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Pandemia y dictadura

No hay duda alguna que la dictadura se ha aprovechado de la pandemia causada por el Covid-19 para acentuar sus infundados radicalismos de base. Por donde se mire el problema, la situación se ha complicado. Sobre todo, al considerar que las libertades políticas y económicas se han visto mermadas a consecuencia de realidades convulsionadas. Y cuyo desorden ha provocado que el mundo haya girado ceñido a la órbita marcada por agudas contradicciones y obtusas paradojas. 

Entre las múltiples paradojas que, por el influjo de estas contrariedades han adquirido grosera desproporción, están todas aquellas que por ser contrarias a la lógica, fundamentan las innumerables burlas que son parte de todo discurso teñido de falsas promesas. Las paradojas más manoseadas por la ironía de toda dictadura, tienen que ver con la destrucción de las alianzas a partir de las cuales la organización social busca responder a exigencias coyunturales propias de tiempos de crisis. 

A manera de referencia, podría citarse la paradoja más demostrativa de cuanta aberración configura la movilidad de lo que destaca la dictadura (venezolana). Es aquella que exalta el hecho de alcanzar la paz a partir de la violencia necesaria. Y que en palabras del régimen venezolano, se traduce en asegurar que se tiene instalada “una revolución pacífica pero armada”, cuyo mensaje no sólo intimida. También es representativo del carácter incompatible de una realidad ilógica. Pero engañosa en su intencionalidad. 

Entre las infinitas contradicciones que sirven a la logística discursiva de cualquier sistema político de extracción totalitaria y despótica, están todas aquellas que, vociferadas en ausencia de la vergüenza, dan cuenta de la solemnidad de mentiras que se combinan en cada discurso dirigido a los cuatro vientos. 

En el caso venezolano, vale traer a colación distintos ejemplos que dan cuenta del grado superlativo de abuso hecho con base en venenosas contradicciones. Desde aquellas sostenidas con el empleo sarcástico del término “patria”, hasta las relacionadas con cualquier propósito que refiera el proyecto político de gobierno. Sobre todo, los que parten del uso improvisado de la palabra “socialismo”.

En medio de los problemas políticos y culturales provocados por un régimen dictatorial, se agravan otros de igual importancia. Especialmente, aquellos arrastrados no sólo por el cuadro de crisis de salud que ha traído la pandemia. Aunque son de indiscutible factura. Están además aquellos que se avivan en la delgada línea que divide problemas generados por el control sanitario y el control que limita libertades públicas e individuales. Y de estos, se vale el autoritarismo para imponer su abusiva fuerza como sistema político. El ejemplo venezolano, vuelve a servir de referencia para otear desde una perspectiva sociopolítica y socioeconómica.

Sin embargo, el caso venezolano no es la excepción. Cualquier régimen autoritario se sirve de la situación en cuestión para estructurar su dinámica política y adecuarla (con inicua ganancia) a la circunstancia. 

Es de sobra evidente que, en el fragor de la pandemia en curso, un régimen autocrático busca ganancias en el hambre que pueda causar. Y por supuesto, en la agonía y carencia de servicios públicos que permitan disfrutar de las libertades y derechos fundamentales dictados por las leyes democráticas. 

Esto deja ver que en el centro de una situación embargada por crisis de salud tan drástica como la que deviene de la pandemia inducida por el Covid-19 y sus variantes, no es posible hallar una solución que encaje con el algoritmo que destaca la suma cero como cierre de un proceso de intercambio. Siempre hay una parte que sale perdiendo, mientras la otra gana. Y en demasía. Y esta no es otra distinta de la que representa el autoritarismo. 

Esta explicación, precisamente, dibuja el problema que viven países como Nicaragua, Cuba y Venezuela. En una primera instancia, pues hay otros que sin mostrar su tendencia opresora y represiva, casi igual han tomado el mismo camino. Esto es una mínima cuota que acarrea la deuda impuesta por la tortuosa relación entre pandemia y dictadura.

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