Opinión Nacional

…Y si…

¿El ejército alemán, bajo el mando de Adolfo Hitler, hubiese derrotado a las fuerzas aliadas, y el líder nazi hubiese ganado la Segunda Guerra Mundial?

¿Y si el francotirador hubiese fallado y John F. Kennedy hubiese terminado su mandato?

¿Y si los tripulantes de los aviones secuestrados sobre el cielo de Nueva York, en septiembre de 2001, hubiesen evitado que se estrellaran sobre las Torres Gemelas?

¿Y si Mahatma Gandhi hubiese utilizado la violencia para enfrentar al Gobierno Británico, en la lucha por la independencia de la India?

¿Y si los rusos hubiesen ganado la carrera espacial, y ser los primeros en llegar a la Luna?

¿Y si John Lennon no hubiese sido asesinado en 1980?

¿Y si no hubiese petróleo debajo del suelo venezolano?

Nada más atrayente como ocioso ejercicio imaginativo el de jugar con la historia, y bosquejar posibles consecuencias y efectos para descifrar otros presentes y futuros, en la idea de ver si el destino, la acción humana, la divina providencia o una indescifrable ecuación de las tres arrojara un resultado distinto en la historia que todos conocemos.

La noción del tiempo, en tanto invención humana, nos  señala no sólo nuestra limitada vigencia material y biológica en la tierra, sino también la necesaria magnitud de nuestros esfuerzos para vivir y sobrevivir día a día.

Es acaso ese mismo carácter limitado y pasajero del hombre en su recorrido vital, lo que a veces le impulsa a imaginar deseos de futuro,  a soñar posibilidades, o vislumbrar amenazas a aquello que se sueña y anhela. El resultado de esa visión, o de ese sueño (o pesadilla), es el factor que desencadena su acción, motoriza su motivación o en algunos casos, lo lanza a un inmovilismo conformista.

Todo este relato rebosante de menjurje teórico-metafísico sobre el tiempo como conciencia humana, y sobre la calistenia mental en torno al pasado y el futuro que entretiene, sin duda, a medio mundo, viene a cuento aquí, y ahora, por una fecha que ya empieza a gravitar en la agenda política venezolana: 2012.

Si no se acaba el mundo el año que viene, a despecho de los sacerdotes mayas o las videntes de medio pelo, deberían realizarse las elecciones presidenciales.

Cierta actitud que flota en trance de lugar común en quienes se oponen al nefasto gobierno actual, y especialmente en su dirigencia político-partidista, por aquello del desgaste luego de casi tres quinquenios de “revolución”, de la absoluta incapacidad para gobernar el país, y de su elevada e inigualable eficiencia para destruirlo, y demoler toda su institucionalidad jurídica, social y  económica en nombre de un desvarío castro-comunista, se refiere a la derrota de Hugo Chávez en el 2012.

Y está claro, sin zambullirnos en una piscina estadístico-electoral, que el apoyo popular al actual gobierno ha venido en lento pero franco decrecimiento, y que la unidad de fuerzas democráticas cuenta hoy, pese a los artilugios legales y abiertas violaciones a la Constitución por parte del gobierno, con una presencia en el Parlamento y en Gobernaciones y Alcaldías que no puede soslayarse, a la luz de la correlación de fuerzas del país.

Sigue el ejercicio intelectual, y muchos susurran en voz baja…¿Y si Hugo Chávez vuelve a ganar las elecciones en el 2012? Ya va, cálmese. Respire profundo…si, entiendo su asombro. No se altere. Sé que le parece imposible, inimaginable. Ciertamente apocalíptico.

Pero hay que recordar que la Política no está hecha de deseos, o aspiraciones, o sonrisitas lustrosas y buena dicción en televisión, que ayudan si, pero no son ni remotamente suficientes. La Política hoy, por estos lares, se construye con trabajo de calle, escuchando, caminando, debatiendo, compartiendo con la gente y sus problemas sin resolver, luego de 12 años de Chávez, y sobre todo y fundamentalmente, de sentido estratégico, de rostro y liderazgo, de guáramo, y de mucha, mucha, Unidad.

Ud. y yo sabemos que pueden pasar mil cosas de aquí al 2012, y que el juego no se termina hasta que se termina.

Con todo el poder acumulado, con todas las instituciones capturadas y sometidas a su rojo arbitrio, con toda el ventajismo y la persecución judicial a quienes no comparten su proyecto comunista, es muy ingenuo pensar, que no moverán un dedo para evitar el desalojo de Miraflores.

Con la muerte de CAP, murió no sólo un notable político y ex presidente, sino también una forma de entender, y practicar la política. Cerrado ese ciclo, estamos en la actualidad en una dura etapa de supervivencia y de resistencia. Ojala ese escenario catastrófico que es hoy, apenas un vago ejercicio onírico del 2012, nos obligue a trabajar para que la obsesión y delirio comunista y colectivista no se impongan, y el clamor de la gente por rescatar lo que queda de país y su futuro sea escuchado por quienes llevan hoy, y mañana, la voz cantante.

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