OpiniónOpinión Nacional

Pearl Harbor: 75 años de teorías conspirativas

El ataque japonés del 7 de diciembre de 1941 contra la flota de guerra estadounidense, anclada para entonces en Pearl Harbor (Hawai), continúa generando polémica. Es cierto que fue un ataque por sorpresa, pero ante todo conviene aclarar que una sorpresa estratégica de tal naturaleza y dimensiones es siempre una cuestión de grados. No hay sorpresas absolutas, si por ello entendemos un ataque ubicado fuera de un definido contexto político-diplomático y militar. En otras palabras, toda sorpresa estratégica de significativa magnitud tiene un pasado. El ataque a Pearl Harbor constituyó un severo trauma para los estadounidenses y desde temprano el caso fue analizado de manera exhaustiva; varias comisiones oficiales han producido detallados reportes, acompañados de toneladas de documentos a los que se suma una masa de reflexivos estudios académicos.

Siguen predominando tres escuelas de pensamiento sobre Pearl Harbor. La primera enfatiza las limitaciones de la información que manejaban los servicios de inteligencia militar norteamericanos antes del ataque. La segunda coloca el peso de la sorpresa sobre las supuestas o reales fallas en la interpretación de la información existente. Y la tercera, que nunca falta en este tipo de situaciones, prefiere conjeturar que hubo una manipulación política de las circunstancias, a objeto de favorecer determinados intereses, cursos de acción y eventuales resultados. En este último plano, la principal teoría conspirativa argumenta que el presidente Franklin D. Roosevelt, quien con buenas razones buscaba la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, pero se encontraba maniatado por el sentimiento aislacionista y pacifista en su país, conocía la verdad acerca del venidero ataque y sin embargo la ocultó a la opinión pública, hallando finalmente en la acción japonesa la excusa para que Washington se incorporase al esfuerzo bélico.

Importa precisar estos puntos: 1) Las teorías conspirativas son comunes en casos de esta índole, en los que la sorpresa se conjuga con la destrucción de mitos, convicciones y expectativas bastante arraigadas en la mente y emociones de los afectados. Por motivos psicológicos vinculados a la estructura de nuestro sistema cognoscitivo y emocional, somos propensos a buscar explicaciones a eventos inesperados que aparten las culpas de nuestra esfera de responsabilidad, atribuyéndolas a otros factores, y que de paso nos consuelen ante el fracaso. 2) El hecho de que el ataque a Pearl Harbor haya favorecido un interés político de Roosevelt no implica necesariamente que el presidente haya conocido de antemano el plan japonés, ocultando la verdad a su pueblo. 3) Los servicios de inteligencia militar, así como los principales actores políticos y diplomáticos norteamericanos, incluido desde luego Roosevelt, sabían que Japón estaba en pie de guerra y se preparaba a asestar nuevos golpes en Asia, pero no tenían conocimiento de una precisa intención japonesa de atacar Pearl Harbor en concreto, y no se lo esperaban, dadas las inmensas dificultades de ejecutar y siquiera concebir una operación semejante.

Debemos apreciar en su justa dimensión la extraordinaria complejidad, audacia y temeridad de la operación aéreo-naval japonesa. Al respecto cabe señalar lo siguiente: 1) La distancia entre los puertos japoneses y Pearl Harbor es gigantesca, como puede atestiguarlo cualquiera que haya volado desde Hawai a Tokio. Los estadounidenses sentían que Pearl Harbor, en diciembre de 1941, estaba más o menos, y exagerando un poco, en la Luna o en Marte con relación al Japón. Esta realidad se percibe en las numerosas películas que Hollywood ha realizado acerca del tema, y que dibujan con acierto el ambiente de absoluta tranquilidad que reinaba en la base naval atacada. 2) Para la fecha del ataque los portaviones jamás habían sido utilizados de forma relevante en acciones militares, y Japón no solo lo hizo por vez primera en Pearl Harbor sino que comprometió la totalidad de su flota de portaviones en una sola operación. Si hubiesen sido detectados a tiempo y cerca de Hawaii, es factible que los estadounidenses habrían devastado la entera fuerza de tarea japonesa, poniendo fin a la guerra en el Pacífico antes de que en efecto hubiese comenzado. 3) Nunca, jamás, emitieron los japoneses una sola señal de radio, ni siquiera codificada, que mencionase de manera específica a Pearl Harbor como posible objetivo de una acción militar, y mucho menos de una acción de semejante envergadura. Toda la información fue manejada “a mano” y entre un minúsculo grupo de decisores clave. El secreto fue celosamente preservado hasta que los aviones japoneses empezaron sus bombardeos, la mañana del 7 de diciembre de 1941.

Insisto: los servicios de inteligencia estadounidenses sabían que Japón se preparaba a realizar extensas operaciones militares, pero los datos indicaban que se producirían en el sudeste asiático, Singapur y las Filipinas. Pearl Harbor no aparecía en el “mapa” conceptual y práctico como un objetivo concreto. Una cosa eran las motivaciones bélicas generales del Japón y otra distinta Pearl Harbor como un objetivo específico. Desde luego, habría sido conveniente que la base naval estadounidense hubiese redoblado sus preparativos, sus mecanismos de alerta temprana, su vigilancia y otras precauciones, pero todo esto se pone de manifiesto luego de que los eventos han tenido lugar. Siempre es posible luego de un fracaso alistarse mejor para evitar el siguiente, pero el fracaso tiene primero que ocurrir.

Además de las limitaciones de la información disponible, se añaden los obstáculos derivados de nuestros prejuicios y expectativas. A veces subestimamos al adversario o no entendemos sus esquemas de valores y su disposición al riesgo. Para los decisores japoneses la posibilidad de perder una gran guerra no era vista como lo peor que podía acontecerles. El deshonor, la opción de dejar de ser un Imperio, eran sentidos como un destino intolerable. La operación contra Pearl Harbor fue planeada con la esperanza, que los hechos mostraron infundada, de que Washington, enfrentado a la destrucción de su flota de guerra en el Pacífico, admitiese a regañadientes las conquistas japonesas en Asia. Los norteamericanos subestimaron a los japoneses y estos últimos a su vez subestimaron al poderoso enemigo que el ataque a Pearl Harbor despertó. El orgullo herido de ambos, de los japoneses debido a que Washington se oponía a sus planes de dominio y de los estadounidenses debido a la sorpresa de Pearl Harbor, terminó por enfrentarles en un conflicto atroz que culminó en Hiroshima y Nagasaki.

El problema de fondo con las teorías conspirativas de la historia es que no dejan espacio a la permanente acción del azar, la negligencia, la irracionalidad, la falibilidad y sobre todo la estupidez humana. Tales teorías conspirativas con frecuencia presumen que nada es casual en el curso de los eventos, y que “grandes” acontecimientos, es decir, de grandes repercusiones, deben necesariamente tener grandes causas. Nos resulta muy difícil las más de las veces admitir el error y procuramos evadir la responsabilidad del fracaso. En particular, nos cuesta trabajo aceptar que la realidad puede acabar con nuestras expectativas.

En tal sentido, y aunque son hechos de características diferentes, las condiciones psíquicas que sustentan las teorías conspirativas sobre, por ejemplo, el asesinato de J. F. Kennedy, el suicidio de Marylin Monroe y el accidente mortal de Diana de Gales, para solo citar tres casos y sin tomar en cuenta otras sorpresas estratégicas, presentan similitudes, salvando las necesarias distancias, con el tema de Roosevelt y Pearl Harbor. Tales eventos sorpresivos que aniquilan deseos, destruyen ilusiones y cercenan expectativas nos llevan a tejer especulaciones, que atribuyen a fuerzas misteriosas lo que en verdad tiene explicaciones menos enigmáticas.

En ese orden de ideas hoy asistimos al nacimiento de otra teoría conspirativa, enlazada a la derrota electoral de Hillary Clinton. Tal suceso fue una sorpresa para tantos, acabó con tantas imágenes preconcebidas y arrasó con tantas seguridades psicológicas que es entonces imperativo atribuir lo ocurrido a los rusos, los chinos, el FBI, la CIA, las “fake news” (noticias falsas), Wikileaks, o lo que sea, para extraer la culpa de la esfera de responsabilidad real. Con ello se logra evitar la autocrítica y acusar a los demás, que es algo usualmente gratificante. En el caso de la elección presidencial de 2016, la teoría conspirativa emergente contribuye también a deslegitimar el triunfo del vencedor, así como a excusar la derrota de la candidata vencida. Y todo ello es tan inevitable como estéril.

www.anibalromero.net

Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de analitica.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal
Fundado hace 25 años, Analitica.com es el primer medio digital creado en Venezuela. Tu aporte voluntario es fundamental para que continuemos creciendo e informando. ¡Contamos contigo!
Contribuir

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba