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Poder o no poder

Solemos repetir que la política es la ciencia y el arte del poder, a lo que deberíamos agregar que es también y necesariamente, la ciencia y el arte del no poder. Al ser efímera esa pasión humana y por lo tanto perecedera y cambiante, es moneda que la suerte, la astucia o la constancia pondrán entre tus manos, así como tus errores dejaron escapar a manos de otro. Ya lo ha dicho mejor Constantino Cavafis en su poema “El dios abandona a Antonio”.

Por ello es que hay que meterle el diente e insistir en el tema siempre resbaladizo de por qué los actores de ese farragoso territorio que hoy llamamos “la oposición democrática” en Venezuela no ha asumido con sincera humildad y compromiso social, más allá de tan delirantes y chimborazos egos, el tema de la unidad que en nuestro caso es lo más cercano al sentido común.

Porque está claro que este modelo de país ya fracasó y hay que reconstruirlo y ello pasa ineludiblemente por salir del gobierno, lo cual no es una condición suficiente pero sí al menos un requisito necesario. Ahora sí que entendemos por qué andamos siempre empezando de  cero.

Y si estas afirmaciones anteriores son compartidas por muchos, y así parece serlo, cuáles son entonces las razones profundas que impiden que esto se cristalice, y quién o cuáles circunstancias tendrían que aparecer además de las actuales para poner en marcha, en un solo sentido, a los descarrilados trenes que hoy conforman la oposición venezolana. El no haber podido hasta ahora, ese aún, debería alborotar la conciencia de tanta ambición desgastada durante quince años de sequía.

Porque está claro que con el fulano socialismo hundieron al país, lo envilecieron y no solo por razones económicas sino sobre todo, por encima de cifras y estadísticas, por que convirtieron a la gente, a eso que llaman pueblo, en mazacote pedigüeño de dádivas, en bululú lejano a la ciudadanía y extrañado al progreso que la auto conciencia regala al que se ofrece a los bienes de la educación, la cultura  y la sensibilidad sin cortapisas.

Ganar las elecciones legislativas que se asoman debiera ser un sano ejercicio de cordura, de supervivencia, de responsabilidad democrática si se quiere, frente a un electorado opositor que ansía con vehemencia una línea de acción electoral con posibilidades reales de triunfo y no el batiburrillo de opciones dispersas que se desgastan entre sí y que ya ni nombro por espacio o cansancio.

Pongámonos en sintonía pues, las razones parecen de anteojito. Abramos las agallas y las mentes, fijémonos ese objetivo de cordura entre las fauces de nuestra pasión y ambición democráticas  puesto que lo que tenemos por delante es una dictadura  que crece y avanza frente a un sentimiento mayoritario de descontento que patalea, se esconde, se cansa o mimetiza con lo que nunca jamás quisimos ser: un país invadido por la vergüenza y la parálisis.

Si otros pudieron, por qué nosotros no. Hasta cuándo caribes petrolíferos, indios diluidos sin caciques ilustrados.

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