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OZARK: Cómo lavar 500 millones de dólares en un lago de Misuri

Pablo Brito-Altamira

Se podría decir que el tema general de esta serie dispar y también dispareja en ocasiones, es el de la adaptación de una familia ‘normal’ a las condiciones terriblemente anormales en que debe llevar su vida cuando padre y madre se dedican a lavar dinero para un cartel del narcotráfico. A diferencia de otras del género, donde los protagonistas llevan una doble vida, como Breaking Bad o The Americans, Ozark nos introduce en el territorio de lo que podríamos llamar la ‘América profunda’, un lugar perdido al que, por una ocurrencia de los creadores, Bill Dubuque y Mark Williams, los personajes se trasladan para cumplir la penitencia impuesta por el jefe mexicano y escapar de una muerte seguramente muy violenta y espantosa .

Todo es en ese pueblito raro, escabroso, podrido. A pesar de las reacciones iniciales de rechazo entre Marty y Wendy Byrde, los ‘padres de familia’ y la población local, las situaciones que se van desencadenando llevan a una serie de crisis que encuentran soluciones inesperadas gracias a la misma incompatibilidad que primero aparece como insalvable pero luego se convierte en la esencia de la semejanza entre las partes.

Martin ‘Marty’ Byrde y su esposa Wendy , interpretados por Jason BatemanLaura Linney,  tienen la tarea de lavar 500 millones de dólares para demostrar su lealtad y apaciguar a sus empleadores contando únicamente con su ingenio y los recursos humanos de un pueblo perdido, tanto geográfica, como moral y espiritualmente.

Es justamente esa condición la que resuena con su propósito íntimo, que consiste en hacer como si sus actividades ilícitas fueran del todo regulares, legales y hasta dignas de elogio, ya que el fin último es sobrevivir con las menores heridas físicas y psíquicas de que sean capaces. Los niños deben ir al colegio, papá y mamá deben trabajar en negocios lícitos y todo debe ser tan verosímil como sea posible, a riesgo de perder la cabeza (literalmente) o transformarse en cínicos monstruos como los que nos muestran algunas producciones sobre mafiosos respetables.

Hay, en el fondo, una lección moral, ya que conservar la vida es una tarea encomiable. Los Byrde dedican las 24 horas del día a mantenerse a flote y para ello se requiere actuar sin parar, nadar sin cesar para no hundirse, inventar continuamente nuevos modos de mantener las apariencias. Todo ello es, qué duda cabe, equivalente a trabajar, de modo que la familia Byrde es una familia en la que todos trabajan día y noche para no derrumbarse, no dejar de quererse, no perder el norte verdadero dentro de una brújula controlada (desviada) por el crimen organizado.

La hazaña de lograr ese objetivo es similar a la de cualquier familia de inmigrantes extranjeros en un país hostil y por tanto hay modo de intuir que la única forma de no enloquecer es también la fórmula menos mala y menos dañina, dentro de lo que cabe. Se pone a prueba así la enseñanza de Tomás de Aquino según la cual el mal menor puede equipararse al bien mayor, llegados el caso o las circunstancias.

Es en ese contexto donde las actividades pueden producir y producen en los personajes placer, dolor, alegría y también fe y esperanza en que un día, cuando haya terminado el purgatorio, irán al cielo como la gente buena y respetable.

Sin más violencia que la necesaria, sin contenidos demasiado desagradables para la audiencia, la serie se reconstruye en cada nuevo episodio de las dos temporadas que están ya en aire y que prometen ser más, porque con cada sorpresa los rumbos cambian o se corrigen y el espectador se mantiene en vilo, cada vez más solidario – si la palabra se permite- con la suerte de una familia encantadora que vive la pesadilla más truculenta que se puede imaginar.

@Hermeticum

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