entender que el país atraviesa por una crisis político-institucional que requiere de respuestas adecuadas, que no son precisamente de índole visceral. Por otra parte, tenemos que comprender que la crisis del país no se resolverá ni el corto plazo ni con medidas mesiánicas; sino con un esfuerzo sostenido, colectivo e incluyente. Por supuesto que, a los dirigentes políticos, económicos y sociales, a los analistas, a los opinadores y a los expertos habrá que exigirle más coherencia y mayor compromiso en su actividad pública. Pero debe quedarnos claro, muy claro, que en la restitución de la democracia en Venezuela no hay fórmulas mágicas ni hay milagros. Lo que si hay es bastante trabajo por realizar. ¿Por qué no hacemos algo?

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