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Parque del Este Rómulo Betancourt

Hace unos años, en 1983, a finales de su período constitucional, el presidente Luis Herrera Campins decretó que el Parque del Este llevaría el nombre de Rómulo Betancourt. Era una decisión que exaltaba la tolerancia y el respeto como valores democráticos, puesto que se trataba del líder fundador del gran adversario político del partido Copei. En aquellos años la política criolla no era la guerra por otros medios, como en el presente, sino un sistema fundado en las reglas universales de la democracia.
La escultora venezolana, Marisol Escobar, realizó para tal ocasión una obra de gran plasticidad. Una suerte de perfil de Betancourt y su pipa humeante, tan familiar a los venezolanos, se confundía con las letras del nuevo nombre del parque y formaba un conjunto armonioso que daba la bienvenida al visitante que entraba al parque por la avenida Francisco de Miranda. Una creación artística elevada que se correspondía con el gesto de vincular el nombre del fundador de la democracia a su obra más humana y más caraqueña.
El Parque del Este había sido inaugurado por el presidente Rómulo Betancourt el 6 de enero de 1962. Fue, como él mismo lo dijera al ponerle título a sus breves palabras de apertura, un regalo de Día de Reyes para los niños de Caracas. “Este es un día de verdadero júbilo para mí. Sentí una extraordinaria satisfacción cuando su eminencia el cardenal Quintero estaba  bendiciendo este Parque del Este, en cuya construcción ha puesto su mayor desvelo el Gobierno que presido”.
Fue diseñado por “un brasileño, poeta, arquitecto y músico; un hombre interesado por la belleza del paisaje y por el cumplimiento de funciones sociales de las áreas verdes, el señor Roberto Burle Marx”. Hay que añadir a su nombre el de los venezolanos John Stoddart y Fernando Tábora, y el de Leandro Aristiguieta, botánico. Reconoció, además, Betancourt la participación de ciudadanos caraqueños que fueron fundamentales para que se concretara lo que era ya un viejo proyecto. “Quiero dar sus nombres porque merecen bien de los caraqueños y bien de los venezolanos. Son ellos: Gustavo Wallis, Carlos Guinand, Armando Planchart, Eduardo Mendoza Goiticoa, William H. Phelps, hijo, y el doctor Enrique Tejera”.
Casi veinte años después del bautizo, en 2002, en uno de los actos de mezquindad política mayores de la Venezuela moderna, el gobierno de Hugo Chávez Frías, quitó el nombre de Betancourt al Parque del Este y lo denominó Generalísimo Francisco de Miranda (más por el título que por el nombre, seguramente). En el fondo, aparte del reconcomio contra los adecos, contra la figura del fundador de la democracia venezolana y mostrar la intolerancia al adversario como forma de hacer política, la decisión comportaba esa vieja costumbre a denominar las obras públicas con los nombres de los héroes de la independencia. No tanto para honrar a aquellos próceres como para negarles reconocimiento a nuestros héroes civiles, en particular a los del siglo pasado.
Ojalá, con el renacer democrático que casi puede palparse en el aire, cambie esa tradición y nuestros héroes civiles sean honrados poniendo sus nombres a las obras públicas. Tendencia que debería comenzar, en mi opinión, rebautizando Rómulo Betancourt al Parque del Este y colocando de nuevo en su puerta la escultura que en su honor hiciera Marisol Escobar (esperemos –los milagros ocurren– que esté bien conservada en algún depósito gubernamental). Sería, además, un acto de elemental justicia.
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