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Opiniones a comienzos de la campaña

Eso de “comienzos de la campaña” es un decir, porque mucho antes de que madame Tibi diera el pistoletazo de salida, ya las cuadrillas de Corpoelec tenían días pegando pendones y afiches de los candidatos rojos en cuanto poste hay por ahí.  Y sin que la misma señora dijera esta boca es mía acerca de ese adelanto indebido (e ilegal) del periodo electoral.  Por cierto, esas cuadrillas son las mismas que no pueden reemplazar los muchos transformadores quemados en las redes eléctricas de nuestras ciudades porque, cuando no están ocupados colocando banderolas rojas, son empleados para acarrear esos mismos aparatos, nuevecitos, hasta buques de la Armada a fin de que estos los lleven hasta Cuba como regalo de Nikolai.

Bastantes renglones se han escrito —y se van a seguir escribiendo— acerca de por qué votar y por quiénes sufragar.  Lo que resta de este escrito estará destinado a explicar el porqué esas materias no me preocupan en lo más mínimo.  Lo que me inquieta son los argumentos que algunos esgrimen: por qué NO acudir a votar y por quiénes NO depositar los votos.  Eso sí nos debe perturbar a todos porque puede dar al traste con lo que tanto ansiamos, que es ir saliendo de los rojos por medios legales.  Y en paz, de ser posible.

El principal argumento de los que sugieren abstenerse es que, si votamos, le estaremos dando reconocimiento y convalidación tanto a la soi disant Asamblea Constituyente como a las cuatro arpías del CNE.  Y que eso hará variar las opiniones de los demás países acerca de si estamos o no en dictadura.  Para nada, creo yo.  Ya todos los gobiernos serios del mundo saben que lo que caracteriza al régimen venecubano que nos toca sufrir son el irrespeto a las normas constitucionales, el descarado asalto a los fondos públicos, el avasallamiento de los derechos de los ciudadanos que queremos un cambio, la prisión o el exilio de todo aquel que pueda convertirse en un antagonista que amenace la permanencia en el poder, y el contubernio con los grandes carteles de la droga.  A esa gente les pregunto: ¿son ustedes de los que ven un billete de cien dólares en el suelo y siguen de largo, sin recogerlo, porque está impregnado con la regurgitación de un borracho?  Que no sería el caso del gran grueso de los que pasaran por ese lugar, quienes —sin saber lo que había dicho Vespasiano acerca de que pecunia non olet—, lo recogerían, lo lavarían bien, lo pondrían a secar y después se desinfectarían las manos.  Aquí lo importante es la ganancia que tendremos en la mayoría de las gobernaciones; a la luz de ese triunfo, se hará más patente aún ante los ojos de propios y extraños que somos mayoría aplastante.  Y que, en un efecto de cascada, servirá para aumentar el número de votantes en las elecciones que todavía nos deben las alegras comadres del CNE: para alcaldes, diputados regionales y presidente.  Ya se ve la luz al final del túnel.

Algo parecido me sucede con ese falso dilema de por quiénes votar o no votar.  Porque yo soy de los que cree que desde hace unos treinta años para acá, los venezolanos no votamos “a favor de”; todos o casi todos votamos “en contra de”.  A mí (y creo que a muchos), si me pusieran en la escogencia entre un paleto no muy ilustrado que representa a la oposición porque ganó en unas primarias o fue escogido por consenso, y un rojo graduado de MIT o Harvard que vaya representando al PUS (que no lo tienen), ¡pues me voy con el gañán ignorante!  A estas alturas de la historia, el asunto es salir de los rojos a como dé lugar.  Después podremos corregir el rumbo.  Aunque estoy dibujando una situación extrema para hacer más notorio el contraste, porque la lista de los que ya están en competencia por la alternativa democrática abunda en nombres de gente capaz en el sentido funcionarial, con buena ilustración y honorable en lo personal.

Difícil la hubieran tenido los zulianos si en las primarias hubiese vencido Rosales.  Pero, ni así.  Porque imperaría aquello que aprendimos en Catecismo: si no se puede escoger entre el bien y el mal porque no existe el primero, se debe escoger el menor de los dos males.  Y hubiesen preferido a ese señor, con todo y el riesgo que de repente le diera un ataque de “ricardosanchitis” —enfermedad también conocida como “síndrome de Escarrá”— la cual es sufrida por ciertos políticos que traicionan las esperanzas que el pueblo tenía puestas en ellos después de que descubren “el discreto encanto” de la riqueza que les ofrecen los mandamases de turno y saltan la talanquera, entalcados y envaselinados, para el otro lado.  Dicha afección se manifiesta por el constante arrastramiento ante sus nuevos jefes (que ellos ven como dioses) y por la ofrenda de las cabezas, como víctimas propiciatorias, de quienes hasta ayer fueron sus correligionarios.

Así que, decididos todos, animemos a quienes están remisos, convenzámoslos de que lo patriótico es ir a sufragar.  Después, a defender los resultados al final de la jornada.  Y ya tarde en la noche, armado con un platico de dulce de lechosa, esperar que salga la Tibi, a ver qué es lo que va a decir.  Si es que antes no le da una apoplejía…

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