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Paz para mis amigos

Mis amigos colombianos, que para mi suerte son muchos, no han vivido un solo día en paz. Ni uno. Pero de pronto el destino les ha cambiado. La paz casi se puede tocar.
El presidente Juan Manuel Santos y el principal líder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Rodrigo Londoño, alias Timochenko, acordaron en Cuba que para marzo del 2016 firmarán la paz. Timochenko, de 56 años, tiene casi la misma edad del conflicto guerrillero que ha costado más de 220 mil muertos y afectado a más de 6 millones de personas.
Con tantos años de guerra, lo curioso ha sido el temor que muchos colombianos le tienen a la paz. No dejan de sorprenderme los que prefieren seguir peleando. Es como si se hubieran acostumbrado a la violencia. Pero si algo ha quedado claro en este medio siglo es que ni el ejército ni la guerrilla han podido ganar por la fuerza. Probemos, pues, algo distinto.
“Toca”. Esa es una maravillosa expresión colombiana que significa, a la vez, responsabilidad e inevitabilidad. Si algo “toca” es que no hay opciones más que una. Y en Colombia la paz toca.
El Papa Francisco –quien ha hablado tres veces con el presidente Santos para ayudar en la negociación del conflicto armado– lo tiene muy claro. “No tenemos derecho a permitirnos otro fracaso más en este camino de paz y reconciliación”, dijo en su reciente visita a Cuba. Cada fracaso se mide en miles de vidas.
Cuántas vidas se hubieran salvado si el entonces líder de las FARC, Manuel Marulanda, no hubiera dejado plantado al presidente Andrés Pastrana en las primeras negociaciones de paz en el Caguán en enero de 1999. Ese es el episodio conocido como de la silla vacía. Las cosas, claramente, no le salieron bien a Pastrana. Pero en una plática me dijo que algún día le darán crédito por haber sido el primero en tratar. Tiene razón.
No hay paz perfecta. Y como la paz se hace con los enemigos, no hay manera de que los propios líderes de las FARC acepten largas penas de cárcel para ellos y sus principales colaboradores una vez que se firme la paz. Es ahí donde la paz duele.
La justicia y la rendición de cuentas para guerrilleros, paramilitares y soldados que violaron los derechos humanos será muy pobre. Esa es la realidad. “Lo cierto es que éste acuerdo permitiría que los máximos responsables de los peores abusos puedan eximirse de pasar siquiera un solo día en prisión”, dijo José Miguel Vivanco de Human Rights Watch. “Es difícil imaginar que ésta fórmula de justicia transicional supere un escrutinio riguroso en la Corte Constitucional colombiana o, en última instancia, en la Corte Penal Internacional”.
Traducción: esta paz cocinada y remendada durante tres años va a dejar muchos asuntos pendientes. Y es cierto, muchas de las víctimas del conflicto armado nunca verían a sus victimarios y verdugos pagar por lo que hicieron.
Un ejemplo entre millones. ¿Quién va a pagar por el secuestro –y los años que perdió– Ingrid Betancourt? No sé qué es lo que Ingrid piense sobre este proceso de paz. Pero sí recuerdo lo que me dijo poco después de su liberación: “Yo llevaba seis años, cinco meses, en que todos los días me dolía algo, todos los días físicamente estaba siendo picada por algún bicho, me rascaba en algún sitio, me dolía alguna parte de mi cuerpo; ese horror de horrores, esa presencia hostil, de arbitrariedades, de crueldad diaria, de refinamiento de la maldad”.
¿Quiénes van a ser llevados a la justicia por este y muchos otros crímenes? Muy pocos. Esa es la respuesta más honesta que tenemos.
En Colombia la paz va a preceder a la justicia. Ya después que se entreguen las armas, que se seque la tinta del acuerdo y veamos a los guerrilleros meterse en el bajo mundo de la política, quizás se pueda explorar la idea de una comisión de la verdad. Eso ha funcionado en otros países y no hay ninguna razón para pensar que Colombia no podría ver, con calma, hacia atrás.
Pero por ahora lo urgente es la paz. Las reuniones de la Habana no deben ser el nuevo Caguán. Miles más morirán si hay otro fracaso.
Así, desde lejos, no me atrevo a decirle no a la paz. No me atrevo a negarle esa posibilidad a mis amigos y a sus hijos. Toca.
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