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Política vs. prepolítica

Desde que comenzó este proceso de destrucción del sistema de libertades en Venezuela, de la mano de la barbarie militarista, de la ignorancia esperanzada y del oportunismo histórico, liderada por el odio de Fidel Castro hacia el país que lo derrotó política y militarmente en el continente, manifesté que era un proceso prepolítico, oclocrático en sus comienzos, que había que enfrentar con un enjundioso ejercicio político. Los hombres libres que enfrentaron durante diez años la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, lo hicieron con la política como arma. Porque sabían que las aventuras militaristas terminaban en golpes de estado militaristas. Ya lo habían sufrido en carne propia en 1948 luego de propiciar el golpe contra Medina, un presidente constitucional. Los enemigos del régimen no lo enfrentaban volando oleoductos ni con guarimbas, sino formándole sindicatos en sus barbas, con homilías eclesiásticas, infiltrando sus medios de comunicación, creando células de difusión del pensamiento democrático, formando al pueblo para que pudiera comprender la diferencia entre comer en libertad con hacerlo en dictadura. A pesar de que fueron miles los torturados, encarcelados, exiliados y muertos, a nadie se le ocurrió un «Pérez vete ya», ¡Ahorita!, y menos alabarle los programas sociales del régimen para ganarse el favor del pueblo con el mismo discurso. Sino que aquellos políticos estaban conscientes del poder del dictador y el apoyo que recibía de las fuerzas armadas. Así que la labor fue la de la zapa. Minando sus estructuras y sus bases, denunciando sus perversiones. Agustín Catalá se atrevió a imprimir y a repartir el Libro Negro con los nombres de los muertos, desaparecidos, encarcelados, y torturados. Pero por encima de todo inyectando en el pueblo un discurso común basado en la libertad y la democracia, diametralmente opuesto al del tarugo asesino y su satrapía corrupta. Y así el pueblo y las fuerzas armadas tomaron conciencia de esa realidad. Y al final, aunque no fue el pueblo el que derrocó a Pérez Jiménez sino que el alto mando militar le puso una serie de condiciones que propiciaron la huída del tirano criminal, pero ese pueblo en la calle debidamente formado para la libertad, y estimulado por la idea de democracia, impidió que militares ambiciosos se erigieran en herederos del miserable déspota. La democracia le debe mucho a un hombre de aquella hora, el Vicealmirante Wolfgang Larrazábal Ugueto, el militar de más alto rango del momento que en ejercicio de la presidencia, y con todo el apoyo militar, y el favor popular, optó por convocar a elecciones inmediatamente, con lo que se inició el período de desarrollo más espectacular que ha tenido la república en su historia. Período interrumpido por la gavilla golpista que la plutocracia financió, la lenidad de Caldera que traicionó la constitución, la satanización de los partidos políticos y la plasticidad de la clase media, llevó al poder en elecciones legítimas para desgracia de todos ellos y de todos nosotros, incluyendo al hambreado, abandonado, desempleado y engañado pueblo chavista que sigue siendo tan pobre como ha sido ignorante.

Política vs. prepolítica

Toda revolución, aunque sea por decreto como la que nos ocupa, es prepolítica. Y a confesión de parte relevo de pruebas. Tanto el extinto como sus incondicionales, por oportunismo o por estupidez, se han definido «revolucionarios», eso significa que no son políticos, que no respetan la ley y que vulnerarán cualquier derecho ciudadano que obstaculice sus propósitos de mantenerse en el poder indefinidamente con el enriquecimiento ilícito como fin. Como consecuencia de esto, Venezuela no tiene gobierno tiene una revolución, más interesada en oponer su quincalla ideológica a los Estados Unidos que en la solución de los problemas del pueblo. Por eso le sabe a chinchurria su sufrimiento, por, un ejemplo, el hampa asesina. Repito, ¡no son políticos! La política no es vencer, sino el arte de convencer con la palabra y las acciones. La palabra «estrategia» en el mundo civil es método, y se remite a formas civilizadas para convencer; en el militar, que es el escenario que nos ocupa, significa engaño, mentira. Y una de las herramientas de los poderosos beneficiarios de la prepolítica revolucionaria es anatematizar el pasado, confundiendo astutamente las perversiones políticas puntuales de algunos dirigentes en los últimos años de la democracia con todas sus ejecutorias, discurso que ha sido copiado neciamente por algunos dirigentes políticos de oposición. Pero ese acto de fe no es posible en un país que tiene precisamente en el interregno dictaduras – chavismo la más vigorosa etapa de desarrollo sostenido, en educación, salud, servicios públicos, vivienda, infraestructura pública, vialidad, industria y comercio que se haya producido en toda América Latina, y que se agiganta ante la escuálida obra presentada por los dieciséis años de gobierno revolucionario, que ha tenido unos ingresos petroleros y fiscales inconmensurables, superándola solamente, y eso sí no puedo discutirlo, en corrupción generalizada y abuso de poder. Por ello es fundamental que los venezolanos todos, chavistas incluidos, de base por supuesto, sepan diferenciar la portentosa obra de la democracia de los delitos o abusos cometidos por algunos de sus líderes o burócratas. Esto significa que cuando me solidarizo con el pasado venezolano, de 1958 hasta 1998, no estoy defendiendo sus vicios y actos de corrupción, que, repito, palidecen ante los de este «proceso» de destrucción que ya enfrentará a la justicia, porque para la paciencia de los pueblos, por mucho que dure una anormalidad no dura mucho. Y es que este gobierno se ha constituido en una oligarquía poderosa que ha logrado concentrar todos los poderes públicos, creando un fatal capitalismo de Estado que estimula la inflación y la escasez junto con la devaluación de la moneda que destruye el orgullo nacional, como formas de dominación por la sumisión de la subsistencia. Sale pa´llá.

¡Venezolanidad!

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