Opinión Nacional

Yuca, ñame, batata y el 28

El país entero lo vio, oyó y leyó: el entonces recién de(do)signado primer vicepresidente del CNE, Eduardo Semtei, lanzaba graves acusaciones de corrupción contra su antecesora en ese cargo, Miryam Kornblith. La denuncia tenía la particularidad de no referirse a millardos de bolívares ni millones de dólares como ya es rutina en nuestro medio político administrativo, sino al desvío de fondos del organismo rector del sistema electoral para organizar francachelas traducidas en suculentos sancochos. Semtei, incapaz de presentir entonces las lágrimas que derramaría unos meses después (precisamente por incapaz) detallaba, con el arrogante balurdismo que se haría su sello, los componentes de la lista de mercado que la Dra. Kornblith supuestamente adquiría con dineros de nosotros y de ustedes, es decir de todos los que por ser ciudadanos de este país somos tambien pagadores de impuestos directos, indirectos, legales y supralegales. Parece mentira pero cuando una denuncia de hechos graves se adereza con algo de burla que pretende ser humorismo, como que se hace mas creible. Quizá por nuestra idiosincrasia tan venezolana de ser mamadores de gallo hasta en las más adversas circunstancias, los mismos que ni se hubieran inmutado si a la ex vicepresidenta del C.N.E la estuvieran acusando de haberse enriquecido con la sustracción de elevadas cantidades del presupuesto o con comisiones derivadas de los megamillonarios contratos, le pusieron especial atención a la sui generis denuncia de Semtei y hasta expresaban dudas, cuando no juicios de valor, sobre la honestidad de la funcionaria así expuesta al desprecio público por su sucesor. Pero resulta que la Dra. Kornblith demostró que su indignación ante lo que calificó de infamia, era genuina y no esa de utilería de la que han echado mano durante décadas muchos acusados de corrupción. Demandó a Semtei y ganó el juicio. ¿El resultado? Un arreglo conciliatorio propuesto por los abogados de la parte perdedora consistente en siete millones de bolívares (seis para el pago de los honorarios a los abogados de Kornblith y uno como donativo al Hospital de Niños) y una carta de disculpa que Semtei está obligado a publicar en un diario de circulación nacional. Un extracto de esa carta de disculpa apareció, como información, en la prensa escrita y dice así: “Como político que soy, por usos y costumbres, a veces expreso, con motivaciones estrictamente políticas, conceptos que podrían considerarse injuriosos y constituir posibles especies difamatorias. Ha sido esa circunstancia la que me condujo al error de atacarla en forma indebida, considerando que el errar es de humanos y el rectificar de sabios, retiro lo dicho en contra suya…”

Sin proponérselo y no es porque sea particularmente sabio, a pesar de su rectificación, el inefable Semtei ha develado crudamente ante nuestros ojos y demás sentidos la razón del descrédito de la clase política venezolana, del derrumbe de todas las instituciones públicas y de la grave enfermedad, en algunos casos terminal, que hoy afecta a los partidos que coparon la escena nacional en las últimas décadas. Es decir de todo ese deslave político que hizo posible la entronización de Chávez. La confesión de Semtei bien podría ser, si hubiesen tenido una demanda encima y la certeza de ser condenados, la misma de adecos, copeyanos, masistas, pepetistas, comunistas, causaerristas, mepistas y la de periodistas, columnistas, animadores, locutores y demás opinadores de radio, prensa y televisión que hicieron de la denuncia alegre, de la difamación permanente, de la injuria cotidiana no-solo“usos y costumbres con motivaciones estrictamente políticas” sino tambien su forma de ganar un espacio, un prestigio, un renombre y por supuesto, un modus vivendi.

Muy lejos de mí ignorar que muchas de esas denuncias se basaban en hechos reales, que con bastante frecuencia los señalados por corrupción eran realmente corruptos, el problema estuvo en que la denuncia sustituyó totalmente a la justicia, a los supuestos corruptos se los juzgaba y sentenciaba en los medios de comunicación y si algún juez opinaba lo contrario es porque el juez tambien era corrupto. Poco a poco, cada venezolano desde la silla en que veía televisión, oía radio o leía periódicos, se fue convirtiendo en juez de la clase política. La denuncia terminó por ser la verdad indiscutible. Así llegamos a Chávez.

Semtei no solo ha confesado sus torcidas motivaciones que justifica con lo de “los usos y costumbres con motivaciones estrictamente políticas” sino que ha dejado al desnudo la estrategia que con tanto éxito ha manejado Chávez desde sus tiempos de golpista con ambiciones de poder hasta éstos de Presidente en eterna campaña. Denunciar, acusar, despotricar, descalificar, anatematizar. Envolver en un paquetico, etiquetar de oprobioso y ponerle una cinta negra a todo lo que ocurrió en Venezuela durante cuatro décadas: lo bueno y lo malo, lo feo y lo hermoso, lo digno y lo indigno y pretender arrojarlo al basurero de la historia. Si un grupo de oficiales del mas alto rango, ya retirados de la institución armada, hace denuncias o expresa preocupación por las extrañas cosas que suceden en el mundo militar es porque son de la “Promoción Blanca Ibáñez”. Otros oficiales, activos o no, que forman parte del entorno chavista y que tambien ascendieron o tuvieron posiciones de mando en tiempos de Lusinchi, de CAP y de Caldera, nada le deben a éstos, es mas ni se enteraron de la existencia de secretarias privadas, amantes ni yernos con poderes extraordinarios.

La confesión de Semtei, si se quiere patética, se vuelve cinismo grotesco en boca de Luis Miquilena, presidente del Congresillo. “Los adecos son unos inmorales” acaba de declarar. Una periodista le pregunta por qué se reúne con gente como ésa y la respuesta es de antología: Son inmorales desde el punto de vista electoral pero en política uno se reúne con todos. La moral es, en esta era de gloriosos cambios, lo mismo que siempre fue: una pelota de plastilina que se moldea de acuerdo a las circunstancias y conveniencias y las denuncias de corrupción sirven para lo que siempre sirvieron: para destruir al adversario pero nunca para combatir el mal ¿Ha iniciado la causa revolucionaria algún juicio contra un solo corrupto de admnistraciones pasadas? Claro que no, eso podría llevar a que mañana los enjuiciados sean los que nos gobiernan hoy. Al menos presienten que no serán eternos. Les queda el recurso de utilizar a la Disip para amedrentar a gobernadores de oposición con chance de repetir, algo tan burdo y obvio que ya ni los más frenéticos chavistas lo digieren. De manera que la corrupción puede continuar campante, las arengas presidenciales que la cuestionan son apenas usos y costumbres con motivaciones estrictamente políticas, como las de “yuca, ñame y batata” de 28 Semtei.

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