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Para una isla desierta

Los franceses son aficionados a las grandes encuestas literarias. Los surrealistas plantearon una pregunta, que después se hizo célebre, en 1919: ¿Por qué escribe usted? En 1994, un periodista del Nouvel Observateur, François Armanet, propuso una fórmula diferente: que cada uno de 240 escritores de todo el mundo contara lo que había hecho en un día determinado. Ya no me acuerdo del día exacto y de lo que había hecho, pero me las arreglé para dar una respuesta.

Y Armanet, ahora, hombre amable y persistente, buen conocedor de la literatura, vuelve a la carga. ¿Cuáles son los tres libros que llevaría usted a una isla desierta, con la excepción de la Biblia y de Shakespeare? Estoy dispuesto a contestar, pero no me convencen las dos excepciones. Reconozco que no he sido un gran lector de la Biblia, pero admiro a escritores diversos que han sido impregnados, inspirados por esa lectura. Por ejemplo, William Faulkner, cuyas tierras inundadas del sur de los Estados Unidos, de la cuenca del río Mississippi, adquieren en su escritura dimensiones bíblicas. Por ejemplo, Gabriela Mistral, que escribe de su sangre cuajada “en el seco riñón de Israel”. Ella se refiere al Israel del Antiguo Testamento. Es, me atrevo a decir, una poeta que nunca ha estado de moda, pero que nunca, tampoco, ha pasado de moda. Creo que algunos de nuestros funcionarios de la cultura han escuchado hablar de ella.

Otros novelistas y ensayistas de inspiración bíblica: Thomas Mann, Ernst Jünger, Fiodor Dostoievsky. Soy algo que podría llamarse “lector paralelo”. Desde mi juventud suelo leer dos o tres libros al mismo tiempo. La ventaja de llevar la Biblia a esa isla consistiría en poder leerla con más atención y en el hecho de que son varios libros. Eso me permitiría leer en forma simultánea más de uno. Me gustaría leer de inmediato la historia de Jonás y la ballena, pero fui a ver hace poco un “Exodus” de Hollywood y me dieron muchas ganas de leerlo en la Biblia. En materia de películas, mi único prejuicio consiste en tratar de no ver filmes aburridas, “rollos”, como dicen los madrileños. Hay películas que sacan los grandes premios del cine contemporáneo y son, a pesar de eso, “rollos” sin redención posible.

Otro libro que llevaría sin vacilar un segundo es el Quijote. Es un libro divertido, burlón, tierno, lleno de sabiduría, de chispa, de ironía. Me gustaría volver a entrar a la casa del Caballero del Verde Gabán y escuchar de nuevo las observaciones de su hijo poeta. Para mi gusto, el tan mencionado “realismo mágico” no comenzó en Alejo Carpentier, en Juan Rulfo, sino que en la segunda parte del Quijote, en el episodio de la cueva de Montesinos. Don Quijote sufre un golpe confuso, pierde el sentido, y despierta frente a un maravilloso desfile de la Edad Media caballeresca por el fondo de la cueva, detrás de unos tules transparentes, en una luz mágica. Pasa una señora que lleva en una bandeja la cabeza de un caballero degollado y detrás de ella desfila el caballero sin cabeza. Otro episodio de sueño, de fantasía pura, y a la vez de broma, es el del caballo de madera, Clavileño, que vuela y no vuela.

Como tercera lectura pensaba llevar una correspondencia seria, sólida, inagotable, como la de Stendhal, por ejemplo, o la de Gustave Flaubert. Habría muchas otras correspondencias archiinteresantes, apasionantes: de músicos y filósofos del siglo XIX, de artistas del Renacimiento italiano, de grandes pensadores políticos. Pero cambio de idea y me quedo al final con los relatos árabes de Las mil y una noches.

Son la apología del arte de contar y escribir cuentos, la sorpresa constante, la fantasía desatada, el erotismo a la vuelta de la página. Es decir, leería un salmo de la Biblia y después entraría en historias de tapices voladores, de lámparas encantadas, de genios adentro de una botella. Los relatos de Las mil y una noches tienen para mí la virtud de recordar a escritores que fueron sus lectores apasionados.

Entre ellos, Machado de Assis, el brasileño, cuyas narraciones contienen siempre una reflexión sobre el arte de narrar, ese arte que le permite a Scheherazada, noche tras noche, conservar la cabeza arriba del cuello. Otro escritor profundamente relacionado con las narraciones árabes es Marcel Proust. Él lo confiesa en varios lugares. Y otro, más cerca de nosotros, Jorge Luis Borges. Saber contar cuentos es un arte fascinante. Muchas veces me arrepiento de no haberme reducido en forma deliberada y constante a las dimensiones del cuento. Además, hay cuentos que parecen crónicas y crónicas que parecen cuento. Pero si un cuento se alarga, hace digresiones y variaciones, ya se convierte en novela. Por mi parte, no tengo inconveniente. En cuanto al lector, no está obligado a nada.

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Jorge Edwards Valdés (Santiago de Chile, 1931). Abogado y Pedagogo (U de Chile). Postgrado en Ciencias Políticas (U. de Princeton). Diplomático de carrera ente 1957 y 1973, ocupa diferentes puestos: primer secretario en París (1962-1967), consejero en Lima (1970), encargado de Negocios en La Habana (1970-1971), donde fue declarado persona non grata, por sus discrepancias con el autoritarismo de Castro. De allí su obra Persona non grata (1973). Ministro consejero en París (1971-1973). Tras el golpe de estado de Chile, en 1973 sale del Servicio Exterior y se marcha a Barcelona, donde trabaja como Director Editorial de Difusora Internacional y colabora como asesor en la Editorial Seix Barral. Funda, y posteriormente preside, el Comité de Defensa de la Libertad de Expresión, formado por escritores y periodistas. Entre 1994 y 1997 es embajador ante la Unesco en París, siendo miembro del Consejo Ejecutivo de la Unesco y Presidente del Comité de Convenciones y Recomendaciones (1995-1997), que se ocupa de los derechos humanos. Como escritor es autor de numerosas novelas, cuentos y ensayos. Destacan, entre otras obras, El peso de la noche, La mujer imaginaria, El origen del mundo, Gente de la ciudad, Las máscaras, Adios, poeta… Algunos de sus libros han sido traducidos a diversos idiomas. Colabora en diversos diarios europeos y latinoamericanos, como Le Monde, El País, Corriere della Sera, La Nación o Clarín, de Buenos Aires. Es miembro del consejo de redacción de las revistas Vuelta y Letras Libres de México y ha dictado cursos sobre temas latinoamericanos en diversas universidades norteamericanas (Chicago, Georgetown) y europeas (Universidad Complutense de Madrid, Universidad Pompeu Fabra de Barcelona). Desde 2012 hasta marzo de 2014 fue Embajador de Chile en Francia y en la UNESCO.

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